Juanita, para siempre en Plaza de Mayo

Por Demetrio Iramain

El pasado viernes las Madres de Plaza de Mayo comunicaron al mundo la muerte de una de sus primeras, más activas y emblemáticas integrantes, Juana de Pargament. “Acabamos de recibir la noticia del fallecimiento de Juanita, nuestra compañera –la despidió Hebe de Bonafini, presidenta de la organización–. Ella, con sus 101 años a cuestas, luchó, marchó y fue a la Plaza hasta el último día. Como decimos siempre las Madres, “ella no se fue, se cambió de casa, y a pesar de que sus cenizas no serán llevadas a la Plaza, allí estará todos los jueves”.

Juanita había cumplido 101 años en julio último. Menuda como era, los años la volvieron aún más diminuta y convencida de su lucha. Su última marcha en Plaza de Mayo fue el jueves 14 de enero, días antes de ser internada. Les hizo frente a la prepotencia, la persecución ideológica y los DNU de Mauricio Macri durante poco más de un mes. Su vitalidad a pesar de la increíble edad y su entrega militante hacían poner colorado a más de uno.

La lucha y la militancia por el pueblo tienen muchos sinsabores. Muchísimos. Momentos maravillosos y de los otros. Esos otros momentos son especialmente difíciles a veces. Algunos de ellos los está sufriendo el pueblo en este mismo instante. Tanto es así, que el mismo día en que Juanita entró a la sombra para siempre, Pedraza salió de la cárcel para ir “preso” a su mansión de Puerto Madero, y un juez federal citó a Cristina a declaración indagatoria. Evidentemente, este pueblo es invencible. Hasta la muerte y el odio de clase de sus enemigos lo defienden y le dan la razón.

Juanita fue una Madre clave, especialmente en la primera etapa organizativa del movimiento Madres de Plaza de Mayo. Como Azucena Villaflor, María Ponce y Esther Ballestrino (las tres Madres desaparecidas), y luego Hebe, Juanita de entrada tuvo claro el valor definitorio de encarar colectivamente la lucha, y superar la tentación del reclamo individual, en apariencia más eficaz y menos desgastante.
“Venía la gente de Montevideo y me decían, ‘¿qué le pasó? ¿Se llevaron a su hijo?’. ‘Sí, ¿ves estas mujeres que están sentadas? Les ha pasado lo mío, así que ahora me tengo que ocupar con ellas. Estamos conversando y programando cómo vamos a encontrar a los hijos’, que era la obsesión del momento”, recordó en un tramo de la entrevista que Hebe de Bonafini le realizó para el número 3 de la revista ¡Ni un paso atrás!, que acompañó una vez al mes las ediciones de este diario hasta enero último.
Su función particular en Madres fue el manejo de los fondos de la organización. En aquella entrevista, Hebe contó cómo se hizo tesorera Juanita. “Estábamos por hacer la primera solicitada frente a una Iglesia, entonces Azucena dice ‘bueno, hay que juntar la plata’. Entonces yo abrí la cartera y saqué una bolsita, y Juanita dice ‘dame que yo junto’. Y desde ahí, en diciembre de 1977, ella fue la tesorera para siempre”.

Juanita siempre estuvo al lado de Hebe, también cuando se produjo una fractura en el seno de la organización, en 1986. Fue una activa portavoz de los posicionamientos más combativos de las Madres. “Juanita fue quien primero puso su casa en Buenos Aires para hacer las reuniones porque no había dónde reunirse. Poner la casa no era nada fácil”, destacó Hebe en aquel reportaje, que era la encargada de ponerla en La Plata. El coraje y la solidaridad para con sus compañeras las distinguían del resto.

LOS COMPAÑEROS

Cierto día, hace varios años, escuché en un acto a Juanita contar lo que una vez le había dicho su hijo que falta: “Mamá –le explicó Alberto–, ¿cómo me voy a ir del país? Yo no tengo nada de qué arrepentirme, además tengo unos compañeros…, no sabés lo maravillosos que son mis compañeros”.

Ese día fue trascendental para muchos de nosotros, porque comprobamos que eso que intuíamos era verdad y además, que estaba bien creerlo: los compañeros son la primera impresión de la revolución, el primer acercamiento. Si soñamos y creemos posible una revolución que dé vuelta absolutamente toda la realidad, es porque existen los compañeros cercanos y los más anónimos, las manos rebeldes que no conocemos y escriben en las paredes de la ciudad, quizás sin ninguna sigla debajo, “viva el pueblo”.

La teoría tiene razón en la práctica; el amor, en la rabia, y la revolución… la revolución tiene razón en los compañeros. Primero en los compañeros y después, mucho después, en los libros de historia.

Porque, ¿cómo hacen los profesores que escriben los libros de historia para dar cuenta de todo este misterio, del misterio de los compañeros, de sus fuegos de barro y de fuego encendidos bajo las alcantarillas muchas veces húmedas, resbaladizas, del capitalismo?

¿Qué filosofía puede explicar hasta el detalle el estremecimiento que provocaba en los militantes más jóvenes, verla a Juanita llegar todos los días a la Casa de las Madres? ¿La poesía podrá, acaso? ¿Una canción? ¿Por qué Juanita se quedaba siempre hasta última hora y cuando Hebe le preguntaba si podía concurrir a tal o cual actividad, no respondía por “sí” o por “no” sino “a qué hora”?

La entrega de Juanita enseña que no hay que creer en la revolución sólo porque el estudio de la dinámica de la historia así lo sugiera. Evidentemente, no es suficiente militar por la sociedad sin explotadores ni explotados sostenidos en la seguridad científica de la resolución a favor de los trabajadores de la lucha de clases. Después de Juanita, de Hebe, de las Madres, nadie lucha en este país por el hombre y la mujer nuevos sólo por convencimiento lógico, sino por ejemplos tan definitorios como el de estas mujeres, tan necesarios, tan vitales.

Juanita y las Madres enseñaron a amar la revolución, pero no con solemnidad y distancia de bronce, sino a través del amor entre nosotros, amor de compañeros. Con rabia y dolor, a veces, y alegría y esperanza siempre, en permanente estado de “exaltación lírica”. Ojalá haya aprendido bien la lección.

Y sin embargo, Juanita no fue ella sola. Una Madre, todas las Madres. Su vida pública fue sin dudas el resultado de una construcción colectiva. Única. Singular. Histórica. Y por todo eso irrepetible, lo cual no implica que no deje descendencia, o huella, sino todo lo contrario.

La última pregunta de Hebe en aquel reportaje, a modo de cierre, fue qué significaba para ella la Plaza de Mayo. Juanita respondió: “La Plaza es compromiso. Y es tal el compromiso, que no importa el vehículo, pero los pies siguen para allá cuando tenemos que estar en la Plaza. Es algo que, quizás, no sé ponerle nombre a ese sentimiento. Pero es una necesidad porque yo digo que, calladamente, silenciosamente, es el mejor reclamo que podemos mantener fuerte y firme durante tantos años. Es un reclamo, pero que tiene un contenido, todo el sentimiento y el dolor lo lleva en sí”.

Pasarán los siglos, y la memoria de Juanita seguirá allí, soplando invicta en el viento que aún barrerá las baldosas rojas de la Plaza de Mayo.

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