Transformar las evidencias de la muerte en líneas, formas y colores

Por Ivana Romero – 12 de marzo de 2014

La convocatoria fue del Equipo Argentino de Antropología Forense y estuvo coordinada por el proyecto de muralismo Paredes de la Esperanza, que se inició en El Salvador y que hoy trabaja en todo el mundo.

Alguien consideró que el mural debía tener piezas de rompecabezas porque recuperar los restos de una persona amada era eso, componer una forma que nunca iba a estar completa, donde muchos interrogantes se cierran aunque otros sigan abiertos. Alguien respondió, dijo que sí. Las cadenas de mails siguieron. Así se decidió que también habría abrazos, memoria, silencios tenues, que ya encontrarían el modo de dibujar eso que entre todos empezaban a decir. El diálogo continuó cuando se encontraron en las oficinas del Equipo Argentino de Antropología Forense primero y en el edificio donde funcionará el Banco de Sangre de Familiares, ubicado en la ex ESMA, después. Allí, entre el viernes y el domingo, un grupo de 30 familias se reunió para pintar un mural. Se trata de la primera actividad de estas características convocada por el Equipo. “Lo que tenemos en común es que nuestros seres queridos fueron restituidos”, explica Manuel Massolo, de 37 años. Su madre, María Eugenia Sanllorenti, fue secuestrada el 1 de diciembre de 1976 en La Plata.

La idea tomó forma a finales del año pasado, tras algunas charlas que tuvieron las hermanas Patricia y Claudia Bernardi. Patricia es una de las integrantes fundadoras del Equipo. Claudia es artista plástica y da clases en el California College of the Arts. Vive una parte del año en Estados Unidos y otra en El Salvador o donde el proyecto de muralismo Paredes de la esperanza la lleve. En ese país azotado por la guerra –y más específicamente, en una zona donde fueron asesinadas comunidades campesinas enteras– ella ayudó a la apertura de la Escuela de Arte de Perquín. Actualmente, uno de los trabajos de la Escuela consiste en la realización de proyectos de arte propuestos y llevados adelante por la comunidad que los crea. Pero no se trata de comunidades azarosas sino de grupos cuyo rasgo común es que han sido (o están siendo) víctimas de enormes violaciones a los Derechos Humanos. Paredes de la esperanza viajó por lugares tan disímiles como México, Colombia o Suiza. Esta experiencia se realiza por primera vez en nuestro país.

El Equipo argentino, junto al de Guatemala y Perú, integran la Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas Desaparecidas. Ese es el nombre que se lee a la entrada de una obra en construcción, que se levanta en el predio que actualmente ocupa el Espacio Memoria y Derechos Humanos. En ese espacio recuperado por el Estado –donde funcionó uno de los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio más emblemáticos durante la última dictadura– se abrirá el nuevo edificio del Banco de Sangre. Es una iniciativa del Equipo que, a través análisis genéticos, permite agilizar la identificación de víctimas de desaparición forzada entre 1974 y 1983. La tarea del Banco se realiza en coordinación con la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y el Ministerio de Salud. Cuando las obras finalicen, el mural estará abierto en la ex Esma para todo público.
Es domingo por la tarde. Gente de todas las edades entra y sale, charla, pinta distintas zonas de la pared. El proceso comenzó el viernes. Ese día, cada quien empezó a bocetar aquellas imágenes que consideraba fundamentales. Luego las agruparon, decidieron qué historia querían contar y pusieron manos a la obra a lo largo de tres paredes que suman 12 metros de largo. Claudia, en su rol de facilitadora, se encarga de coordinar las tareas pero no interviene en la construcción material del mural, obra entera de niños, jóvenes y adultos que en muchos casos dibujan y pintan de este modo por primera vez.
Están los que pintan y los que se ocupan de otras tareas. Por ejemplo, dos jóvenes integrantes del Equipo –Nuri Quinteiros, de 25 años, y Carlos Rojas Surraco, de 31– se ubican en unas amplias mesas laterales forradas en papel. Ellos son los encargados de sacar el acrílico de los potes y entregarlos en platitos blancos para que las tintas “no se contaminen” según grafica Nuri.

Patricia da una mano en estas tareas y en todas las que sean necesarias. Mientras tanto, cuenta que tras presentar el proyecto inicial a sus compañeros y que el Equipo estuviera de acuerdo, comenzó la convocatoria. “Algunos de los familiares lo dijeron claramente por mail: que había una necesidad de volver a encontrarnos tras el gran contacto que habíamos tenido durante el proceso de restitución. Otros consideraban que este mural era una forma de acceder entre todos a esas preguntas que surgen en un proceso como este. Otros querían saber cómo había sido el proceso de distintos familiares, qué cosas se repetían y cuáles no.”
Ana Feldman es hermana de Laura, secuestrada el 18 de febrero de 1978, meses antes de cumplir 19 años. “Para mí la restitución significa cerrar una historia porque no hay nada más doloroso que no saber. Con ese cierre, yo pude establecer la fecha de secuestro de Laura, cuánto tiempo estuvo viva y cuándo la mataron.” Para ella, este encuentro entre familiares era necesario. “Con algunos nos encontramos en otras oportunidades; por ejemplo, en el juicio de El Vesubio, donde estuvo secuestrada Laura. Pero no es que nos vemos ni somos un círculo de amigos.”

Manuel acuerda con eso. Y cuenta que la restitución de los restos de su madre “abrió puertas que me ayudan a reconstruir su identidad porque la secuestraron cuando yo tenía 15 días de vida”. “Nosotros, los hijos, no tenemos recuerdos propios. Armamos las piezas del rompecabezas en función de lo que nos cuentan quienes conocieron a nuestros padres. De algún modo, ellos son nuestra memoria”, dice. Cuenta también que el encuentro con esos “huesitos” (como denominan él y otros los restos recuperados) fue el inicio de una suerte de “duelo atemporal”. “Yo sentí que mi mamá murió cuando pude sepultarla, no antes”, afirma.

Sentada sobre un andamio, Paula Bombara pinta estrellas sobre la zona que los integrantes del mural denominaron “El Rayazo”. Esta escritora es hija de Daniel, secuestrado a finales de 1975 y asesinado en enero de 1976: “Cuando te dicen que encontraron los restos es como un rayo que cae. Bah, más que un rayo, un rayazo. Todo se altera y al fin seguimos siendo, pero somos otros”, explica.
Cerca de las cinco de la tarde, los familiares dejan los pinceles, corren el andamio, ven la obra concluida. Alicia Delfino (hermana de Eduardo, asesinado en 1975 en Monte Chingolo) y Stella Azar (hermana de Camila, secuestrada el 20 de diciembre de 1976), hablan de la primera parte, donde se ve un árbol de tronco anaranjado y hojas verdes. También hay pequeñas siluetas. “Estos son ellos, que militaban, amaban, se divertían. Esta es la vida anterior al Terrorismo de Estado”, cuentan las mujeres.

El mural –que por arriba tiene una guarda que simula ser una cadena de ADN– continúa con dibujos de banderas en alto (“el momento de la militancia”, explican los familiares) y luego un laberinto, vinculado a la búsqueda infructuosa de las personas desaparecidas. “Acá está la lucha de las Madres de Plaza de Mayo como iniciadoras de la búsqueda de verdad y justicia”, explica alguien y señala otra zona de pañuelos blancos. Luego vienen las piezas del rompecabezas, algunas que tienen imágenes y otras en blanco. Y tras “El Rayazo” aparece uno de los momentos más emotivos, donde fueron dibujadas un grupo de personas rodeando amorosamente unos huesos con forma humana. Los familiares denominaron esa zona “El Abrazo”. “Sabemos que la imagen es fuerte pero necesitábamos contar el momento en que pudimos tomar contacto con nuestros queridos huesitos”, dicen. Después, una huella dactilar y una balanza como sinónimo de la justicia obtenida en los juicios que a lo largo del país se vienen realizando para juzgar los crímenes cometidos por los militares. Y al final, otro árbol, el de la vida. «

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