El kirchnerismo como hecho maldito del país neoliberal

Por Hernán Brienza

En estos poco menos de tres meses, los poderes históricamente establecidos en la Argentina –los grupos económicos, los principales medios de comunicación, dirigentes políticos- han celebrado la decisión del macrismo de llevar adelante un segundo proceso de reorganización nacional. Más allá de las obvias diferencias con las etapas de 1852-1862 y 1976-1983, los anteriores procesos tenían una característica particular semejante con el de hoy: deseaban estructurar un país determinado, erradicando aquel elemento disfuncional respecto de los intereses de los grupos victoriosos en materia político-militar. El rosismo fue el hecho maldito del país agro-exportador, el peronismo fue el hecho maldito del país burgués –como diría John William Cooke-  el kirchnerismo, ahora, es el hecho maldito del país neoliberal.

Qué quiere significar ser un “hecho maldito”. Significa, obviamente, ser lo maldecido; pero también significa ser aquello que si bien no puede quebrar la hegemonía del país en el cual está inserto y lo combate, irrumpe modificando lógicas y matrices de relaciones de producción económicas, políticas y culturales al interior de esos esquemas.

Vayamos por partes…

El rosismo, contrariamente a lo que muchos creen, no fue contradictorio con el modelo de acumulación del modelo agro-exportador  inmediatamente posterior a su caída. En muchas cuestiones, incluso, fue su precursor. Sin embargo, las formas en que Juan Manuel de Rosa articulaba las representaciones políticas y sociales, las alianzas con los sectores populares, con las provincias –más allá de su centralismo porteño- su americanismo, el desafío a las potencias extranjeras como Gran Bretaña, Francia y Brasil, las maneras en que dialogaba imperativamente con los sectores “decentes” de la sociedad del siglo XIX, lo convertían en la dislocación del orden dominante liberal conservador emplazado por los unitarios. El federalismo rosista debía desaparecer de la historia. Y a eso se dedicaron, después de Caseros, los vencedores de esa batalla. Al proceso que llevaron adelante, primero el ambivalente Justo José de Urquiza y luego el inefable Bartolomé Mitre, se lo conoció, no sin cierta presunción desmesurada, como la Organización Nacional.

Con el peronismo intentaron hacer lo mismo, primero la Revolución Libertadora y luego la Dictadura Militar iniciada en 1976. Borrar del mapa aquello que hacía inmanejable el camino de la industrialización en la Argentina. Inmanejable, por la sencilla razón que el poder otorgado a los sectores del trabajo plebeyizaba las formas de producción del capitalismo industrial. Reorganizar el país, para los jerarcas de la dictadura no era otra cosa que llevar al país a un estadío anterior al de la emergencia y aparición del Peronismo. El peronismo, como el rosismo, no rompe la lógica del juego, pero las trastoca, las interviene, la redistribuye, las subleva y las pone en riesgo para los sectores dominantes tradicionales.
Lo mismo ocurrió con el kirchnerismo entre el 2008 y el 2015. No pudo quebrar la hegemonía del neoliberalismo en la Argentina instalado fuertemente en la década del noventa, pero sí poner en discusión las formas de intervención del Estado, la redistribución del ingreso, los roles en la toma de grandes decisiones en materia política y económica. Incluso con los cambios de “amigos” puso en cuestionamiento al “capitalismo de amigos” existente en el país aún hoy. El macrismo, como el propio Marcos Peña lo dijo, es un nuevo proceso de Organización Nacional. La frase está perfectamente utilizada por el Jefe de Gabinete, porque no dialoga sólo con la dictadura militar, en términos de dictadura o tiranía, sino fundamentalmente en la reconstrucción de los poderes reales en el mapa de dominio histórico.

Es por esa razón que Cristina Fernández de Kirchner debe ser deslegitimada en Tribunales, por la misma razón que se invita a cierto sector del Justicialismo a abjurar de su pasado reciente convidándolo a retomar a la racionalidad pragmática –Sergio Massa, por ejemplo, como principal “Opositor de Su Majestad”-, o a los dirigentes sindicales a que entren en “razones” en las paritarias. Por esa misma razón se convida a los periodistas del “Régimen Depuesto” a “arrepentirse,  a que no pierdan, a indefinirse, y a tanta mierda”. Porque el kirchnerismo, como hecho maldito del país neoliberal es que tienen que desparecer los comunicadores que desafiaron a los poderes reales. En la Argentina de hoy hay espacio para todos aquellos que hagan un Auto de Fe, y como en la Inquisición renuncien a la patología contraída durante la peste kirchnerista.

Un último párrafo merece la comunicación. Hoy, los periodistas militantes, ultrarecontrak´s, oficialistas, están casi todos sin trabajo. Hoy los periodistas opositores al kirchnerismo se compran departamentos en Miami por millones de dólares y/o reciben millonarias pautas publicitarias para hacer propaganda macrista. Pero eso no es visualizado por la sociedad: lo maldito es desafiar lo establecido.

El cierre de Tiempo Argentino es, sin dudas, parte de este proceso, más allá de las barrabasadas, las miserias, y los defalcos de los propios sectores políticos y empresariales del propio espacio kirchnerista. Tiempo Argentino tiene que desaparecer: fue el único diario que investigó de qué manera Héctor Magnetto y el Grupo Clarín se apropiaron de Papel Prensa. Los demás, todos los demás, miraron para otro lado. Tiempo Argentino tiene que desaparecer: fue el hecho maldito de la Argentina que, como dijo alguna vez Elisa Carrió, son Clarín y La Nación.

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