Un regalo desde el Mercado Central

La Cámara de mayoristas frutihortícolas aportó bolsas de papas, cebollas, zanahorias y calabazas para los trabajadores que siguen sin cobrar salarios.

En la Nave ocho se habla lo mismo que en todos lados. “Nos están rompiendo el culo”, dice Fabián Zeta, presidente de la Cámara de Operadoras Mayoristas Frutihortícolas (COMAFRU) del Mercado Central de Buenos Aires, y los tres que esperamos la donación asentimos en silencio.

“Un amigo –continúa– se compró un Dogo de Burdeos que lo pagó siete lucas y media. Pero al perro no lo puede ni tocar porque se asusta. Llora todo el tiempo, no sirve para nada. Mi amigo lo quiere devolver pero el veterinario le dijo que lo esperara, que en algún momento iba a empezar a andar bien ¿Sabes lo que le dije? Ponele Macri si hay que esperarlo tanto. Es una cosa de locos lo que está pasando y encima escucho que dicen que hay que darle tiempo ¿Tiempo para qué? ¿Para que nos rompan más el orto?”

Zeta muestra fotos y videos que ocupan espacio en su celular. Fruta podrida amontonada en los rincones, vestuarios inundados, camiones contaminando todo un poco más. Zeta denuncia el deterioro y el abandono del Mercado pero eso dura un rato. Se impone conocer más de la situación en el diario.

Entonces contamos que un día los trabajadores dejamos de cobrar, que otro día Tiempo dejó de imprimirse, que algún día, esperamos, vamos a recuperar el sostén económico y espiritual de nuestras familias y que mientras tanto hay que dar lucha.

Después agradecemos, otra vez, la donación de verduras para un batallón. Zeta hace una seña. Grita una orden. Le falta chasquear los dedos. Por fin llega un morocho de panza y sonrisa anchas que empuja el carro. Son arpilleras de papas. Por lo menos hay quince y cada una pesa 20 kilos. O más. El morocho se va. Llega otro, más flaco y más serio, maniobrando un pallet con bolsas de cebollas. Éste tampoco se queda. Nos miramos perplejos. Maxi exhibe la cámara para hacer más obvia la excusa. La vocación lo salvó.

Y entonces sucede. Otro grito. Otra seña. Llegan dos. El que sube a la caja de la camioneta se quita la campera. Esta listo para el bombardeo. El compañero inaugura la misión con un lanzamiento que evidencia el arte. Ninguno parece concentrado en lo que hace. El que ataja las bolsas hasta tiene tiempo de contar que el compañero no fue bueno porque le quitó la novia. El aludido se ofende. Jura que aunque quisiera no le darían las manos para abrazar a la gorda. Ríen los dos. En menos de un minuto todas esas papas están apiladas en la caja de la camioneta. Posamos para las fotos. Los que asumieron la faena y los que agradecimos al cielo por no hacerlo.

Con nuestras espaldas intactas llegamos a otro pabellón del Mercado. Despreocupados, casi distraídos, vemos a un chagarín que no disimula el fastidio de empujar un carro de zanahorias y calabazas. También lo vemos marcharse pero eso no alcanza a estropear nuestro ánimo. Algo nos contagió. Tal vez la alegría de los muchachos. Tal vez esas ganas de ser mejores en las difíciles. Fede se sube a la chata. Maxi apunta de nuevo. Alzo la primera bolsa. Nada puede salir mal.

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