Leandro Renou

Antes de desembarcar en Tiempo trabajé para varios diarios nacionales (El Cronista Comercial, Buenos Aires Económico (BAE) y Página/12) y dos o tres del exterior. A decir verdad, en todos ellos lo hice con absoluta libertad. Lo mismo ocurrió en Tiempo Argentino, claro. Pero este diario tuvo y tiene algunas particularidades interesantes: un grupo de interacción entre secciones aceitado, esquema de colaboración entre colegas, y poco retaceo de fuentes y de información. Además hay, por lo menos, una decena de los más destacados periodistas de la gráfica actual, con reconocimiento incluso de colegas de otros medios. Tipos tenaces, buscadores de información, rigurosos al máximo. De esos que no publican sin respaldo documental, y que ejercen en un contexto de recursos escasos, con más pasión y dedicación que fondos monetarios para acercarse al dato que se persigue. A la chispa de un buen artículo o el inicio de una investigación importante.

Eso, todo en un mismo lugar, es complicado de encontrar.

Y existe además en este edificio un dato muy saludable para el oficio: aquí vi, y me incluyo en esto, a colegas peleando hasta extremos complejos las notas y su contenido con los editores de las secciones. Desde aspectos técnicos hasta asuntos políticos. Levantando la voz, con enojo, sin enojo, con mayor o menor ahínco. Llegando o no a rupturas insalvables. Y observé también, para ser equitativo y justo, una apertura de algunos de esos editores y de la dirección del medio a semejante disenso. Aunque para la gente que se acerca al periodismo a través de series de tele o películas parezca algo normal, es extraño que eso ocurra a esos niveles en un diario profesional. Tiempo está rodeado de mitos que, en su gran mayoría, son sólo eso. Entrar acá es entrar a una redacción con ideas políticas, periodísticas, de teoría futbolística y hasta de modos de vida de lo más disímiles que se puede esperar. Un síntoma que jamás recibió un solo cuestionamiento.

Me tocó trabajar desde su fundación en un diario nuevo que aceptaba y aún acepta que los redactores tengan voz. Incluso a riesgo de que esa facilidad para el periodista generara conflictos y tensiones. Hoy, muchos de nosotros somos un poco más conocidos, más allá de la firma, por una situación poco feliz. Sin embargo, cada uno de los días en los que el diario no sale a la calle por decisión de los dueños actuales, anteriores o futuros me doy cuenta que ese profesionalismo, ese disenso, esa discusión por los contenidos que existía con el diario en la calle, se sigue dando con la misma lucidez en el boletín Por Más Tiempo. Allí se cuentan los avatares de un conflicto que ya suma casi tres meses sin pagos de salarios, pero de forma novedosa y ultra profesional. Y los compañeros lo escriben, lo diseñan y lo ilustran con las mismas ganas de siempre; en un escenario que a cualquiera le quitaría la esperanza en muy pocos minutos.

Todo esto que acabo de contar, creo, es el mayor activo de Tiempo Argentino. Un diario hecho por profesionales que aguantan el mal trago con un mix de ayuda social, periodismo y tareas varias. Y con un fuerte compromiso con el que lee. El resto, todo lo que se diga por ahí, es especulación u oportunismo. O desmanejos patronales que exceden a la práctica periodística.

 

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