Una semana en nuestros puestos

Una semana en nuestros puestos. Ésta es una nota coral. Aprendimos a hablar escuchándonos. A escucharnos y hablar. Nuestras voces, así, suenan más afinadas. Cumplimos una semana de permanencia pacífica en nuestros puestos de trabajo y compartimos con los lectores algunas de las  doscientas vivencias cotidianas que registramos en carne propia.La serie de bellas fotografías que ilustra estas páginas, Kit de Lucha, es de nuestra reportera gráfica Sole Quiroga.

Llevamos seis años en el diario, pero ahora transitamos siete días bajo el mismo techo, sin interrupciones, para cuidar el diario que el dueño no quiere imprimir. A continuación una serie de testimonios que reúnen el valor necesario para mirar el futuro con más fuerza, a pesar del permanente intento patronal para sembrar incertidumbre y miedo.

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La barra de Tiempo

Las zapatillas de lona -azules, cordones blancos y suelas de cementos calientes- andan ahí, a los pies de este tipo que ahora duerme en un colchón prestado y sobre el piso de la sección donde se diseñan las páginas de Tiempo. Tal vez, en este sueño sin almohada y en ese ronquido de cuerpos gastados que cuidan su trabajo en el lugar de trabajo todavía tenga agites de “un fernet, Negro, una Palermo de litro Juli, un agua, Coca sola, hielo…”. La barra sobre Amenábar, la noche en la que chequeamos la temperatura de las bebidas y los vasos y los hielos ya había pasado y cuando el sol se metía por la ventana todavía sonaban, con el viento, los acordes y el orgullo de la guitarra de su pibe.

Marcelo Máximo, redactor de deportes y sostenedor contumaz de banderas de lucha

Que nadie nos quite el rock

Después de una asamblea, esta semana, nos fuimos a buscar el bondi con un compañero. Creo que era la primera vez que hablábamos. Me contó que siempre fue a ver a los Rolling desde 2008, que los anduvo siguiendo por el mundo. Que alguna vez los vio con Bruce Springsteen. “Esta es la primera vez que sólo pensé en los Rolling cuando los tuve enfrente. Es que, claro, andamos con la cabeza en otra cosa”, me dijo. Cuando estás en medio de un conflicto denso como el que estamos atravesando, el alma se detiene. Enfrentamos eso juntos pero a la vez, cada quien tiene sus historias, sus temores, sus deseos. Creo que desde diciembre hasta acá hemos batido récords de fiebres y dolores de panza intempestivos. La vida de los otros -los que no tienen bardos, los que dentro de todo siguen con sus cosas- te empieza a resultar extraña. Ya no sabés lo que es tomarte vacaciones, planear una salida, quedarte en tu casa bajo el ventilador sabiendo que estás a salvo de algo. Y es que no estás a salvo de nada. Porque el diario, las actividades que implican tomar un lugar, amplificar el conflicto, son la prioridad. En algún momento, aceptás las cosas como son. Y el conflicto empieza a ser compañía constante. Como los fantasmas de El viaje de Chihiro, ponele. Y además, tratás de seguir con tu vida de vez en cuando. De vez en cuando leés, escribís, te emborrachás y dejás zonas abiertas para que entre el amor, en cualquiera de las variantes que te interesen. “Que nadie nos quite el rock, que nadie nos quite las ganas de bailar”, te dice ese compañero con el que hablás por primera vez. Y lo sentís un hermano que se pierde en la noche. Y volvés a tu casa sonriendo. Y los fantasmas descansan por un rato, hacen pogo al fondo del colectivo y nos les importa. Total, nadie los ve.

Ivana Romero, redactora de Cultura y distribuidora de glamour

Un cuento de gallegos

“Debemos ser primos”, concluye Alberto López Girondo después de una larga charla acerca de nuestras raíces gallegas. Hasta ese amanecer en la redacción habíamos cruzado unos saludos de ocasión. Y poco más. La permanencia –el conflicto- nos acercó. Nos encontró en una ronda de mates, facturas y conversaciones variadas. El parentesco familiar tal vez exista. O tal vez no. Nuestros ancestros, eso sí, fueron vecinos: nacieron en dos pueblos de Lugo, separados por menos de 60 kilómetros. Durante tres años, nos separó un piso: él y yo trabajamos sin conocer ese punto en común. Hasta esa mañana. Hasta ese día. “Gallego, ¿cómo va?”, escucho mientras me desperezo en el diario. Es Alberto, el primo que descubrí en la permanencia.

Federico Amigo, redactor de Deportes y exquisito cebador de mate

Preferiría no hacerlo

Como Bartleby, el escribiente, yo también preferiría no hacerlo. Pero uno nunca sabe las cosas que pueden resultar de eso que preferiría no hacer. La noche del lunes de carnaval, en la Fiesta por la Permanencia, mientras hablaba con un ex compañero de la revista Veintitrés, a la sazón delegado, sonrisa amplia que le iluminaba la cara mi hijo me dice: “Hola.” El fuerte abrazo luego de más de un mes sin vernos por motivo de sus vacaciones hizo vibrar nuestros pechos. Energizados ambos por distintos motivos, al ver arrancar el candombe de Los Tambores no Callan, que desde mitad de cuadra avanzaba despacio hacia la puerta de la redacción, nos miramos y comenzamos a bailar hacia su encuentro. Ahora los dos a cara iluminada por la sonrisa, los cruces de miradas cómplices, las emociones inocultables. Luego de esa noche, no me sentí más como Bartleby. Ahora prefería hacerlo.

Jorge Belaunzarán, redactor de espectáculos y castigador de bombos

Siete días de conciencia organizada

La permanencia y la lucha de los trabajadores de Tiempo ya es un hito en la historia del gremio de prensa. Más allá de las decenas de actividades públicas que se han realizado y otras tantas asambleas, la vida al interior de la redacción es lo más rico de todo el proceso. La predisposición de cada compañero para tomar tareas y realizarlas con responsabilidad, disciplina y entusiasmo contrasta con la desidia, las mentiras y el cinismo de las patronales que, una tras otra, han faltado a su palabra.

Hay angustia y bronca, la permanencia y las asambleas contienen y catalizan esa rabia por el lado de la acción. Hay un orgullo inmenso por lo que hemos construido y la confianza ciega en que juntos va a haber una salida. Un aporte inconmensurable a todos los trabajadores del país, porque el ajuste del gobierno lo vamos a parar así, con organización, solidaridad lucha e independencia de clase.  Las ideologías todavía difieren y están puestas a prueba en la experiencia colectiva.  La palabra de los trabajadores tiene valor y se construye en la solidaridad de clase y la lucha contra estas patronales y los gobiernos que nos vienen cagando uno tras otro. El anterior que fue el responsable de alimentar el monstruo y hasta ungirlo como candidato a intendente, el actual por la desidia y el abandono que sólo pudimos quebrar nosotros con nuestra gran lucha y convicción.

Alfonso Villalobos, redactor de Economía y uno de los 5 delegados de la comisión interna.

Mi redacción, la nuestra

No es un febrero más. Desde que NO hago uso de la razón, es muy difícil pensar en NO disfrutar un verano tan caliente. Caliente por la temperatura, por la bronca, porque ya pasé junto a mis compañeros de Tiempo un vendaval de mentiras que ya ni siquiera nos salpican, sólo hacen que la calentura y la unión sigan creciendo. Aunque son dos meses y medio de laburo que nos adeudan, para mí, para nosotros, ya son como seis meses. Parece que a mayor fortaleza que vamos obteniendo, mayor fuera la vil (pero tan útil) moneda que nos adeudan. Hoy es sábado a la noche. Es el séptimo día de permanencia de mis compas en la redacción. Es mi último día de las No vacaciones con mi hija. Extraño no ver a mis colegas desde mi última Asamblea, hace dos días. Llegue a la redacción a eso de las 7 pm. No éramos muchos pero iban llegando. Aunque no estoy anotado en la grilla organizativa para permanecer en la guardia nocturna. Volver a sentir esa enorme energía de compañerismo, apoyo, fraternidad, me genera mucho entusiasmo de tener mi primer noche de permanencia en mi redacción, en nuestra redacción. En la redacción que lucha nuestra lucha. Mañana será otro día más.

Diego Martínez, fotógrafo y estentóreo vociferador de consignas

Otra noche en el Tiempo

Suena Marvin Gaye en una computadora abandonada, cuando se corte o se cuelgue el video de Youtube alguien va a correr a poner otra cosa. Acompaña el ruido de un ventilador de pie y la Fiesta de la Chaya en la TV Pública. Los restos de las empanadas ya están fríos, las panzas están llenas y no llaman tanto la atención como cuando salió la primera tanda.

Conversaciones eventuales, temas variados. Algunos miran el monitor para terminar una nota o actualizar el Facebook o Twitter con la última medida de esta larga lucha. Compartimos un Fernet y vemos juntos como se va otra noche de permanencia pacífica.

Enrique Quarleri, redactor de Policiales y activista de la sonrisa

Todos a un pulso

Vamos siete días de permanencia y estamos armando el boletín número ocho. Es sábado de noche, para el resto de los mortales es día de salidas, bares, cines, paseos. Nosotros estamos en otro planeta, inmersos en una atmósfera de ideas que van tomando consistencia de boca en boca. De neuronas en sintonía, de corazones latiendo un pulso. En estos días no nos cansamos de decir que la sensación es como de haber vivido un año por cada mes, desde que comenzó el embate. Y nosotros pasamos de conocidos a ser amigos, haciéndole honor a la palabra compañeros. Entonces, mientras el resto de los mortales, nosotros aquí inmortales.

Soledad Quiroga, fotógrafa y documentadora de la lucha

Madrugada de murga

Empezó con un llamado telefónico que no fue escuchado. Siguió con un mensaje de texto. Pero el mensaje tardó en ser visto. Hasta que, casi de casualidad, al mirar el celular por otra cosa, comprobé que una de las integrantes de Los Habitués, Gaby, me estaba preguntando con insistencia si seguía en pie lo que habíamos hablado. Yo había invitado a ese grupo de murga, música rioplatense y teatro a acercarse hasta la redacción de Tiempo como forma de expresar su apoyo a la lucha de los trabajadores en su pelea por el salario y el medio aguinaldo adeudados, como también por la continuidad de los puestos de trabajo. Gaby me había tomado la palabra así que cuando la llamé me espetó, casi con el tono de los hechos consumados: “Ya estamos por Chacarita, cambiamos el rumbo y vamos apara allá.”

Unos cuarenta minutos más tarde  aparecieron por la calle empedrada 15 murgueros con la cara pintada, con un gorro bicornio como el que usaba San Martín, con un casco de la construcción, con boletas de servicios públicos pegadas en la ropa, o con el traje de raso del murguero adornado con una consigna que empezó a circular en las últimas semanas: “No quiero que nadie se quede sin trabajo”.  La visita de los amigos de Los Habitués se había demorado largas horas. Eran las 3 de la mañana. El silencio de una noche de verano tuvo aquella madrugada finalmente su contracara, un bautismo de carnaval: se cantó  “Siga el corso”, de Anselmo Aieta y Francisco García Jiménez, y reaparecieron las sonrisas. “Aquella marquesa de la risa loca/ se pintó la boca/ por besar a un clown”, corearon los murgueros cuidando el volumen para no irritar a las vecinas pero, sobre todo, para dar fuerzas a los trabajadores del Grupo 23, desde la puerta de Tiempo Argentino, cuando la presencia pacífica transitaba sus primeros días.

Martín Piqué, redactor de Política y escudero del campo nacional y popular en el gremio de prensa

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