La inflación va por dentro

Primero aumentó la carne, pero no me importó porque tenía unos pedazos de asado en el freezer y muchos fideos en la alacena.

Después subió la lechuga, la espinaca, la acelga, la calabaza, la papa y la batata, la zanahoria, la rúcula y la albahaca, pero no me importó porque para mí son acompañamientos, una mera guarnición.

Después subieron las frutas, pero tampoco me preocupé demasiado porque la fruta no es postre, y todavía podía comprarme un cuartito de helado.

A los pocos días fui a la rotisería y descubrí que también subió la milanesa con fritas a caballo, pero realmente no me importó, quizá porque no era de pedir delivery, y cuando lo pido es al chino de a la vuelta, una bicoca para toda la familia.

Un día abrí el diario y me enteré de que subió la electricidad. No voy a decir que no me importó, pero sí pude sobrellevarlo con dignidad: adiós al hornito eléctrico, el aire acondicionado sólo unas horas para dormir con frescura ambiental y la tele para ver los partidos del domingo, nada de copas ni fechas entre semana.

Con el paso del tiempo mi compañera quiso ir a la peluquería, pero se volvió porque también había aumentado, mucho, el corte, el lavado, el teñido, los reflejos, las puntas, las raíces, hasta la hidrocauterización, que no sé qué significa pero parece que existe. ¿Si me preocupé? Para nada, si apenas tengo algo de pelo y la calvicie a las chicas (y a los chicos) les encanta. Me queda la barba.

Llegó, luego, la factura del celular, y también había aumentado, pero ni de casualidad me importó porque casi siempre lo uso con wi fi, no gasto un centavo de más y además tengo el plan más económico de la galaxia.

Fue entonces cuando apareció por debajo de mi puerta un aviso de la obra social advirtiendo que desde el mes próximo el aumento será del 9%, como si no hubiera aumentado nada en la vida. Me importó mucho, pero qué va: hay que mantener la salud, estar prevenido por cualquier cosa; los azares no se llevan del todo bien con la salud así que hay que pagar, o someterse a los designios de la salud pública deteriorada por el olvido estatal.

El anuncio de las últimas fue rimbombante: sube el mínimo no imponible de Ganancias. Gracias, gracias, al fin se termina el impuesto al salario. Me importó porque lo pagaba, aunque después me enteré de que lo voy a seguir pagando, tal vez un poco menos, y encima muchos de mis amigos, que no pagaban, van a empezar a pagar porque ahora sumaron al combo Ganancias a miles de empleados de medio pelo y hasta a cien mil jubilados. Y si los jubilados pagan, ¿cómo no vamos a pagar nosotros?
Los aumentos en la tarifa del taxi me pasaron por el costado, ya que yo no tomo taxis, ni tren, ni avión. Sí viajo en auto, así que un poquito me preocupé porque la nafta también subió, pero de alguna manera hay que trasladarse y la bici en la ciudad me da un poco de miedo por los taxis, los bondis, los autos, hasta los aviones.

En estos últimos meses aumentó también el cable, el dulce de leche que compro religiosamente cada quince días, el kilo de milanesas, el chori, el pan, la soda, los útiles escolares, azúcar y harina, el naranjú y hasta el cigarrillo, pero de alguna manera lo pasé todo de largo porque no tengo hijos ni estoy en edad escolar, en estos años engordé bastante y dejé de fumar, así que me vendrá bien dejar de consumir alimentos para adelgazar un poco.

Leo por ahí que también subió el dólar, pero imaginate, hermano, si me voy a preocupar por eso si ya ni sueños tengo de ahorrar, y mucho menos de viajar al exterior.

El problema mayor que nos aqueja es que sigue creciendo la deuda de la empresa con nosotros, los trabajadores de Tiempo, que en pocos días llegará a tres meses de sueldo y el medio aguinaldo de diciembre, un cuarto de año entero sin cobrar los salarios, salarios que no existen en nuestras cuentas bancarias, en nuestros bolsillos, y que provoca que no exista aumento alguno, descuento de ganancias, que pueda modificar la balanza: para que la plata no alcance tiene que haber plata.

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