Un mast’aku por el Indoamericano

Por Nicolás G. Recoaro – 9 de diciembre de 2013

En diciembre de 2013, a tres años de la toma del Parque Indoamericano, un cronista de Tiempo contaba la historia de lucha de Elizabeth Ovidio, una migrante que sufrió el asesinato de su marido durante el violento desalojo.

Cargada como un ekeko, Eli caminaba con paso sereno por las calles del cementerio de Flores, llevando un ramo de rosas rojas y arrastrando en un changuito dos cajas repletas de panes, cervezas y una foto de su marido. Según la tradición andina, las ajayus –las almas de los difuntos– vuelven cada 1 de noviembre, el Día de Todos los Santos, en forma de tantawawas, “niños de pan” en aymara, y en la construcción de mesas comunitarias con los alimentos que les preparan los vivos, el mast’aku. Cuando llegó a la cruz de madera curtida que tenía tatuado con un liquid paper fantasmal el nombre Juan Castañeta Quispe, se detuvo. Luego limpió parsimoniosamente la tumba: sacó algunas flores secas que dormían sobre la tierra, extendió un aguayo multicolor sobre la sepultura y, con un alambre, ató a la cruz la foto pegada sobre un papel, que tenía grabado a modo de epígrafe: “¡Justicia por Emilio Canaviri Álvarez! Asesinado en el Parque Indoamericano”. Después se persignó y empezó a repetir como un mantra el Padre Nuestro.

Elizabeth Ovidio llegó a Buenos Aires en 2003, junto a Emilio, su marido. Como muchos paisanos que cruzan la frontera entre la Argentina y Bolivia, se habían entusiasmado con un aviso que escucharon en una FM de Oruro, que ofrecía el paraíso, o sus alrededores. “Buena paga, casa y comida”, prometía un locutor de voz melosa. La historia fue distinta. Un cuarto escuálido, trabajo esclavo a destajo y desayunos, almuerzos y cenas paupérrimos, sobrecargados con abundante arroz, ese fue el panorama que encontraron al llegar al barrio Rivadavia. Una imagen calcada en la vida de miles de migrantes víctimas de la trata, que sobreviven en condiciones de semiesclavitud en talleres clandestinos, trabajando contra el reloj y el sueño, costurando por centavos pantalones y remeras.

De aquel primer taller pasaron a un galpón textil administrado por un coreano en Cuenca y Aranguren. El monocorde ruido de las máquinas de coser era la banda de sonido del lugar. Al tiempo llegaron desde Bolivia dos de sus hijas, Evelyn y Tatiana. “Ahorramos y ahorramos –recuerda Eli– y nos buscamos una pieza para alquilar, ahí vivimos como cinco años.” Las cosas parecían encaminarse. Emilio empezó a trabajar en una remisería, con un DNI trucho a nombre de Juan Castañeta Quispe, mientras esperaba conseguir la “precaria”. “Jugaba al básquet en el polideportivo y le decían ‘Evo’, porque tenía la misma cara que el Evo Morales.”
La noche del 6 de diciembre de 2010, con la grave crisis habitacional –que aún persiste– en la Ciudad de Buenos Aires como marco, un puñado de familias se asentó en los terrenos del Parque Indoamericano, en Villa Soldati. Al día siguiente, la ocupación se hizo masiva. “Con 500 pesos entramos, Negra”, recuerda Eli que le dijo Emilio, entusiasmado. “El alquiler seguía subiendo y teníamos dos nenas que iban creciendo; no se podía vivir en un cuarto de cuatro por cuatro. Por eso me animé a ir al Indoamericano.”

La presencia policial anticipaba la tormenta y la sangre llegó al río el 7 de diciembre. Ese día, Bernardo Salgueiro, paraguayo de 22 años, y Rosemary Churapuña, boliviana de 28, fueron asesinados en los límites del Indoamericano, durante la salvaje represión para desalojar el parque, llevada adelante por la Policía Federal y la Policía Metropolitana. El pánico se expandió entonces entre las familias que ocupaban el predio, convertido en zona liberada para barrabravas y vecinos xenófobos. Cuando las aguas se aquietaron, la policía bloqueó los accesos al parque y se realizó un censo para evaluar las distintas situaciones habitacionales de @fotoI@13.800 personas a las que se prometieron viviendas a cambio de que abandonaran la toma. Pero la bomba de tiempo racista seguía activa en el sur de la ciudad. Estalló dos días después, y se cobró la vida de Emilio.

“Las autoridades ni vinieron a inspeccionar. Yo, armándome de valor, he mostrado la bala que mató a Emilio a los medios. Quiero que se hagan cargo de su muerte, no quiero que quede impune”, dice hoy Elizabeth, a tres años del asesinato de su marido. Hace casi dos años, Eli logró dejar la húmeda pieza en la villa y pudo mudarse a un pequeño departamento de los monoblocks de la Avenida Bonorino, a pasitos de la 1-11-14. Cuenta que debe trabajar harto para juntar los 700 pesos mensuales del crédito a 30 años que le dieron, luego de un acampe eterno frente al Instituto de la Vivienda. Ahora vende jugo de naranja y sándwiches de chola en la feria de Bonorino, y explica que tras varias marchas y promesas de distintos políticos, la causa sigue estancada. Busca testigos que puedan destrabarla.

En septiembre, nació Elías Nicolás. Eli cuenta que ha quedado medio débil por la cesárea, pero que su alegría es enorme cuando ve la sonrisa de su hijo. Está en pareja, con “un excelente hombre, mecánico y gran padre”, y hace un año comenzó a estudiar, terminó segundo y tercer grado de la primaria. Elizabeth ya sabe leer y escribir. “Yéndome a Bolivia estaría escapando; lo mejor, por el bien de mis hijas, es enfrentar la realidad que tengo acá, mirar para adelante.” En la cosmovisión del tiempo de los pueblos andinos, el pasado está siempre adelante, y es lógico, porque es lo único que siempre se ve. El pasado que mira Eli va cambiando y transformando los hilos de la historia que la alcanzará mañana. Por eso, como muchos de sus paisanos que viven hoy en la Argentina, elige seguir mirando para adelante, sin perder la memoria.

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