Cien días sin cobrar, como mil horas sin dormir y un millón de preocupaciones

Nadie, ni el más visionario de los compañeros, pensó que los dueños podían ser tan perversos como para hacer trabajar a todos como si nada pasara y no pagar por eso. Se fueron sumando promesas incumplidas, reuniones infructuosas, mentiras tras mentiras hasta llegar a hoy: cien días sin ver un peso.

Cien días. Cien días, nada menos, pasaron desde la última vez que los trabajadores de Tiempo Argentino cobramos nuestro sueldo. Era normal que dentro de los cinco primeros días hábiles del mes apareciera el dinero correspondiente a nuestro salario en la cuenta bancaria. Así había sido desde que comenzó el diario, allá por mayo de 2010. Nadie, ni el más pesimista de los 200 empleados del diario, se imaginó que ese sueldo que la empresa depositó el 3 de diciembre del año pasado iba a ser el último. Nadie, ni el más visionario de los compañeros, pensó que los dueños podían ser tan perversos como para hacer trabajar a todos como si nada pasara y no pagar por eso. Pero pasó. La primera señal, nefasta, oscura, fue cuando no depositaron el medio aguinaldo correspondiente al segundo semestre del año. La segunda, más preocupante aún, fue cuando pasaban los primeros días de enero y no aparecía el sueldo de diciembre. Y así, se fueron sumando promesas incumplidas, reuniones infructuosas, mentira tras mentira, hasta llegar a hoy: cien días después de la última vez. Y nada. Ya ni siquiera dan la cara. Ni el corrupto vaciador de Szpolski ni el fantasma de Rodríguez Rojas ni el careta farandulero de Garfunkel. Nadie. Sólo quedamos los trabajadores, como siempre, permaneciendo pacíficamente en el edificio durante las 24 horas del día, haciendo este boletín, escribiendo para la página de Por Más Tiempo, planificando una nueva edición de Tiempo Argentino on line, haciendo marchas, organizando festivales, apoyando la lucha casi gemela de los trabajadores de Radio América, aguantando la inacción del Ministerio de Trabajo, resistiendo en definitiva, a la espera de una solución que no llega.

En estos cien días que llevamos sin cobrar, cambió la Argentina, cambió gran parte de Sudamérica, cambió el mundo. Por ejemplo, como para que se tome una dimensión del tiempo que llevamos sin cobrar ni un solo peso, la última vez que pudimos sacar plata del cajero automático Mauricio Macri era el Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Había ganado el balotaje, se preparaba para gobernar el país y prometía la revolución de la alegría. Muy pocos sabían bien quién era Marcos Peña y el apellido Triaca estaba asociado a un sindicalista gordo de los años ’80 y ’90. El dólar estaba a 9,70 pesos, pero todavía se hablaba del paralelo, el blue o el ilegal. Ahora ya no se lo menciona por colores ni se lo persigue por clandestino, pero apunta más alto que el Sol y tiene horizontes muchos más permitidos que Aerolíneas Argentinas.

Arruabarrena disfrutaba de sus vacaciones como entrenador de Boca luego de haber salido dos veces campeón. Casi nadie se acordaba de los hermanos Schillaci que se fugaron de una cárcel de máxima seguridad junto a un tal Lanatta en enero. Se trata del prófugo, no de ese otro que se compró un departamentito en Estados Unidos aprovechando lo bien que paga la vileza en el mercado negro.

Lula estaba lo más bien, era un ex presidente de Brasil sin grandes problemas y con la mejor imagen de todos los políticos que crecían a su sombra en el país del jogo
bonito.

En un abrir y cerrar de ojos los argentinos debieron adaptarse a los brutales cambios que le propone la realidad: tarifazos, devaluación, aumentos desproporcionados en la cadena alimenticia, despidos injustificados, persecución, protocolo…

Cien días sin cobrar. Cien días buscando respuestas que ni los empresarios fraudulentos ni el gobierno de Macri están dispuestos a entregar. El diario Tiempo Argentino hace más de un mes que no se imprime.

Y hay una vieja certeza en medios gráficos que persigue a todos los trabajadores del ramo: “Después de tres días sin salir, cualquier diario marcha hacia el cierre definitivo”. Y nosotros, como los empresarios fraudulentos que no dan la cara y este gobierno de turno, asistimos azorados como Tiempo Argentino se resiste a morir… Da la sensación que la idea poderosa que se encargó de sembrar este diario decidió seguir existiendo mucho más allá de los permitido. Mucho más allá del tiempo de sentencia que le pusieron los poderosos de turno. Y eso es gracias a la solidaridad de una sociedad que se niega a que le arrebaten sus símbolos. A una sociedad que está dispuesta a sostener con su esfuerzo lo que creen valioso en este momento de silencios profundos.

Le ponemos el pecho a las pulgas, al intento de dejarnos sin agua, a la clara intención de cortarnos la luz con el único objetivo de seguir manteniendo viva la idea de ser una voz en este Tiempo difícil de todos los Argentinos.

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