Garfunky

Las leyendas de fantasmas deben ser de las más antiguas en la historia de la humanidad. Pese a eso, aún hay quienes creen y otros que no. Antiquísimos castillos europeos, la mismísima Torre de Londres, nosocomios alrededor del mundo, El Cabildo, instituciones varias y simples departamentos de barrio son los lugares elegidos por estos espectros. Y en los últimos días se sumó la redacción del Diario Tiempo Argentino, en Amenabar 23, a la larga lista de sitios afectados por seres fantasmales.

Debo confesar que siempre creí en los fantasmas, pero jamás me había tocado vivir la experiencia en carne propia. Fue una noche que me quedé a dormir en el diario. Tras una cena de empanadas de relleno dudoso, puse a secar la yerba para el mate de los compañeros de la mañana y agarré un colchón, el último que quedaba.

Lo puse en el piso de abajo, donde un año atrás supo estar la isla del Polideportivo; utilicé mi mochila de almohada e intenté dormir. Imposible. En estos días la cabeza da más vueltas que nunca: expensas, el colegio de la nena, dar de baja o no a Netflix, ir al baño o aguantar hasta la mañana, etc. Y fue en ese momento en que uno finalmente logra meterse en el mundo de los sueños en que sentí un ruido. Un bastón. Y una risa falsa. Buenísimo, me dije, esto quiere decir que me dormí.

De nuevo el bastón y la risa falsa, como la de un millonario contando un mal chiste. Abrí los ojos con cuidado y lo vi. No me lo van a creer, pero era un espectro, el típico fantasma de dibujito animado con una sábana blanca. Subía las escaleras hacia la redacción.

“Debe ser alguno de los pibes de deportes que enloqueció, alguna vez tenía que pasar (me llamaba la atención que no hubiera pasado antes)”, pensé. Me levanté y decidí seguirlo. Lo hice sin hacer el menor ruido posible, aunque las empanadas estaban haciendo efecto. Aguanté con valentía. Ya metido en la redacción, la sábana blanca giró ante la sospecha de mi presencia. Me escondí detrás de un cartel y lo vi de cerca. Juro que me miró. Me sentí Sigourney Weaver en Alien. Olía mal, tenía anteojos hipster, un bastón negro con mango gris y, lo más llamativo de todo, una kipá (más conocido como “sombrerito” de los judíos).

Buscó por todos lados, pero no me vio. Lo tuve tan cerca pero no me vio. Giró y avanzó levitando hacia donde dormía el resto de los compañeros. Pese a que se movía como si fuera en patines, el fantasma rengueaba. Dejé que hiciera para continuar con mi investigación y para mi sorpresa se detuvo frente a cada periodista que se encontraba y como por arte de magia les vació los bolsillos. Me tomé la boca con las manos para detener un grito de miedo. No podía ser: un fantasma vaciador.
Luego de dejar los bolsillos dados vuelta de todos, los míos también (maldito espectro talentoso que se llevó hasta el pañuelo), el fantasma desapareció en una nube negra y olorosa.

Me tomé el atrevimiento de guardarme la noticia para no alarmar a los compas y por temor a ser tildado de loco. Pero sí definí que iba a tomar cartas en el asunto, así que llamé al Ministerio de Planificación (?) y pedí hablar con la Subsecretaría de Cazafantasmas. Me dijeron que habían despedido a todos, a los tres que trabajaban allí hacía 20 años.

Ya desganado, derrotado y sucio, fui a mi casa para pasar tiempo con mi hija y mi mujer y a la noche, de nuevo sin poder dormir, revisando los mails me encontré con uno que me impactó. No, no era una oferta de trabajo sino de un tal Manrique, solo Manrique. No tenía asunto pero al abrirlo me encontré con una invitación: “Si querés saber sobre fantasmas, andá mañana a las 20.45 a las vías del tres, atrás de la redacción. Llevá algo rico”.

No lo dudé, y al otro día, pese a la lluvia, me dirigí al encuentro con ese extraño (Cami, hija, si leés esto alguna vez, jamás le hagas caso a extraños, y menos por mail o Facebook, no hagas lo que hizo papi. Te amo).

Al llegar al lugar indicado, no vi a nadie. “Psss, Psss”, me di vuelta y solo vi un cigarrillo que se encendía. “Acá, pibe, acá”.

-¿Manrique?
-No, Messi… Si, soy yo. Vení. ¿Me trajiste algo rico?
Le entregué un paquete de fideos y unas albóndigas en lata. Las miró desconfiado. No le pude ver la cara, solo el humo y alguna luz vaga de la noche que se mimetizaban en un rostro que adiviné surcado por arrugas profundas, tal vez cicatrices. Se guardó la comida en el bolsillo de un piloto negro. Estaba todo mojado, no tenía paraguas.
-Bueh, por lo que me contó Mary, estás siendo atacados por Garfunky. Deja los bolsillos dados vueltas a sus víctimas, esa es su firma.
-Garfunky -repetí y apreté un puño al aire sin saber bien por qué. La que nos faltaba.
-El famoso fantasma vaciador. No para hasta dejarlos en pelotas a todos.
-¿Más en pelotas? Pero si no nos queda nada…
Manrique se hizo el misterioso por unos segundos hasta que tosió. El humo le había entrado por otro lado. Lo quise asistir, pero no me dejó, me empujó con fuerza.
-Sí que les queda…
-¿Qué?
-El honor, les queda el honor.
-Pero eso no nos lo puede quitar.
-No, imposible, ustedes son fuertes. Enfrentenlón, encierrenlón, demandenlón, siempre que la frente en alto, con el pecho inflado (tosió de nuevo), y Garfunky se va a asustar.
-Podemos hacerlo.
-Claro. Además, pibe, un consejo: no le tengan miedo a los fantasmas, sino a los de carne y hueso.
Bajé la vista y cuando le quise agradecer ya no estaba. Había desaparecido.
-Acá pibe, en el piso.
Manrique se había resbalado.

Por Martín Núñez

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