La historia de las playas de Bolivia que muchos bolivianos no conocen

Por Nicolás G. Recoaro – 14 de agosto de 2011

Bolivia es un país sin mar. O eso se cree. “¿Qué lugar ocupa el mar en el imaginario boliviano?” fue la pregunta que se hizo un cronista de Tiempo poco antes de viajar a Bolivia Mar, la playa del país andino-amazónico que muy pocos conocen.

Como todas las mañanas, Carlos espera paciente que la marea alta del Pacífico haga su trabajo y algunas despistadas corvinas queden atrapadas en las redes que tendió en la desolada costa de Bolivia Mar, las playas que Perú le cedió a Bolivia en 1992. Luego de la sangrienta Guerra del Pacífico, hace más de 130 años, Bolivia perdió su salida al mar y apenas cuenta con estas desoladas playas al sur del territorio peruano. Y la mayoría de los bolivianos ni siquiera las conocen.

Carlos tiene casi 50 años, nació en Ilo -el puerto ubicado en el departamento de Moquegua, a poco más de 15 kilómetros de Bolivia Mar- y desde hace algunos meses, después de haber vivido varios años en Buenos Aires, se gana el pan pescando. “Tenía mi casa en Boulogne Sur Mer y Tucumán, en pleno barrio de Once. Pasé muchos años trabajando en un taller mecánico en el Bajo Flores. Aquí me ve ahorita, pescando en el mar boliviano”, explica sonriendo el hombre, mientras degusta un jugoso sandwich de lomo salteado que su hermano Antonio le trajo como desayuno.

Un cartel caminero, un sendero que atraviesa una pampa arenosa, un monumento algo oxidado que deja ver el rostro de dos mujeres, un pequeño barranco, las playas vírgenes y la inmensidad del violento Pacífico. Bolivia Mar, el predio de 163 hectáreas y cinco kilómetros de litoral que el gobierno peruano cedió a su vecino andino, luce un abandono ejemplar. “Pocos son los bolivianos que vienen, amigo -cuenta Carlos, mientras recoge las redes en la playa-. Al boliviano se lo ve respetuoso frente al mar, pocos son los que se meten al agua. Y aquí, la costa es más para embarcadero, la correntada es muy fuerte y no es para bañarse. Si te metes al mar, en una de esas no vuelves.”

Cuatro o cinco cóndores que dormitan en lo alto del monumento son los guardianes de este pequeño trozo de costa que alguna vez fue imaginado como futuro polo industrial y turístico para la mediterránea Bolivia, el país que perdió su litoral marítimo a manos de Chile, en la llamada Guerra del Pacífico. Antes de emprender la vuelta hacia Ilo, cargado con una veintena de corvinas, Carlos advierte: “Yo veo difícil que Bolivia pueda recuperar una salida al mar por el lado de Chile, mi amigo. Más lo veo por nuestras costas, porque más pacíficos los peruanos somos.”

La foto ilustró las páginas de los diarios del planeta el año pasado. En las costas de Bolivia Mar, un grupo de cholitas bailaban descalzas en la arena agitando tricolores banderas bolivianas y multicolores wiphalas. Las mujeres formaban parte de la delegación que acompañó al presidente Evo Morales a la hora de relanzar el acuerdo firmado originalmente en 1992 por los entonces mandatarios Jaime Paz Zamora y Alberto Fujimori, por el cual Perú le otorgaba a Bolivia, por 99 años, facilidades para instalar una zona franca industrial, comercial y turística cerca del puerto de Ilo. Con el mar de fondo, y dando por superadas antiguas diferencias, el entonces presidente Alan García expresó: “Nos hemos reunido aquí, a orillas del mar y por última vez los dos presidentes de espaldas al mar, para decir al mundo integrado y fraterno, en la hermandad entre Bolivia y Perú, este también es un mar boliviano.”

Luego de los saludos protocolares, los intercambios de condecoraciones, el brindis de honor y los anuncios de futuras inversiones, el desarrollo de Bolivia Mar aún está en pañales. El cónsul boliviano en Ilo, Eduardo Iñíguez, es optimista y piensa que “para que todo este emprendimiento se haga realidad, tenemos que llamar a los empresarios bolivianos, pequeños, medianos y grandes, industriales, comerciales y del sector turismo, a que participen.” Las autoridades departamentales locales, encabezadas por el alcalde Jorge Mendoza, son bastantes pesimistas en cuanto al futuro del proyecto, sin embargo, y advierten que “el gobierno boliviano debe dejar de lado las palabras e iniciar acciones concretas para tomar decisiones y darle finalmente uso a la playa de Bolivia Mar.”

Desde las alturas paceñas, el escritor boliviano Roberto Cáceres cree que la actual coyuntura latinoamericana puede ayudar a Bolivia en su demanda marítima, pero no ve que se puedan dar grandes cambios para los próximos años. Con cierto humor, Cáceres opina que “una de las salidas posibles ya la expuso Jorge Luis Borges hace varios años: la Argentina y Gran Bretaña se tendrían que poner de acuerdo y adjudicar las Malvinas a Bolivia, para que nuestro pueblo pueda conseguir por fin una salida al mar.” Menos irónico, Ramiro Leaño Mamani, secretario de organización de la Central Obrera Boliviana, piensa que el camino emprendido por el gobierno de Morales es el correcto. “Lo último que muere con el hombre son las esperanzas -dice Leaño Mamani-. Y quien habla no deja de pensar que algún día los bolivianos recuperaremos nuestro mar.”

“El monumento de Bolivia Mar es una obra de agradecimiento. Creo que los bolivianos no somos agradecidos”, confiesa el pintor potosino Ricardo Pérez Alcalá, mientras juguetea con su rala y canosa barba en su taller de trabajo erigido en el barrio de Aranjuez, en la zona sur de La Paz. El acuarelista más prolífico de la historia boliviana, y autor de algunos de los edificios más emblemáticos del país andino, recuerda que la idea de construir un monumento en Bolivia Mar surgió por un deseo personal: “Hacía varios años que estaba viviendo en México y casi por casualidad unos amigos me comentaron de la inesperada noticia de que Perú nos cedía cinco kilómetros de costa y me emocionó mucho la idea. Entonces regresé a Bolivia -esa obra me hizo volver a mi país- y tuve una reunión con el entonces presidente Paz Zamora, donde le planteé que me ofrecía para construir una obra, con la cual los bolivianos le agradeceríamos al Perú su gesto. Me acuerdo que el presidente me miró y me dijo que en el país nadie había agradecido, que ni él había agradecido. Y entonces sólo me pregunto: ‘dónde y cuándo’.”

Pérez Alcalá todavía recuerda con nostalgia los frenéticos 15 días en su taller diseñando la estructura (los rostros de dos mujeres andinas: la mujer boliviana mirando el mar y la mujer peruana mirando la cordillera), aquellas maratónicas semanas soldando los 180 mil puntos que conforman la estructura, y la dedicación inquebrantable de los obreros que trabajaron día y noche bajo el abrasador sol del desierto y el manto frío de los vientos del Océano Pacífico. Con pudor, Pérez Alcalá dice que, como muchos bolivianos, siente al mar como un espacio distante. “Desde niño, y como potosino, lo concebía como algo harto lejano. También debo reconocer que le tengo mucho respeto al agua. El Pacífico es bastante frío, violento, y debo confesar que no nado demasiado bien. Además, no me gusta bañarme (risas).” Al recorrer las páginas de un álbum de fotos que resume su titánico trabajo en Bolivia Mar, Pérez Alcalá rezonga porque siente que su obra ha quedado relegada y abandonada. “Los gobiernos de Sánchez de Lozada, de Banzer, de Evo Morales, no hacen referencia al monumento. De alguna manera, a la mayoría de los bolivianos les importa un pepino Bolivia Mar. Debemos tener un complejo muy fuerte, porque no queremos hablar del tema. Yo lo pensé también como una obra para ayudar a recordar, para tener memoria. Pero le confieso que ahora lo siento más como un monumento al olvido.

LA GUERRA DE LA MIERDA. Durante el siglo XIX, el guano era el abono que salvada las cosechas agrícolas europeas. En el año 1860, Bolivia y Perú aceptaban (algo ruborizadas, las dos ex naciones del oro y la plata) que sus principales ingresos provenían de la mierda de los pelícanos que habitaban sus litorales. La historia cuenta que Bolivia fundó el puerto de Antofagasta en el año 1868, y que un par de años después el presidente Mariano Melgarejo le dio una concesión, tildada de fraudulenta, a la empresa británica Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta para explotar los yacimientos de guano, sin pagarle impuestos al país andino. Las crónicas de la época detallan que el descubrimiento de colosales reservas de guano en el litoral boliviano, sumadas a las reservas de salitre, transformó al olvidado desierto de Atacama en un oasis para los especuladores (el guano se vendía a 12 libras esterlinas de oro la tonelada en el puerto de Londres, y se calculaba que las costas bolivianas tenía un potencial exportable de 120 millones de libras). Pocos años después, con la caída de Melgarejo, el Congreso boliviano aprobó una ley impulsada por el general Hilarión Daza, nuevo mandamás del país andino, que imponía a la empresa británica el pago de 10 centavos por cada quintal de salitre y guano extraído, un impuesto supuestamente destinado a mejorar el alumbrado público de Antofagasta que en realidad apuntaba a reparar la largueza con la que se habían hecho las concesiones. Fue entonces que Anthony Gibbs, propietario de la compañía inglesa, aprovechó los contactos que lo ligaban al gobierno de Chile -los ministros de Guerra y Hacienda y el comandante del Ejército y de la Marina chilena eran accionistas de la firma guanera-salitrera- y logró que una mera disputa empresarial, sumado al aletargado expansionista territorial chileno, se convirtiera en una trifulca internacional entre estados.

Algunos años después, el 16 de febrero de 1879, unos 200 hombres de la armada chilena, embarcados en los modernos buques blindados Cochrane y Blanco Encalada y la corveta O’Higgins, ocuparon fácilmente Antofagasta ante la flaca resistencia que opusieron dos cañones Krupp y unos pocos soldaditos bolivianos. Durante marzo, reflotando un tratado de defensa, Bolivia y Perú declararon la guerra a Chile, y lo propio hizo Santiago el 5 de abril. Comenzaba así la Guerra del Pacífico, un sangriento conflicto que se extendió por más de cuatro años. Finalmente, el triunfo de las fuerzas chilenas en la Batalla de Huamachuco decretó la derrota de la alianza boliviano-peruana (con la pérdida total del litoral marítimo del primero y la invasión de su territorio en el caso del segundo). La guerra le había costado la vida a más de 30 mil bolivianos, chilenos y peruanos. Paradójicamente, las apetecidas reservas de guano y los salitres pasaron a manos de capitalistas británicos. God Save The Queen.

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