El arte de pegar afiches por Buenos Aires en una noche de lluvia tropical

Otro fragmento del diario que un compañero de Tiempo escribe sobre los encendidos días de lucha que se suceden en los últimos tres meses. Una crónica anti-vaciamiento que relata el tour por la ciudad para pegar los carteles que anuncian otra de las tantas movilizaciones veraniegas. De cómo un trabajador de prensa aprende a manejar “el moco” y el escobilllón.

“Dale, padre. Alcanzame el moco y los afiches”, me grita un gordo militante del PO desde la caja del flete derruido. “Dale, padre, que se viene el agua y hay que ir a pegar”, arenga el gordo, y los seis compañeros que lo secundan como barrabravas arrancan con el “¡¡vamos a pegaaaaaarrrr, a pegar, a pegar, vamos a pegaaaarrrr!!”
Seremos unos ocho en la cueva de la F100. Gerardo, un redactor de Política; Belauza, de Espectáculos y afines; Roly Villani, pluma de Sociedad; el pibe Jonathan Raed de Deportes; y Pablito Tomasello, el veterano retocador de Diseño. Ahh, me olvidaba del gordo y un tal Josesito, los Oliver y Hardy del PO porteño. Ni bien el bólido entró filoso en la avenida Del Libertador, don gordo comenzó con sus clases de geopolítica contemporánea. Desde el Isis hasta Miami, pasando por Rusia, Gringolandia, Avellaneda y aún más allá. “Y volvieron los cortes programados de Edesur, hermano –explicaba el gordo mientras pitaba el tercer Philip Morris que me había nacionalizado-. Soviets y electricidad. Los rusos resolvieron el problema en 1920.”
En el camioncito tenemos cinco baldes con moco, como se apoda al engrudo hecho a base de soda cáustica, harina y algunos litros de agua. También cinco escobillones y unos 500 afiches. Vamos a escrachar el Bajo porteño, de Retiro hasta Plaza de Mayo. Y lo que quede lo reventamos por Avenida de Mayo. Primera parada, Alem y Paraguay “… Yo combatí a Stalin”, advierte Josesito cuando bajaba el balde de moco. “¿Pero cuántos años tenés, Josesito, 104? Dejate de joder”, le grita Belauza al pendejo, que debe haber pasado los veintipico hace algunos meses.

Desde el sur avanza un nubarrón demasiado gris. Los primeros relámpagos iluminan el microcentro. La ciudad duerme. Los ratis que vigilan la Casa de Gobierno también. Con Gerardo empezamos a pegar sobre la Avenida de Mayo. Cuesta un poco los primeros dos afiches. Después es una cuestión casi maquínica. Gerardo peina el conteiner o la pared con el escobillón. El moco hace lo suyo y después el royito se pega solo. Uno tras otro. Pegamos en el vidrio del ascensor de Perú, en una pared cerca del Tortoni y en todos los conteiners de basura que duermen sobre la avenida. La faena viene perfecta hasta que el aguacero nos baña sin piedad poco antes de la 9 de Julio. En la esquina de Maipú, un rati nos pregunta si los afiches dicen algo en contra de Israel. “Mirá que acá cerca hay oficinas de la embajada y te tengo que meter preso”, se ríe el federico. Humor de rati, un humor que sólo ellos entienden.

Abortamos misión a los 30 minutos. El temporal tropical nos gana la batalla. En la caja de la F100 Pablito regala una arenga digna de Poly, el entrenador Rocky. “Muchachos, si mañana no nos dan pelota tenemos que tomar el ministerio. Entramos y nos quedamos todos. Somos trabajadores de prensa, defensores de la libertad de expresión. Tenemos firma, compañeros. También ego. Pero yo tengo las pelotas más grandes que las de un obrero de la UOM. Y si viene la cana, habrá que aguantar.” La chata frena en la redacción y bajamos las sobras de la pegatina. En un par de horas estaremos cortando Alem. Una vez más. Y van…

Palermo 19 de febrero de 2016.

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