Analía Rivas

“¿Es el nuevo diario?”, me preguntaron una y otra vez en la gestación de Tiempo durante esa vida “uterina” de meses de trabajo antes de salir a la calle en el 2010. Entonces, para responder con franqueza me enfrenté a la difícil tarea de contar quiénes éramos antes de ser lo que fuimos y somos.

Los que me escucharon, confiaron. Fue así que desde los números cero la sección de Espectáculos contó entre sus entrevistados a representantes no sólo de todas las artes, sino también de todas las ideologías. Nuestra tapa retrató a personas que se despojaron de sus personajes y se olvidaron de su discurso armado que eternamente repetirán en otros medios. Por momentos, nos convertimos en un canal de verdadera expresión.

Hasta Tiempo, mi carrera ya había conocido otras formas de periodismo en medios electrónicos e impresos. Todas, salvo un diario. El cierre día a día en tiempos alborotados y apurados me reconfirmó que mi manera de comunicar es ante todo un acto de fe. Acuerdo tácitamente al preguntar con respeto, que al escribir, seré fiel a la respuesta que recibo y entiendo que un mensaje no es tal hasta que llega al que escucha y al que lee. Desarrollé mi tarea con total compromiso al lector de Tiempo. Y con la máxima humildad de saberme intermedio, entre la voz del que habla y la recepción de quién lee. Me enfrenté, superé y esquivé mezquindades enormes que a veces suceden en ánimos y objetivos profesionales muy distintos a los míos. En ese transcurrir aporté con firmeza y (hasta con resistencia) mi identidad a las páginas de Tiempo.

Quién soy, estuvo siempre plasmado en mi trabajo. Sobre todo en las páginas que fueron resultado de mis propuestas. Guardo la sorpresa de recibir mails y hasta cartas manuscritas de lectores que reconocieron mi manera de contar e indagar y decidieron contactarme para expresármelo. Agradezco cada uno de esos gestos porque fueron verdaderos impulsos para mí. Al igual que algunas retribuciones de los entrevistados que subrayaron con entusiasmo su propia valoración ante las palabras que ellos dijeron y yo tan solo transcribí.

Cuando este Tiempo Argentino nació, mi hija tenía cinco años. Ahora está próxima a cumplir once. El concepto de qué es ser periodista lo ha mamado en casa. Ahora me pregunta ¿por qué no nos pagan? Aún estoy ensayando una respuesta.

También me ha preguntado por qué seguimos yendo al diario y sigo descubriendo aún más ejemplos y razones.

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