“Lo que hace la revolución es el odio a la injusticia, no el malestar”

Por Belauza – 25 de octubre de 2013

Los primeros días del gobierno de Macri aconsejan volver a leer a gente con mucha experiencia y reflexión crítica sobre la historia. Esta nota a Briski me conmovió al hacerla, me sigue conmoviendo al leerla de nuevo. Porque hay disidencia con Briski, pero el gran actor toma el papel del hombre puesto frente a su propia historia, ese momento en que no hay otra posibilidad que la honestidad.

Aunque por lo general suele vérselo en los escenarios o a través de una pantalla, en esta oportunidad Norman Briski es noticia por su historia política. El actor acaba de editar un libro, que presentó el viernes 11 en la Biblioteca Nacional, donde vuelca en palabras sus propias vivencias y reflexiona sobre cómo la política lo marcó desde pequeño, en su Santa Fe natal. Mi política vida. Conversación a fondo con Carlos Aznares es el título de esta obra en la que el artista abre el debate, a partir de sus propias experiencias.
“Me dio la impresión de que pasó el suficiente tiempo como para reflexionar sobre aquella época”, explica Briski sobre las razones que lo llevaron a embarcarse en este trabajo y agrega: “Pensé que era el momento de hablar sobre qué nos había pasado a un sector de jóvenes ligados al peronismo revolucionario. Es una visión un poco desde la cultura, en lugar de serlo desde una militancia militante. No sé qué diferencia hay entre una militancia cultural y una militancia militante, pero la experiencia es distinta.”

–La imagen que quedó de ustedes es que eran muy verticales, que no había debate.
–Conozco bien el tema. Desde la creación de la JP (Juventud Peronista), que vendría a ser la iniciación que lleva hacia Montoneros, hay muchas etapas. Vengo del peronismo de base, y lo que falla incluso ahí es cuando se quiere hacer una alianza con la forma armada, que era la FAP (Fuerzas Armadas Peronistas). Había un espacio entre esas dos maneras, y eso no se terminó de resolver nunca. En ese momento quedamos en soledad, y quedar en soledad o apoyar la etapa político-militar, que es la etapa montonera, cambia la historia. Esa forma vertical es porque se da la instancia político-militar, ahí entrás en una verticalidad obligada. La política es la mamá, y el papá la fuerza, y nosotros no tuvimos la fuerza suficiente, aunque había una idea más trascendente. Hoy la idea de pensar en un cambio radical estructural de la sociedad está muy lejos de la inmanencia de qué me pasa hoy aquí con mi familia, mis chicos. Ninguna de las formas que se dieron en el campo popular llegó a modificar la estructura del imperio. Acá tenemos capitalismo. Será menos salvaje, más salvaje, se podría decir que hay un aire antiimperialista, pero realmente hay un entusiasmo por un capitalismo floreciente. Los compañeros, 30 mil muertos en Argentina, no estaban pensando en eso, estaban pensando en un socialismo nacional y popular, o sea, un cambio cultural muy severo.

–De alguna manera, cuando se van los militares, se convierten en los baluartes de esa…
–No sé si baluartes, pero son digeridos por el sistema.
–O por esa idea de que después de tanta muerte y dolor…
–…esto es lo mejor que se puede… Bueno, algunos sí, siguieron ese camino, claro. Otros piensan que esta es la manera… ¿reformista se dice?, de ir avanzando hacia un cambio más serio; ningún reformismo llegó a ninguna revolución.
–Sin embargo, en el libro rescatás a Evita desde ese lugar.
–Eva Perón es una persona que ha vivido por la pasión de la justicia, pero no tal vez por la pasión de un cambio de estructura. De todas maneras, Perón anunció claramente una idea antiimperialista y anticapitalista. Después empezaron a negociar con sectores más poderosos porque no alcanzaba la izquierda revolucionaria para hacer el cambio como pretendía.
–¿Y ustedes qué veían en ese momento?
–La capacidad de la poesía. Y el peronismo tiene alegría, fiesta, tiene su gracia y su desgracia. Acá el movimentismo ha sido, desde (Hipólito) Yrigoyen, siempre la manera de producir cambios: con mayorías en la calle, capacidad insurreccional; no se puede hablar de calidad revolucionaria. ¿Qué quiere decir ser más riguroso con la conciencia? La conciencia no hace las revoluciones. Lo que hace las revoluciones es el odio a la injusticia; el odio, no el malestar, el malestar no sirve para nada; no la queja, sino la protesta.
–Un rencor.
–Hay varios rencores. El de Evita es un buen rencor. El rencor tiene una implicancia de resentimiento, y el resentimiento tiene mala fama. Pero muchos lugares han logrado sus cambios y modificaciones por el resentimiento. Si fuese el pueblo palestino tendría un enorme resentimiento: esa es la tierra de ellos y se la han usurpado de la manera más arbitraria, injusta y asesina; si están resentidos me parece natural.
–¿Sería antinatural que no lo estuviesen?
–Bueno, las religiones se dedican a poner la otra mejilla. Y son poderosas todavía. Tanto la católica como la judía. Frente a la precariedad, frente a la vidita, te agarrás de lo divino, de cualquiera con tal de no tener que enfrentarte con tu patrón; pedís aumento, que limpien los baños, cualquier cosa, pero no decís:  “¿Che, podés dejar de joderme, a mí y a mi familia, a mi gente?”, y lo que significa. Sin patrón, ¿qué hacés?, ¿de quién te vas a quejar? Entonces, ahí viene gestionar tu propia potencia en vez de darle todo el capital a él. Y la gente, por razones diversas, complejas, prefiere el sometimiento, el castigo de ir a trabajar todos los días, ocho o diez horas, viajar mal y ver chocar los trenes. Es muy complejo y muy difícil desarmar esto. Y me parece que la manera de desarmarlo es aceptar la complejidad y aceptar la idea de la diversidad, o sea que no me vengan a hacer una sucursal de la democracia norteamericana, dejemos que cada pueblo elija sus maneras. Si hay capitalismo hay dependencia, no hay otra. Pasó con Perón, y hoy creo que hay una repetición. Perón inventó una burguesía nacional, no había. ¿Qué hizo la burguesía?, apenas tuvo dos mangos en el bolsillo se fue a Estados Unidos a comprar los royalties de no sé qué y se cagó olímpicamente en el país. El cambio social va por saber que las cosas son de quien las trabaja.
–Tu mamá, que era comunista, ¿diría lo mismo del primer Perón, que salvó al capitalismo?
–Eso sí es un error político mío, creer que Perón era la revolución. Nunca lo dije esto, tampoco dije lo contrario. El peronismo significó un capitalismo más independiente. ¿Pero otra vez subsanar el capitalismo? Me parece que podemos pensar otra cosa ya.
–¿Y qué balance hacés de 30 años de democracia?
–Esto es socialdemocracia. Han salvado al capitalismo en la Argentina, y lo han hecho extraordinariamente bien.

Inquieto en su oficio de actor y director

Habrá perdido algunas mañas, y algo de su fuerza, como dice, pero sus vicios de dramaturgo, actor y militante parece mantenerlos intactos. Sólo en teatro Norman Briski participa, en la actualidad, de distintas maneras en tres obras. El barro se subleva (está a cargo de la dirección, escenografía e iluminación), ha obtenido muy buenas críticas y premios y ya se encuentra en su segunda temporada, Las 50 nereidas (“apenas” la escribió), es una obra de reciente estreno, cuya puesta se hizo  en el teatro popular de la Villa 21, como parte de su ya clásico teatro popular. Allí, una mujer a la que le caen en un ojo las gotas de agua que pierde un caño de cloacas, “cada dos minutos es visitada por alguna agrupación” –cuenta–: “aparece el FPV, a los diez minutos los evangelistas, a los diez la izquierda. Surgió del mismo trabajo, a partir de un relevamiento que hicimos con los mismo vecinos.”
Además, en su propio teatro, Calibán, ofrece dos seminarios, uno de improvisación y otro de interpretación.

“Soy un superviviente”

Norman Briski fue de los artistas más perseguido en los ’70. Le pusieron una bomba doble en su casa (en la entrada y en el patio interno) en 1972, Luego, amenazado por la Triple A, se exilió en 1974. Recién pudo regresar al país diez años más tarde. “No soy un sobreviviente, soy un superviviente. Más allá de que he tenido suerte. Que sea revolucionario no quiere decir que no crea en ciertas cosas de la suerte. Vos sabés: si me meto en esto la voy a ligar, pero me voy a defender, la voy a seguir, me voy a esconder. Te fue bien, regular, mal, es así. Y sabé que tus compañeros algunos no van a estar al lado. Y que es triste. Estuviste muchas horas con ellos pensando, gritando, pataleando. Pero así es la cosa cuando sos de querer cambiar tu realidad.”
Así como lo dice, parece imperturbable, sin embargo, el regreso le pegó duramente. “Nada era lo mismo, era un país muy distinto. Fui rechazado totalmente, no podía trabajar, no podía hacer nada. Se cruzaban de vereda”, afirma.
Briski estuvo tres días preso acusado de formar parte de la cúpula del Movimiento Peronista Montonero; la prueba era un documento que había firmado en Europa. El disparate provocó manifestaciones en su apoyo, posterior liberación y caída de la causa.
–¿Te resultaba insólito el país al que volviste?
–Espantoso. Me sentí muy perplejo, estaba hecho un boludo. Tal es así que me paralicé. Una depresión severa, como seis días sin poder salir a ningún lado. Me paralicé dos veces en mi vida. La otra fue la muerte de mi hija (a principio de los setenta).

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