Una noche de sonidos imposibles

Por Mariano Pedrosa – 18 de marzo de 2012

Foto de Mariano Vega

Hace tres años visitó por primera vez Argentina una de las bandas de jazz más vanguardistas del jazz: Masada. Este grupo, liderado por John Zorn, me apasiona desde hace años. Cuando escribí la reseña del show, Tiempo Argentino estaba en lucha, con quite de firmas, así que la nota -con pesar- salió sin mi firma. Hoy, enfrentamos otra lucha, y yo sigo amando a Masada.

Todo llega, para el que sabe esperar. Masada, el mito del jazz neoyorquino, hizo erupción en el Teatro Coliseo, única oportunidad que tuvo el público porteño de asistir en vivo a una de las propuestas musicales más extremas de la música contemporánea.

Una multitud expectante se afirmó frente al teatro desde temprano, y podía advertirse que la relación entre las mujeres y el jazz no es numerosa: el porcentaje era muy bajo. “Conmigo somos nueve”, exageró entre risas una joven asistente.
El espectáculo, de casi una hora y media, no dejó deudas pendientes. El cuarteto se ubicó en el centro del escenario, como un pequeño tornado, y demostró que más allá de la erudición de cada uno de sus integrantes, la música se genera en el diálogo grupal. “Como un jugador de fútbol que hace un pase de memoria, sin mirar, sabiendo que su compañero va a estar ahí para recibirlo”, arriesgó un músico, amigo del baterista Joey Baron. Esa química sólo es posible en una banda que lleva casi 20 años tocando por los escenarios del mundo.
La primera parte del show fue, ovación tras ovación, de Baron y Greg Cohen, contrabajista de Tom Waits y miembro de la famosa banda de Woody Allen. En el cuarto tema, “Rathiel”, volcado y abrazado a su contrabajo, mostró la plasticidad del instrumento al que suelen reducir a base rítmica para lucimientos ajenos. La batería fue otro asombro, con palillos, escobillas directamente con las manos hizo lo que quiso sobre el escenario.
Dave Douglas, el trompetista, tuvo una gran performance, aunque sus intervenciones fueron un poco menos arriesgadas que las de sus compañeros.
Por último, John Zorn arrancó sonidos imposibles a su saxo alto y fue el corazón de un dispositivo experimental que deconstruyó desde dentro melodías tradicionales klezmer, y produjo una vivencia vertiginosa y plenamente moderna de la música.
Además de su propia magia, el fundador de la mítica Naked City funcionó como el armador del equipo en el escenario, marcó los turnos, las entradas, los tiempos de cada improvisación. El juego con el silencio, las explosiones sonoras y los fragmentos melodiosos llevaron la música a todos los límites y recibieron la respuesta apasionada del público.
Masada, el nombre del grupo, refiere a una ciudad que en el año 70 dC realizó uno de los actos de rebeldía más recordados del pueblo judío frente al acoso del Imperio Romano. Esta referencia declara la fe en la resistencia cultural y la libertad como esencia del grupo. A la salida del recital cada participante parecía guardar dentro de sí algo de ese tornado musical que por suerte sacudió a Buenos Aires.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s