Villa Gobernador Gálvez, donde los narcos se imponen a sangre y fuego

Por Juan Diego Britos – 22 de Febrero de 2014

Los locales ya la nombran “La pequeña Medellín” por la racha de ajustes de cuentas cometidos por sicarios. En sus calles creció “Pollo” Bassi, acusado de ser partícipe del homicidio de Claudio “Pájaro” Cantero, líder de “Los Monos”.

Sentados en cada extremo del banco de madera del segundo piso del Palacio de Tribunales, con las espaldas apoyadas sobre la pared del Juzgado de Instrucción de la Sexta Nominación, dos hombres pestañean tempestades. El sueño parece partirles el cuello, dejando caer la cabeza hacia delante, en un lento vaivén que nadie parece notar. A su izquierda, sobre el mostrador de mármol color natural, una rubia atolondrada discute con el empleado de camisa clara y corbata roja, que se refugia detrás de la cortina metálica marrón oscuro y dispara evasivas con oficio. Desde el techo, tres tubos iluminan las montañas de expedientes que el juez Juan Carlos Vienna debe resolver para traer algo de paz a una ciudad convulsionada por la espiral de cocaína, pólvora y sangre que no acaba. Entre las causas, se distingue el procesamiento de los Cantero, “Los Monos”, el clan que domina la vida y la muerte sobre los márgenes del Río Paraná. En el despacho de Vienna, Luis Bassi grita y maldice la pereza judicial. A su lado, Carmen, esposa y madre de sus seis hijos, lo escucha con los ojos inundados de rabia. En sólo menos de dos meses perdió dos a manos de sicarios. El vuelto, dicen, llegó porque su hijo Luis, conocido como “Pollo”, meó fuera del tarro. Y en Rosario se puede mear en cualquier lugar, menos sobre el honor de los Cantero.

El pasillo se vacía a las dos de la tarde. Entre pasos que se alejan, se oyen las risas de las empleadas de polleras ajustadas, que sustentan el mito nacional sobre las rosarinas. Ajenos a la belleza circundante, Luis y su esposa abandonan la reunión masticando bronca y saludan a Iván Mendoza, su abogado. Los hombres que antes dormían, ahora los escoltan refregándose los ojos. Son sus hijos Marcelo y Damián, que no les quitan la vista de encima ni medio metro al bajar por las escaleras. Antes de llegar a la calle, la familia cruza abrazos y besos con las abogadas de Milton Damario, sospechado de ser el autor material del homicidio de Claudio “Pájaro” Cantero, hijo pródigo de Los Monos, crimen que también tiene a su hijo Pollo como presunto partícipe.

Después de la breve charla, los Bassi encaran hacia la salida de la calle Moreno al 1600. Dos policías vigilan desde las escalinatas para que nadie se atreva a romper a tiros la tarde. Marcelo y Damián lideran la caminata hasta el estacionamiento de la calle Montevideo, donde pagan la estadía y suben a la Toyota Hilux gris con vidrios polarizados. La familia se acomoda en los asientos en silencio; los hombres se quitan las pistolas de la cintura y Marcelo, de gorra, jeans y chomba, acelera tranquilo hasta la Circunvalación Presidente Illia, para atravesar el sur pobre de la ciudad. Desde la ventanilla del asiento de acompañante, donde Luis y Carmen se acurrucan como novios adolescentes, asoman los barrios Fonavi, La Tablada y Las Flores, histórico territorio de Los Monos. Las pintadas de los muros alternan el azul y amarillo con el negro y rojo. Idéntica artística lucen los bloques de cemento que separan ambas manos. Después de cinco minutos de viaje, la camioneta abandona la cinta asfáltica, cruza el Arroyo Saladillo y avanza por la avenida San Martín, que conduce al centro de Villa Gobernador Gálvez, la localidad que, según el censo nacional de 2010, cuenta con 80.769 habitantes, y en 2013 sumó 34 asesinatos. Los primeros meses de este año tampoco trajeron alivio: en 53 días la ciudad ya acumula ocho muertes violentas, entre ellas la de Jorge Lavezzi, tío de Ezequiel, el futbolista del Paris Saint Germain, y la de Maximiliano, hermano del Pollo Bassi.

El traslado acaba en una casa de frente humilde, algo descascarado, que muestra entreabierta la puerta de hierro de la medianera. La Hilux estaciona y antes de bajar, Marcelo se asegura de que nadie merodee. Recién cuando se convence de que no hay peligro, apaga el motor.

Luis Bassi es alto, pelado y tremendamente barbudo. Tiene un revólver de mango corto entre el pantalón y la piel, los brazos como paréntesis de carne gruesa y el abdomen generoso; los botones superiores de la camisa de mangas cortas están desabrochados. Para evitar disgustos, Luis sugiere entrar rápido al refugio que ocupa por estos días y saluda a sus nietas, que juegan ajenas al operativo de seguridad. La madre del jefe de la familia está sentada en el fondo, bajo techo, de cara a la pileta que no tiene agua y que nadie parece tener ganas de disfrutar. Luis llama en voz alta al resto de la comitiva y se sienta en los laterales de la mesa; es un buen anfitrión, que ofrece la bandeja con milanesas napolitanas que preparó una de sus nueras y saluda a los hombres que entran y permanecen en silencio, parados alrededor de los comensales. En el pasillo que conduce desde la calle hasta el patio trasero trabaja un morocho de pelo largo, tatuajes de tinta china, joggings truchos, visera hacia atrás y soldadora en la mano. El cigarrillo suave que hasta el filtro tiene blanco le sesga la boca. El humo achina los ojos pero no dificulta en nada la tarea que le encomendaron. Este tipo, que tampoco habla, que lleva los malos tragos de la vida cicatrizados en la piel, está blindando la casa. Ventanas, puertas y portones están al rojo vivo por el paso de la máquina que el changarín blande como si fuera una pistola automática.

“Tuvimos que blindar la casa para amainar las balas” suelta Luis, que ahora invita los fideos con aceite y queso que viajan directo desde la olla hasta los platos empujados por un tenedor. Frente a él, ajenos a la conversación, Marcelo y Damián hablan continuamente por teléfono. Lo hacen por el altavoz del radio y los temas refieren al camión que se quedó sin gasoil en la ruta. El resto de la familia mira fotos viejas, recuerdos de un pasado diezmado por la venganza.

Luis tiene algo más de sesenta años. Vive en Gálvez desde que tenía tres meses y se casó con Carmen el 24 de octubre de 1973. Trabajaba como mecánico cuando ella llegó desde Tucumán junto a sus hermanos. Luego fue ayudante de maquinista en el ferrocarril y pudo comprarse tres taxis con la indemnización de un accidente fabril. El 21 de octubre de 1997 fundó Cinco Estrellas, la primera remisería de la ciudad, en la que llegaron a trabajar más de 200 personas. Ahora el negocio anda rengo, sobre todo después de la muerte de sus hijos.
El almuerzo acaba y el dueño de casa sugiere ir hasta la agencia. Sale a la vereda y su hermano le grita que vuelva, que lo lleva en auto. Luis no hace caso, no escucha lo que no quiere escuchar y avanza decidido. Sus hijos y los otros que estaban en la casa sin hablar lo secundan en auto, a paso de hombre, con la mirada cerrada en los movimientos de los jóvenes que pasan en moto, medio de transporte preferido por los sicarios locales, que se mueven como mosquitos mecánicos en busca de sangre a cambio de algunos miles de pesos. La tarde es espesa en la esquina de Chile y 20 de Junio. Justo aquí cayeron Leonardo, el 31 de diciembre, y Maximiliano, el 11 de febrero. Maxi fue baleado dentro del negocio, su hermano mientras reparaba un camión. Ambos crímenes fueron ejecutados por asesinos contratados por enemigos de la familia. Por eso Luis camina armado y su hija tuvo que abandonar la ciudad junto a su esposo. Pero no es el único vecino que eligió este camino. Ocurre que en los últimos años, Villa Gobernador Gálvez se acostumbró a respirar pólvora.
Bebote sujeta la palanca de cambios con la mano derecha que parece una pechuga de pollo cruda. A centímetros de los dedos izquierdos guarda su pistola automática. Conduce a media velocidad y cuenta que vive hace 40 años en “La Pequeña Medellín”, como llama a Gálvez, y que gana seis mil pesos trabajando de remisero. Hace poco que su esposa enfermó de cáncer y eso lo tiene preocupado. Ya en confianza, admite que quiso abandonar la ciudad por la violencia de los últimos tiempos pero que no pudo hacerlo porque su casa perdió valor de venta cuando el terreno que está frente a la vivienda fue tomado por familias humildes que levantaron los ranchos de chapa. Bebote no sufre el narcotráfico, es la inseguridad lo que lo tiene a maltraer.

“A la noche acá no se puede andar. En las estaciones de servicio no te cargan si no llevás el cambio justo, pasa que los robaron tantas veces que dejan la plata en un buzón”, suelta mientras recorre la periferia del casco histórico. El viaje conduce por los asentamientos Costa Esperanza, Barrio Aguirre, Villa La Ribera, Fonavi, La Tablita, Barrio Ibarra, la medialuna pobre que creció bajo el gobierno de Pedro González, el intendente que a principios de 2013 pidió matar a 20, 30 delincuentes, y que hoy nadie puede encontrar. En Gálvez ni el jefe comunal se salva de las sospechas. Menos aún desde que un allegado de Olga Coteluzzi, su esposa, diputada provincial por el FPV, cayó con 80 kilos de cocaína. También el Pollo Bassi figura en la lista de amigos de González. Los vecinos aún recuerdan cuando en diciembre de 2012, en plenos saqueos a los negocios locales, el jefe de gobierno convocó al Pollo para que frenara a los atracadores porque la policía tenía orden de no intervenir. Bassi garantizó la seguridad en la ciudad durante tres horas, hasta que la policía pudo organizarse para intervenir. El Pollo, fiel a su estilo, hizo el trabajo con una ametralladora en la mano. Porque en la Pequeña Medellín hace rato que manda el que tiene el caño más largo.

Otra protagonista, misma historia

Norma Acosta es otra protagonista estelar del culebrón narco que sacude los cimientos políticos de Villa Gobernador Gálvez. La mujer es viuda de Miguel Ángel Saboldi, alias “Japo”, de 35 años, quién murió el 12 de abril de 2013 en un incendio, cuando estaba alojado en la Alcaidía de Jefatura de Rosario.

Japo había sido detenido una semana antes en una chacra de la localidad vecina de Alvear con ocho kilos de cocaína, 14 panes de marihuana, armas y 150 mil pesos en billetes chicos.
“El plan fue matarlo a mi marido a pedido del ‘Gordo’ González (como lo llaman al intendente de Gálvez, Pedro Gónzalez) y del señor Bassi (‘Pollo’); lo mataron al negro de mierda gusano narco, que era mi marido”, gritó entonces la mujer.

Lo que no dijo fue que ella también tenía un pasado ligado al narcomenudeo. El 11 de junio de 2009, Acosta fue detenida en un procedimiento de la Dirección General de Prevención y Control de Adicciones de la provincia, en el que se desbarataron dos cocinas de cocaína. Una de esas factorías funcionaba en la unidad básica del barrio La Tablada de Rosario que estaba a su cargo.

Del pasado fabril al presente feroz

Villa Gobernador Gálvez, antes de ser famosa por los ajustes de cuentas entre narcos, era conocida por albergar industrias como Swift, Paladini y Unilever. Hoy, en Gálvez, se comercializa cocaína y sus versiones depuradas: “alita de mosca” y “escama”.

También marihuana y pastillas pero no se consigue “paco”, porque eso no es negocio. El tráfico de drogas ha llevado a la ciudad a una guerra que parece no tener fin. La violencia que brotó por el abandono del Estado (local, provincial y nacional) sólo ha criado muerte.

Ahora, ningún vecino se anima a caminar de noche, al punto de que llegan a pagar 20 pesos para que un auto los proteja al menos 300 metros.

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