“El talón de Aquiles del Che era la agresividad”

Por Martín Pique – 20 de noviembre de 2011

Fue chofer, escolta y amigo de Ernesto Guevara. Formó parte en la Argentina de la experiencia que desarrolló en Salta Jorge Masetti, con el Ejército Guerrillero del Pueblo, pensado como la avanzada del Che en el país. Combatió en Angola y en Nicaragua con los sandinistas. A los 78 años, este coronel retirado de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba repasa su vida de guerrillero, habla de la muerte, de las mejoras sociales que alcanzó Cuba, y por supuesto, del Che.

Esos ojos vieron mucho. Tantas imágenes que se van apilando en la memoria. Esos ojos, que ahora muestran un iris algo acuoso, producto del tiempo, han visto vegetaciones enmarañadas, huellas de animales nocturnos imposibles de cazar, combatientes africanos que abandonaban todo por un automóvil, ráfagas de ametralladora con la trazadora buscando el blanco. Son los ojos de Alberto Castellanos, 78 años, cubano de Camagüey. Dueño de una mirada tranquila y de unos cuantos secretos. Su pasatiempo, hasta podría decirse su oficio, es buscar la complicidad de su interlocutor. El guiño pícaro. “¿Le echas un poquito de ron?”, pregunta el ex chofer, escolta y amigo personal de Ernesto Guevara. Y señala el pocillo de café que acaban de depositar sobre la mesa, frente a las narices de Tiempo Argentino.

La charla comienza una vez que ambas tazas reciben el chorrito justo de Havana Club. Ahora sí. “A lo cubano”, se ríe Castellanos mientras saborea su café negro con ron. El hombre tiene el grado de coronel (retirado) de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba. Fue asesor militar en Nicaragua, durante el combate de los sandinistas a los contras. Dirigió un batallón de 600 cubanos en Angola, donde su responsabilidad era defender la provincia petrolera de Cabinda. Antes fue administrador de industrias en la Cuba de los primeros años de la Revolución. Pero su historia está definitivamente asociada al año 1958 y a la relación que trabó con el primer comandante designado por Fidel Castro entre los miembros del Movimiento 26 de Julio: el argentino Guevara, más conocido como el Che.

Castellanos se había incorporado a la guerrilla desde el municipio Santa Cruz del Sur. En su primer ingreso a la Sierra Maestra lo mandaron de vuelta porque no llevaba armas. La segunda vez lo aceptaron: había conseguido fusiles de caza calibre 22. Cuando Fidel Castro decide dividir la guerrilla y mandar una avanzada hacia el centro de Cuba, Castellanos queda bajo el mando del Che. En la ofensiva hasta Santa Clara va conociendo al argentino hasta convertirse en su chofer. En esa columna de la guerrilla sólo Guevara y él sabían conducir coches, pero el Che se había luxado un hombro en Cabaiguán. Castellanos se ganó su confianza. Y se convirtió en miembro de la escolta, un honor que supo compartir con Hermes Peña, Harry Villegas (“Pombo”), José Argudín, Alberto Fernández Montes de Oca (“Pachungo”), Carlos Coello (“Tuma”) y Eliseo Reyes Rodríguez (“San Luis”).

La relación con el Che llegó a ser de profunda amistad. Aunque Guevara le llevaba varios años y lo seguía tratando de “usted”, la confianza mutua había crecido hasta el punto en que tras la victoria sobre Batista, en los primeros años de la Revolución el comandante se mudó a una casona y alojó allí a los miembros de su escolta. “Primero le dio una habitación al médico de la columna (se refiere a la columna 8 Ciro Redondo, que dirigía Guevara, NdR). Después quedaron una para él, otra para Aleida (March, la segunda esposa del Che, NdR) antes de que se casaran, y otras dos para nosotros cuatro, Hermes, Villegas, Argudín y yo”, dice Castellanos y ensaya el gesto divertido de quien recuerda travesuras del pasado. Su relato enseguida revela la incógnita. “Nosotros le robábamos los carros para conocer La Habana. Queríamos conocer los cabarets de la ciudad”, cuenta.

El Che, en esa época, con La Habana liberada, tenía a su cargo un jeep y un auto particular. Cuando se enteró de que sus hombres se llevaban los vehículos sin permiso, los castigó con cinco días de prisión para Castellanos y Villegas y tres días para Peña y Argudín. La diferencia en la pena era consecuencia de la brecha escolar. “No ves que tú y Villegas tienen séptimo grado mientras que Hermes y Argudín son de la Sierra Maestra y semianalfabetos”, recuerda Castellanos que fue la aclaración textual de Guevara. Era más comprensivo con los que tenían menos formación, y muy exigente con los que tenían, en la jerga de entonces, “más nivel”.

De breve estadía en la Argentina, el ex chofer y escolta del Che pasó por Salta para aportar sus testimonios para el documental que está filmando el cineasta Alejandro Arroz. Se llamará Alberto Castellanos, la vanguardia del Che. Castellanos tiene tres hijas, las mellizas Olga Lidis y Aleida Lidis, graduadas universitarias, y María Victoria, que reside en Miami, adonde viajó, aclara a este diario, “por cuestiones económicas, no ideológicas”. Sobre la situación actual en su país, el cubano se muestra muy optimista. “Yo veo muy bien a Cuba. Hemos creado las condiciones y tenemos un pueblo con un nivel de preparación que no se puede comparar. En mi juventud había un millón de cubanos que pasaba hambre. Hoy los 11 millones de cubanos desayunan, almuerzan y cenan. Y el promedio de vida está en 78 años, como yo (ríe). En Cuba, según datos de la Unesco, no hay ningún niño desnutrido”, repasa.

La guerrilla de Salta. Castellanos tenía una cuenta pendiente con la Argentina. En 2010 volvió al país después de 43 años sin pisar suelo argentino. La última vez que estuvo aquí fue al cruzar a Montevideo, vía Colonia, el 24 de diciembre de 1967. Ese día, con la esperanza de que los controles fronterizos se relajaran un poco por la Nochebuena, Castellanos salió de la Argentina con una cédula de identidad falsa. Se llamaba Alberto Zavaleta y era argentino. De Montevideo voló a Zurich por Pan Am. De Suiza siguió viaje a Praga para aterrizar, finalmente, en Moscú. Allí se alojó en una “casa de seguridad” facilitada por los cubanos. En Moscú intentó perder los modismos argentinos -sobre todo del NOA- que se le habían pegado a su forma de hablar. Había pasado tres años y nueve meses detenido en la cárcel de Villa Las Rosas de la ciudad de Salta.

El día que lo detuvo la Gendarmería, el 4 de marzo de 1964, Castellanos estaba esperando que llegara un grupo de “muchachos nuevos” que se iba a incorporar a la guerrilla. Pero lo que llegó fue una patrulla de gendarmes. Iban vestidos de civil, tenían armas cortas y fusiles con la bayoneta calada. Aunque hablaba con un acento que sonaba centroamericano, Castellanos había logrado mantener oculta su verdadera identidad. Nadie sabía que era cubano, salvo uno de sus compañeros, Federico Méndez, que supo guardar el secreto. Para el resto del mundo era peruano, estudiante en la Universidad de Córdoba, y se llamaba Raúl Moisés Dávila. El pasaporte peruano de Dávila -que existía y estudiaba, pero en Cuba, y le había prestado su documentación para viajar clandestino- lo había acompañado en el paso fronterizo desde Bolivia, en la selva salteña (“mucho peor que la Sierra Maestra”) y en la ciudad de Córdoba.

Castellanos compartió varios meses con Jorge Ricardo Masetti, el fundador de la agencia Prensa Latina que se puso al frente del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP). Masetti debía reconocer el terreno, consolidar una retaguardia, atacar dos puestos policiales, recorrer 200 kilómetros y volver a atacar, para luego refugiarse en la precordillera. Entonces ingresaría a territorio argentino el verdadero jefe de guerrilla, el Che.

“Masetti no tenía la experiencia del Che. La elección de él como jefe no fue mala, pero si hubiera estado el Che hubiese sido mejor. No tendríamos que habernos mantenido en un mismo lugar durante tanto tiempo”, evalúa Castellanos. Durante los meses en que se estableció en el norte salteño, el EGP atravesó situaciones muy traumáticas, algunas muy discutidas, crueles, como los fusilamientos de dos de sus miembros: César Bernardo Groswald, de 19 años, y Adolfo Rotblat, “Pupi”, 21 años. Castellanos no elude el tema.

-En la Argentina hay una revista que se llama Lucha Armada, de revisión histórica de los años ’60 y ’70. En el número que le dedicaron a la experiencia del EGP, los editores ponen el acento en los errores que se cometieron desde el punto de vista militar, político, de conducción. Pero también humano. Hacen referencia al código de conducta muy estricto, que llevó a fusilar a dos miembros de la guerrilla. ¿Qué dice usted?

-Sí, eso es verdad. No se puede negar. Pero también hay que decir que a veces las cosas son duras. Porque hay momentos… Nosotros éramos un grupo de como 30 personas. En el segundo caso (NdR: se refiere al fusilamiento de Groswald), yo estaba operándome en un hospital de Córdoba. Pero en el primer caso, el Pupi (Rotblat), ese muchacho se desmoronó de tal forma… Yo nunca había visto a un hombre desmoronarse así. Si él se hubiera repuesto lo podríamos haber sacado. Pero estábamos en un momento en que peligrábamos todos. Yo le pregunté: “¿Pupi, vos sos hombre o cucaracha?” Y él me contestó: “cucaracha”. Ahí pensé que no tenía remedio. Es duro. Pero hay veces en que las leyes de la guerra te obligan a hacer algunas cosas. Aunque es posible que en otra situación eso no hubiera pasado. Si estaba el Che y no Masetti, porque el Che tenía más experiencia, eso no hubiera pasado. La gente de experiencia sabe valorar esos momentos. Por otra parte, nosotros en Salta cometimos los mismos errores que el Che cometió en Bolivia.

-¿Qué errores?
-Mantenernos en el mismo lugar durante mucho tiempo. En su libro Guerra de guerillas, el Che aconsejaba todo lo contrario. Pero él en Bolivia hizo todo lo contrario. Dividió a la guerrilla en dos, dejó a Juan Acuña Nuñez (Joaquín) con los enfermos y Tania, y él se mueve para sacar a Ciro Bustos, Regis Debray y a Roth, que era un inglés agente de la CIA (se refiere al periodista George Roth, inglés residente en Chile). Después quiso volver sobre sus pasos para reunirse con los otros pero ya no se vieron más. Y nosotros, en Salta, estábamos en el lugar donde caemos desde antes de diciembre (de 1963), en diciembre yo salgo para Córdoba para operarme, y cuando regresé en febrero (1964) seguíamos en el mismo lugar todavía. La guerrilla, cuando está en su primera etapa, no puede hacer eso nunca. Movilidad permanente, desconfianza permanente. No se puede mantener tanto tiempo una posición, no moverse hacia otro lugar, no buscar mejorar las condiciones de la selva, buscar mayor densidad campesina. Eso facilitó, por ejemplo, que se nos infiltraran dos agentes de la Policía Federal, Fernández y Campos, que llegaron junto a los refuerzos pero eran agentes de la policía.
-¿Qué pasó finalmente con Jorge Masetti?
-Mirá, yo le digo lo que pasó para mí: Masetti tenía dinero, porque nosotros lo pagábamos todo. Tenía encima más de 30 mil dólares. Porque cuando yo volví de Córdoba, en febrero de 1964, que venía de operarme, le traje 20 mil dólares. Más lo que él ya tenía encima, más la guita argentina, más dos relojes Rolex, el de él y el de otro que había desertado. Entonces, para mí, llegó una patrulla de la Gendarmería y como Masetti y Atilio (NdR: se refiere a Oscar Atilio Altamira Guzmán, también desaparecido) estaban en malas condiciones, porque a Masetti le había salido una hernia discal, y estaban sufriendo la falta de comida, los encontraron muertos y los enterraron donde estaban, para apoderarse de todo ese dinero. Y si estaban vivos, los mataron ahí.
-¿Cómo fue el momento en que lo detuvieron?
-Estábamos con Henry Lerner esperando a un nuevo grupo. Ya habíamos recibido a otro contingente nuevo, que era en el que venían los infiltrados, Campos y Fernández. Y también íbamos a sacar a Federico Frontini, al que le había picado un escorpión en una pierna, y a Del Hoyo, que tenía un problema que parecía ser tuberculosis. A mí, en ese momento, me ayudó bastante que un compañero uruguayo, que pudo escapar, me dijera que yo le parecía cubano. “No soy cubano, soy latinoamericano”, le dije. Y justo me escucharon los dos infiltrados. Esa fue una de las cosas que tuve a favor. En el momento de la detención, yo estaba saliendo de debajo de un árbol frondoso que se había caído pero que tenía las raíces fuertes. Usábamos ese árbol para ocultarnos. Y cuando estaba saliendo un tipo se me tira encima. Y otro se le tira encima a Henry. “¿Dónde están los demás?”, nos preguntaban. “¿Qué estaban haciendo?” Eran diez o doce. “¿Saben con quién están tratando? Con la Gendarmería nacional”, dijeron después. Ahí pensé que nos mataban.
-¿Lo torturaron?
-Nos dieron golpes. Y a mí me clavaron un bayonetazo (muestra la marca entre el cuello y el comienzo del omóplato, donde comienza la columna vertebral) con la punta de la bayoneta. Pensé que me habían jodido porque me dio un corrientazo en todo el cuerpo. Pero entonces un gendarme ordenó: “No lo maten.” Me fracturaron una costilla a golpes. Yo no sabía que uno podía aguantar tantos golpes. Después nos llevaron al cuartel de Orán. Se decía que nos iban a trasladar a la cárcel de Salta, de hecho ya estaban preparando todo para llevarnos pero el 18 (de marzo de 1964) Hermes (Peña) choca con una patrulla y mata a un gendarme (NdR: Juan Adolfo Romero). Y se va. Pero luego a Hermes lo asesinan, a él y a Jorgito (NdR: Jorge Guille, otro combatiente del EGP), que murió con él. Ellos habían ido a ver a un campesino que les había dado alimentos. En la declaración de la Gendarmería se dice que Hermes pensaba que el campesino los había vendido y que lo asesinó. Mentira. Los asesinaron a los tres: a Hermes, a Jorgito y al campesino. Porque no hubo ni un herido de la Gendarmería y ellos tres muertos. Hermes tiraba muy bien. Lo que nosotros escuchamos ese día, estando detenidos, fue que les habían tendido una emboscada en la casa del vecino y que cuando llegó Hermes con el vecino y Jorgito les pasaron la cuenta a los tres.
-¿Se ensañaron con ustedes por la muerte del gendarme Romero?
-Sí, la noche en que se enteraron de eso fue trágica. Después de matar a Hermes trajeron los cuerpos y los pusieron sobre un techo de chapa. Pusieron ahí el cuerpo de Hermes y el de Jorgito. Y a nosotros nos hicieron caminar alrededor. Era por la madrugada. Los gendarmes estaban bebiendo ginebra y coqueando. Nos preguntaban: “¿Los conocés?” Jorgito tenía un balazo por la espalda y se le habían salido todas las vísceras para afuera. Eso lo sé porque yo, en Cuba, había sido sanitario y había visto a un compañero al que le habían dado un balazo igualito. Yo pensaba que nos iban a matar. Porque ese día nos habían trancado a todos en los calabozos, no nos habían dado ni almuerzo ni comida. Y a eso de la 1 de la mañana, cuando estábamos dormidos, escuché que decían “arriba, Dávila”. Yo me levanté y encaré para la derecha, donde estaban las oficinas, pero me dijeron “no, para allá, para la selva”. “Me van a matar”, pensé. Me dijeron que corriera pero no quise. Si me iban a matar que lo hicieran de cualquier forma. Entonces me llevaron hasta el techado donde estaban los cadáveres de Hermes y Jorgito. Y allí me dieron una paliza… Yo hubiera sido un boxeador, porque no me tiraban. Después me llevaron a otro lugar, donde había una rueda de gendarmes. Era tropa rasa. Ahí jugaban al fútbol con nosotros. Lo mismo un culatazo, una patada o un piñazo. Yo les decía: “Mátenme.” Pero no nos mataron.

El talón de Aquiles. Castellanos dice que le gustó bastante la película Che, el argentino, de Steven Soderbergh con Benicio del Toro en el papel de Guevara. En el film, luego dividido en dos capítulos, se relata la campaña de la guerrilla en la lucha contra el dictador Fulgencio Batista. Una de las escenas más logradas reconstruye la Batalla de Santa Clara, donde la columna al mando del Che inutiliza un tren blindado y logra controlar la ciudad a pesar de una hasta risible inferioridad numérica. “Éramos 300 hombres contra 3000, porque entre el Ejército, la Guardia Rural y la policía el gobierno había reunido ese número. En Santa Clara logramos quebrarle la columna vertebral a la dictadura”, dice el cubano. En aquella batalla murió Roberto Rodríguez, “el Vaquerito”, famoso por sus botas texanas, su baja estatura y su carácter intrépido. El Vaquerito estaba al mando del “pelotón suicida”, la vanguardia de la columna guerrillera.

-¿Usted estaba cerca cuando mataron al Vaquerito?
-No estaba tan cerca, el Che sí. Yo era parte del pelotón del Vaquerito. Pero en ese momento yo era el chofer del Che. Fue un francotirador o una bala perdida. El Vaquerito estaba sobre un techo, cerca del cuartel de policía. Y lo derriban. El Che manda a Pachungo a ver qué había pasado y le meten un rafagazo: las balas le quemaron el pelo y se tuvo que bajar del techo. El Vaquerito tenía unas características muy particulares. Era un tipo valiente, valiente…
-¿Era un guajiro, un campesino cubano?
-No, ¡qué va! (ríe). Si él fue hasta ayudante de los adivinos que trabajan por la calle. Y era vendedor ambulante.
-Sería lo que acá llamamos “chico de la calle”…
-Sí. También era muy simpático. Petiso y rubio, cosa muy poco común en Cuba. Era muy valiente pero era pícaro. No era bobo, se cuidaba, no se regalaba. Se exponía pero no se regalaba.
-No era suicida, entonces.
-No, no.
-¿Y el Che?
-Su talón de Aquiles era la agresividad. Fidel tenía que cuidarlo.
-¿Agresividad en qué sentido?
-En que él quería siempre estar adelante. No era capaz de mandar hacer nada que él no hiciera. Por eso teníamos la moral que teníamos, y por esa forma de ser se ganó el respeto de todos. Pero Fidel tenía que cuidarlo porque era muy agresivo.
-Eso puede ser interpretado como que también era agresivo con ustedes.
-No, no. Él era intransigente. Era intransigente con lo mal hecho, con el que fuera. Y cuando digo agresivo quiero decir valiente, temerario, que no le tenía miedo a la muerte. Y entonces se arriesgaba a veces sin necesidad de hacerlo.
-Hablando de la muerte: un cura del tercer mundo que fue asesinado por grupos de ultraderecha, Carlos Mugica, dijo una vez que él estaba dispuesto a dar su vida por la revolución o la justicia social pero que no quitaría la vida de otro. ¿Cómo se afronta la situación de quitarle la vida a otra persona?
-Bueno, a mí nunca me tocó quitarle la vida a nadie. A mí me tocó pelear. Y tirar, y tirarle a alguien, pero cuando tú tiras también te tiran a ti. Es un duelo. Un duelo entre dos personas. Eso ya no es quitarle la vida, es un duelo entre personas.
-No es un asesinato a sangre fría.
-No, no. Además, nosotros no maltratamos nunca a un prisionero, ni siquiera de palabra. Si hacías eso, Fidel te hacía polvo. Eso se respetó siempre. Hasta cuando fue la invasión de Playa Girón, en los que entregamos 1200 enemigos vivos y nosotros habíamos tenido unos cuántos muertos.
-¿Qué anécdota con el Che le vuelve una y otra vez a su memoria?
-En la época en que estábamos en el ministerio de Industrias, Raúl (Castro) sacó una orden que obligaba a todo efectivo de las Fuerzas Armadas que estaba en comisión de servicios, como nosotros, a pedir licencia o reincorporarse a las fuerzas. En caso contrario se perdía la condición de militar efectivo. Nosotros queríamos reincorporarnos a las fuerzas pero precisábamos el aval del Che. Y él nos dijo: “Primero quiero saber cómo les fue a ustedes en el curso”. Y se reía.
-¿Cómo fue qué se enteró de la caída del Che en Bolivia?
-Estando en la cárcel, en Salta.
-Cuénteme ese día.
-Me enteré cuando lo vi en la prensa, cuando vi su cadáver en la prensa. Yo sabía que era él porque había visto el primer campamento en Bolivia, por las características del campamento. Además, yo sabía que venía para la Argentina. Pero tenía que disimular por completo, recuerde que yo era peruano, no cubano.
-¿Lloró ese día?
-No, no llegué a llorar. Hubiera llorado pero no llegué a llorar. Lloré por dentro. <

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