Ramiro Barreiro

Dice mi madre que a los seis años le dije que quería ser periodista o recolector de residuos. Calculo que fue la idea de viajar (aunque sea colgado de un camión) lo que me llevó a tamaña decisión. Es mi mamá una persona exagerada y muy adepta a las fábulas, así que es mejor calificar esa versión como un rumor.

Lo cierto es que aprendí a leer a los tres años. Mi primera palabra fue sentado a la mesa familiar. “Villavicencio”, exclamé ante un improvisado aforo que debió sorber profundo para ahogar la sorpresa. A partir de ese día, el hábito de leer se convirtió en mi combustible en la vida.

Me llamo Ramiro Barreiro, tengo 35 años, y soy parte de un colectivo de trabajo que hoy duerme en una redacción, cocina y come allí mismo, se ríe, llora, baila y conversa. Estamos juntos porque así logramos digerir de manera más sencilla el boludeo de nuestros patrones y sus testaferros. Somos nuestra propia agua mineral.

Trabajé durante siete años en Crónica, el diario que leían mis dos abuelas. Entré cuando era joven y también permanecí (no tan pacíficamente) en el viejo edificio de Garay y Azopardo. Empecé como aspirante, fui cronista de la extinta quinta edición. Escribí para todas las secciones, entonces, asistí a sangrientos escenarios, ritos umbandas que dieron muerte a familias enteras, suicidios en vías y balcones, búsqueda de personas, violaciones, violentas tomas de tierras, ensayos militares, protestas sindicales similares a la nuestra y, claro, Cromañón y sus subsiguientes tres meses de horror, con suicidios y cruce de cadáveres.

De Crónica me despidieron en 2010, en un verano que por estos días rememoro a cada minuto. Luego de dos meses de conflicto la patronal me puso entre la espada y la pared. Había logrado erosionar la resistencia hasta que quedamos unos 15 compañeros. Era un jueves por la noche, llovía, y estábamos amuchados en Maipú y Esmeralda esperando noticias. A mi lado, dos compañeros de maestranza que apenas sabían leer. Ni siquiera contaban con ese combustible. Sólo ofrecieron cinco reincorporaciones y ofrecí mi lugar. Esa noche terminé llorando mi despido bajo una ducha de agua fría.

Al mes conseguí entrar en Tiempo Argentino por menos del 50% de mi salario anterior, pero con un grupo de compañeros que, supe apenas conocerlos, estaban para grandes cosas. Asistí al nacimiento de un medio que al poco tiempo desafió al mayor pulpo mediático de habla hispana en el continente. En lo personal, logré enamorarme de mi pulso. Fui más todo terreno que nunca.

La toma del Parque Indoamericano, el secuestro de Sonia Molina en Coronel Suárez, la represión de los Qom en Formosa, que Tiempo contó con mayor objetividad que nadie, y el saneamiento del Riachuelo –con cloacas y casas nuevas para miles de familias- son algunas de las historias que me permitieron hacer lo que más me gusta en esta profesión: correr atrás de las balas, conocer perfiles sórdidos y solucionar problemas para los que más necesitan. Los invito a leer esos artículos.

En 2014 gané una beca y me fui a vivir a Madrid. Allí trabajé en el diario El País, donde sigo colaborando. Al regresar de España, ya nada era como antes. Para mí fue ese el momento preciso en el que empezó el vaciamiento de Tiempo Argentino, sin plata para taxis, ni toner para las impresoras y, a veces, sin agua saliendo de las canillas. También fue el momento de un vacío todavía más triste: el ideológico. El diario decidió hacer la plancha y abusar de las notas de color y con un tinte político más cercano a la justificación vacía que a la reivindicación de derechos. Y lo peor, ya no hubo lugar para opinar, para discutir nuestro propio rumbo.

Considero que este colectivo ganará mucho más que el sueldo adeudado y la conservación de nuestros puestos de trabajo cuando este conflicto termine. Creo que habrá una enseñanza mucho mayor, y hasta creo que todos los periodistas, de todos los medios del mundo, deberían atravesar una situación semejante. Porque cuando esto termine, tras dormir espalda con espalda, cargar bolsas de verdura, organizar un festival sin jerarquías y vivir a base de choripán, nos habremos despojado al menos un poco de un enemigo mucho más dañino que una patronal vaciadora: nuestro propio ego.

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