Jani Malvino

Allá por el ’86 terminé la carrera de periodismo en la Universidad Nacional del Comahue, en General Roca, Río Negro, donde nací, crecí, me enamoré y me casé. El título fue un papel, la vida una aventura y la carrera jamás empezó porque no tenía lo esencial: ni la inquietud, ni la lectura, ni la vocación necesaria. Después, muchas cosas me atravesaron y rompí con todo: con el pueblo, con la maternidad, con el marido y todo lo previsto. Llegué a la gran ciudad. Trabajé en diversos “curros”, todos sin pasión. Por un ex amigo -gracias a Dios- llegué a la salud. Varias obras sociales, con su corrupción, sus sobreprecios, sus dibujos financieros. Secretariado en Auditoría Médica. Es lo que mejor hago, cuando quiero. En 2009 alquilé mi departamento y me fui a Córdoba, tras una sobrina amada, a hacerme la hippie, laburar en un bar, mirar el Champaquí. Pero terminó el verano, y en Traslasierra empieza la larga temporada baja. Me volví, a la nada, a ver qué. A principios de 2010, surgió la posibilidad de cubrir la recepción de un diario nuevo que asomaba en el horizonte con intenciones de instalarse y pelearle al monstruo de Constitución. “Pero no sé si querrás estar en la Recepción”, me dijeron. “Como vos sos periodista, pero ahora necesitan eso”. Pero claro que me encantará, y más desde un principio, donde hay tanto que hacer, organizar, armar, que es lo que me encanta. Y así estuve para el número cero de Tiempo Argentino, que se desplegaba en mi escritorio de la Recepción con el entonces director, analizando página por página, comentando cosas que le gustaban, otras que no irían. Me sentí parte de un mundo apasionante, rodeada de gente desconocida que a veces me sonreía, otras ni saludaba. Profesionales del periodismo que me agradecían un café, me contaban en qué tema andaban, sus investigaciones y ganas. También aquellos que miraban desde arriba, creyendo que estaban en el New York Times y yo debiera limpiar sus escritorios. No me importó. Me encantó pertenecer, porque eso sentía: que pertenecía y que tenía mucho para dar y facilitarles sus trabajos profesionales, porque yo también soy buena en lo mío. Hasta llegué a creer por momentos que me engancharía con la profesión. No sucedió. No hice nada para que pasara. De nada me arrepiento. Estuvo bueno, y quisiera que siga. Ya tengo bien claro quién es quién, con quienes nos amamos, con quienes dejamos de respetarnos. Pero Tiempo Argentino me fue un lugar agradable y contenedor. Ahora no precisamente. Desde que hace unos meses los empresarios irresponsables decidieron unilateralmente que ya no les era redituable, que no tenían nada de todo el dinero que recaudaron en seis años, que ya no pagarían sueldos ni aguinaldos. Decidieron dejarnos a la deriva. Pero estamos. Cuidando el lugar de trabajo con 24 horas de permanencia en el edificio, saliendo a la calle, difundiendo, agradeciendo la solidaridad de tantos, organizando eventos. Gastados, angustiados y más unidos que nunca. Con todas nuestras diferencias, nuestros humores cambiantes, la coincidencia es una sola: seguir trabajando, sostener esta fuente laboral que nos apasiona. No abandonaré porque soy parte y es parte de mi historia, y la historia no se amputa, no se aborta, no se desangra. La historia se atraviesa, se hace y se pelea. Hasta el último día.

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