Una lucha que emerge con la misma naturalidad que las gambetas de Leo Messi

“El astro del Barcelona no piensa en la trascendencia, en el gesto artístico que está construyendo ni en el impacto perdurable en el tiempo en cada una de sus jugadas magistrales”.

En esa loca y perfecta carrera de equilibrista acostumbrado a llevar adelante sus proezas sin red de contención Lionel Messi no piensa en la trascendencia, en el gesto artístico que está construyendo ni en el impacto perdurable en el tiempo.
Seguramente no tiene ni idea de que en ese momento los Indignados españoles logran abstraerse por unos minutos de la malaria que golpea sus fueros íntimos. Estoy convencido que ni se entera que las imágenes de los televisores sacuden a los habitantes argentinos con un aire gratificante en un territorio que vive al ritmo de marchas y convive con protestas permanentes.

El tiro libre maravilloso que le permitió al Barcelona igualar 1-1 con Sevilla, simple y sencillamente permitió confirmar el diálogo que esa zurda tiene con el roce de la perfección.

El hecho artístico trasciende a su creador y navega en el éter de las distancias para generar en el receptor sensaciones que ni el mismo protagonista busca ni tiene intención de precipitar. Vale la pena aclarar que también están esos otros individuos que sienten poco o casi nada por estas muestras de genialidad. Como esas personas que están parados en el lado contrariado del destino que no tienen la capacidad de admirar o de respetar. Los que carecen de la sensibilidad necesaria para permitirse disfrutar. Como esos hombres que con la misma liviandad son capaces de acusar de pecho frío a Messi como de tirarles hielo o huevos a los despedidos mientras se ocultan en la mezquindad que les entrega el anonimato.

El rosarino parece distraído, como desentendido del desarrollo, del esfuerzo de sus compañeros, pero el genio que habita encima de esos botines mágicos, cada tanto decide entrar a escena para hacer descender a los planos terrenales una pintura en tres dimensiones y con modelos en movimiento. Como ese taco dentro del área para Neymar, o esa habilitación para Suárez que derivó en el gol de Piqué para el definitivo 2-1.

Los reorganizadores del mundo seguramente buscarán matar su inspiración. Los ladradores de la sombra hablarán de la ética para ponerle límites a su libertad de expresión en el césped de lo imposible, pero el arte no se cuantifica, se disfruta. Los gerentes de los resultados pueden llegar a demostrar que rinde mucho más beneficios un millón de soldaditos movedizos, que un Messi estático, como en muchos pasajes del partido con el Sevilla. Porque argumentos para sostener incoherencias les sobran y el ejército de repetidores de tonterías no tiene deserciones. Tan incomprensible como los que afirman que los tarifazos, la devaluación, las exenciones impositivas a las mineras, los miles de despidos, la inflación, la recesión y las persecuciones individuales son medidas necesarias para transitar el camino hacia la pobreza cero. Y a ellos los argumentos también les sobran.

Los gerentes del fútbol buscarán limitar el tiempo de la celebración tratando de emular a esos “genios” que ya le dieron cinco minutos de tolerancia a la protesta, a la indignación.

Seguramente en este instante La Pulga no tenga ni idea que en Argentina miles de compatriotas viven la angustia del desempleo, ni de la caza de brujas, como denuncia Víctor Hugo Morales.

Lejos de la realidad cotidiana y sin siquiera pensar en influir en la sociedad, el artista sólo se enfoca en su tarea y el Barcelona lo agradece. Y ese público que habita mucho más allá de Catalunya lo idolatra por sus creaciones. Asiste en el estadio o por TV a cada presentación del artista con la sensación de que puede entregar un instante único, irrepetible y eso que este pequeño ya tiene sus cuentas desbordadas de momentos trascendentes.

Seguramente su zurda privilegiada no se detiene a pensar que necesita un documento para certificar su autenticidad, ni que su arte importado de los potreros jamás será menospreciado ni atacado como las murgas que se nutren de las mismas esencias de barrios carenciados.

Y en ese momento que Messi construía otra obra perdurable en el recuerdo de los amantes del fútbol me di cuenta que era un privilegiado. Y no lo era por haber palpitado en directo otra entrega en capítulos de un jugador extraordinario, lo fui porque tuve la certeza que en la Argentina existen muchos Messi. Miré a mí alrededor y supe que son hombres y mujeres de carne y hueso. Que son como esos alquimistas que viven transformando los elementos.

Tiempo Argentino es un diario que ya no se imprime por decisión patronal, pero un grupo de trabajadores se encargaron de sostener la mística de una identidad que va mucho más allá del fraude que benefició a los Szpolski, Garfunkel, Nosiglia, Richarte y al impresentable Martínez Rojas. Un diario que nació para pelear con un monstruo con mil cabezas como el grupo Clarín y en seis años le demostró al público que hay verdades que salen a la luz más allá de las energías y millones de verdes que sostienen los poderosos multimedios.

Veo la obra de Messi y su creación trasciende sus anhelos y genera en miles de millones de personas sensaciones diferentes. En mí, la certeza de estar rodeado de alquimistas y con la convicción de poder enfrentar cualquier desafío. Sin cobrar el sueldo hace tres meses, sosteniendo la toma pacífica del diario, sin respuestas de los empresarios ni del gobierno, pero con el apoyo incondicional de mis compañeros y una multitud silenciosa que brinda su corazón generoso no hay meta que no esté dispuesto a intentar alcanzar.

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