Los expedientes secretos después del 11/9

Por María Iribarren

En la décima temporada de The X-Files que acaba de estrenar FOX, Fox Mulder (David Duchovny) inicia el relato repasando los fundamentos que dieron lugar a la saga creada por Chris Carter: “Hay 10 mil avistamientos de ovnis todos los años, sólo en Norteamérica. Es así desde el comienzo de los tiempos, de la Edad de Piedra y de las referencias bíblicas a nuestra era moderna.”

Entre los “hitos” señalados por el narrador, es importante retener algunos incidentes legendarios que la prensa estadounidense promocionó hasta el hartazgo, desde la década de 1950. Por ejemplo, el “caso Roswell”.

Mulder concluye la presentación enumerando los interrogantes alrededor de los que giró la trama argumental del programa, los largometrajes, los videojuegos y, ahora, esta secuela: “Debemos preguntarnos: ¿de verdad son un engaño?, ¿estamos realmente solos?, ¿o nos están mintiendo?”.

Tras los títulos del primer capítulo, la narración pega un salto temporal no sin antes recordar el lema que formateó la intriga de The X-Files y sirvió para cosechar fieles alrededor del planeta: “La verdad está afuera”. ¿Qué significó antes y qué sentido cobra hoy ese enunciado?

Esta vez, los ex agentes del FBI (el ya aludido, Mulder, y Dana Scully, nuevamente interpretada por Gillian Anderson) volverán a reunirse —14 años y un hijo en común más tarde— con el propósito de legitimar o demostrar el disparate de una hipótesis acomodada a los tiempos que corren: los atentados a las Torres Gemelas en 2001 (“Una operación engañosa, que fue la preparación para la tercera guerra mundial”), habrían sido la escalada final del plan alienígena que comenzó a ejecutarse en 1947, cuando una nave proveniente del “afuera” se incrustó en el desierto de Nuevo México.
Al respecto, a poco de comenzar las grabaciones de la décima temporada que tendrá apenas seis episodios, Carter declaró: “The X-Files terminó justo después del 9/11. Mucho ha pasado desde entonces. Hemos tenido una reducción de nuestros derechos y libertades en nombre de la seguridad. Estamos siendo espiados ahora. Nos mienten y eso me recuerda al Watergate. Creo que estamos en tiempos bastante similares pero mucho más nefastos”.

Hay que señalar que la “idea” del secreto gubernamental, del engaño al ciudadano, de la alteridad planteada en la dimensión del poder político y en la de la diferencia cultural, fue el principio constructivo del relato desde la primera temporada. Entonces, dándole preponderancia al tópico alienígena en el marco de la Guerra Fría. Hoy, enfrentando a los detectives a un desafío mayor:
“Las mentiras son tan grandes, señor Mulder, que la verdad debe ser irrefutable… Roswell fue sólo una pantalla de humo”.

En este aspecto, la secuela de The X-Files se propone, también, como relectura de la serie en su totalidad, al poner en duda su propio pasado argumental: desde las investigaciones llevadas a cabo, hasta el rol jugado por los personajes, incluidos “el Fumador” y “Garganta profunda”, presentes en esta versión. “Se trata de controlar el pasado para controlar el futuro. De una ficción, pretendiendo ser verdad…”, sostiene Mulder opacando la transparencia de un relato de por sí opaco que, sistemáticamente, borra los límites entre el artificio y su referencia con el mundo real.

No son casuales ni caprichosas, por lo tanto, las menciones a JFK y Edward Snowden (ex empleado de la CIA que, en 2013, divulgó documentos clasificados) a quien Fox Mulder se parece bastante.

De hecho, su disyuntiva ya no es creer o no creer en la existencia extraterrestre, sino poder demostrar que los “expedientes secretos” fueron una cortina de humo: “Tu gobierno miente como rutina, como política”.

The X-Files debutó el mismo año que Bill Clinton entró al Salón Oval de la Casa Blanca. En 1993, también se estrenaron Beavis and Butt-head (MTV), The Nanny y The Late Show with David Letterman (por CBS), Frasier y Late Night with Conan O’Brien (por NBC). Los dos títulos de ficción y el dibujo animado ensayaban la crítica social según diferentes miradas, filtradas por el humor: los jóvenes, la clase trabajadora, los medios de comunicación. En cambio, los magazines nocturnos liderados por Letterman y O’Brien, mantuvieron el estilo periodístico mordaz, anclado en “grandes” entrevistas (resueltas con buenas dosis de humor, cuando no de sensacionalismo) para auscultar la cultura norteamericana a través de sus protagonistas. Por su parte, The X-Files lo hizo interpelando la política pública estadounidense y el rol jugado por los medios de comunicación como instrumentos de control ciudadano.

Históricamente, los “incidentes paranormales” tuvieron crédito preaprobado en la TV. Entre otros motivos, porque se trata de acertijos que reditúan altos niveles de audiencia, en particular, cuando las historias se construyen a partir de la hibridación de géneros. Desde La dimensión desconocida hasta esta ¿última? versión de The X-Files, las ficciones en torno a lo paranormal se sirvieron de la contaminación de géneros (el policial, la ciencia ficción, el ciberpunk, el drama metafísico y/o el suspenso en crudo) para desenvolver fábulas en clave distópica y, al mismo tiempo, actualizar enigmas cosmológicos, psicofísicos y extrasensoriales.

Sin embargo, los casi 70 años transcurridos desde el estreno de la serie de Rodman Serling, no pasaron en vano. Ya mencionamos la variación del escenario político. Hay que agregar la reducción del campo de “lo inexplicable” y de “lo imposible” en el terreno de la experimentación científica. Por último, habría que tomar en cuenta que la televisación de los atentados del 11/9 alteró la tolerancia de lo que cualquier ojo humano es capaz de mirar y entender como “realidad”.

En este sentido, el lema de The X-Files está más vigente que nunca, apunta al fuera de campo y al espectador. Si la hay, en efecto, “la verdad está afuera”.

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