La ilusión de la seguridad en el espíritu público del ideario macrista

Por Juan Alonso

Sartre decía que el verdadero desafío del hombre no es el complejo de Edipo –como afirma la tesis de Freud- sino que el límite del sentido de la vida aparece cuando el hombre se cruza con el riesgo de perder su libertad, la adversidad, y la muerte. Así las cosas, la idea central del macrismo sobre el concepto de seguridad denota fragilidad desde su génesis. La gente no se siente más segura rodeada de policías y de armas. Porque la seguridad, digamos, tiene un resorte fundamental y está ligada con la igualdad social. Una sociedad justa genera menos delitos contra la propiedad. Y por encima del valor de los bienes personales está la vida humana. Algo que el hombre pone en riesgo por los artificios de su voluntad desde el comienzo de los tiempos.

Desde el instante en que nacemos abandonamos el confort y la seguridad del vientre materno por la porosidad de un mundo adverso que nos aleja para siempre del cordón umbilical, del alimento garantizado, de la anhelada seguridad, del latido del corazón materno, y nos lleva a una realidad aparente como un viaje oscuro por una carretera perdida. Nos pasamos una vida buscando (ese vientre) y rodamos entre el deseo y la angustia con artificios de presunta felicidad.

Lo que pone en escena el concepto de realidad y seguridad que pondera el macrismo está basado en el éxito económico del hombre como sujeto. Por eso, este nuevo régimen imperante necesita del control social de las emociones. Vamos camino a ser una población reglamentada por el orden del status quo, llevados de la mano por el poder de construcción simbólica de los grandes medios de comunicación. En esta caso, el Grupo Clarín, con sus canales de televisión dominantes, y el resto del flamante conglomerado de medios oficialistas. Todos los medios son militantes de Macri y de su causa inexplicable. Se trata de los mismos socios de Videla y Massera. Durante la dictadura se apropiaron de Papel Prensa y legitimaron con el silencio la ejecución de un genocidio. Hoy, son los edificadores del espíritu público y el humor social con dosis de marketing y edulcorantes puestos en imágenes. Pero la palabra es un arma: una bala de plata.

Para llevar al éxito su destierro del otro (el kirchnerismo y todo lo que implicó e implica) necesitan demonizarlo cada día, todos los días, martillar con la tan mentada seguridad, la presunta corrupción K -la letra más usada en los teclados del periodismo independiente en 12 años – y la idea de que hay una solución mágica para casi todos los males basada en el discurso de “la alegría”.

Ahora bien, ¿cómo la construyen? Con gendarmes reprimiendo a los operarios despedidos de Cresta Roja, con policías armados enfrentando en Tribunales a familiares de chicos muertos a balazos en Villa Lugano, con postas de goma y plomo contra los niños y niñas de una murga barrial, con la supresión sistemática de los derechos de la clase trabajadora, con la implementación de más de 25 mil despidos en el Estado, con el descarte de la política de Memoria, Verdad y Justicia, con la visita al Papa Francisco en tono negro falsete en Roma y cara de “yo no fui”, con la prisión de Milagro Sala y la persecución de la protesta social en Jujuy, con la amenaza contra las Madres de Plaza de Mayo y el señalamiento a Hebe de Bonafini. Es decir: este gobierno vino a implementar un cambio de matriz cultural que refleja la derechización de la Argentina. Son los que llaman “proceso” a la dictadura. Creen que este grupo de trabajadores que está realizando un diario a pesar de no percibir salarios y aguinaldos hace tres meses, no merece la mediación del Estado. ¿Por qué? Porque aquí, dicen, hay 200 familias de la peor “lacra K”; si hasta nos han denostado con la calificación de “ñoquis” y el propio supuesto nuevo dueño del diario, Juan Mariano Martínez Rojas, de procedencia presumiblemente correntina, ha dicho que este colectivo de trabajadores de prensa se parece “al Ministerio de Acción Social”. Entonces, los mellizos que engendró el lobista de Israel, Sergio Szpolski ya son legión en esta zona franca. Rige la impunidad entre los protagonistas de la saga del helicóptero huyendo por los techos de la Casa Rosada. Las familias de 39 argentinos asesinados a balazos por la Policía Federal todavía reclaman justicia. Para ser un grupo de expertos psicópatas, se comportan como psicóticos que niegan la realidad. El asunto es que aquí el problema persiste.

Como se ve, así se produce la construcción simbólica del enemigo a destruir. Tiempo Argentino es el hecho maldito del periodismo gráfico. Se imprimió y se vendió en los kioscos durante seis años, no como Crítica que dirigió Jorge Lanata, el periodista que dejó cientos de despedidos que empleó este medio desde 2010 con la dirección de Roberto Caballero y Gustavo Cirelli.

Desde estas páginas no sólo se investigó la causa Papel Prensa. También se denunció la violencia institucional y la administración y regulación del delito en manos de las fuerzas policiales. Porque la Policía se gobierna así misma desde 1983 y ese el principal problema de seguridad que tiene este país. Mientras la democracia no logre dominar a esa corporación de hombres de azul, la seguridad pública será una entelequia como la noción primaria del Bien y el Mal.

Esta gestión macrista de la seguridad debutó con la fuga escandalosa de los condenados a prisión perpetua por el Triple Crimen de General Rodríguez. El hecho produjo horas y horas de un sainete paupérrimo que difundió la televisión. Que los hermanos Lanatta (con dos T) estaban en Florencio Varela, que se habían escapado a Santa Fe, que habían herido a dos policías, que robaron la camioneta de una suegra hilarante, que eran como Butch Cassidy y Sundance Kid en los desiertos de la Patagonia. La complicidad penitenciaria y policial fue tan evidente como la fragilidad de la trama. Pasó. ¿Todo en verdad pasó?

Lo que queda es esta sensación de vacío que rodea lo aparente. La montaña de desocupados que refleja una sala repleta del segundo piso del Anexo del Congreso: más de 70 conflictos gremiales expuestos en cuatro horas de desasosiego absoluto. La precarización del oficio periodístico como en los ’90. La persecución del otro porque es peronista, porque es K, porque es distinto. Pareciera que campea un Dios devorador como en el tema de Pappo. La pantalla roja. La solidaridad de un colectivo de trabajadores. Una lucha que a esta altura es una construcción amorosa entre colegas y amigos entrañables. Del festival de La Matanza a Lugano y de las 20 mil personas de Parque Centenario a las 50 mil de Saavedra. La bandera de Tiempo siempre ahí como estandarte de lo posible. Del pedido de solidaridad en la milonga del Abasto al abrazo de los lectores. Beatriz, Julio y Andrea. Una amiga canillita. El afiche de “No al vaciamiento del Grupo 23”. Los brazos enlazados en esta noche de cierre alejan el miedo. La esencia del hombre se refleja cuando está en juego la libertad y el destino.

Y eso tiene poco que ver con “la seguridad”.

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