Con un nuevo director que aún no asumió, el futuro de la Biblioteca Nacional es incierto

Por Mónica López Ocón

El macrismo se ahorró muchas críticas al designar a Alberto Manguel en reemplazo de Horacio González. Se trata, sin duda, de una figura incuestionable desde lo intelectual.  Sin embargo, son muchos los elementos que llevan a pensar que pese a la capacidad del nuevo director, se cumplirá de manera inexorable un plan de recorte y achicamiento.

Hasta el mes de julio la Biblioteca Nacional parece estar obligada a permanecer en una especie de limbo ya que su nuevo director, Alberto Manguel, sucesor de Horacio González, no asumirá hasta ese mes. Sin embargo, a la luz de las políticas culturales –y de todo tipo- desplegadas por el macrismo en el poco tiempo que lleva de gobierno no es difícil prever un recorte drástico, una verdadera sangría tanto de gente como de programas y actividades a la que se aludirá en los discursos oficiales con eufemismos como “modernización” y “racionalización”.

Designar a Manguel director de la Biblioteca es una jugada fuerte del macrismo. Por supuesto, nadie se atrevería a cuestionar su capacidad para cubrir ese cargo, ya que se trata de alguien reconocido internacionalmente que ha dedicado su vida a reflexionar sobre el libro, la lectura y los lectores. Una historia de la lectura, escrito desde un yo apasionado y no desde el frío pedestal del saber académico le ofrece al lector un viaje fantástico por el mundo de los libros guiado por alguien para el que la lectura no es una actividad más, sino una forma de relacionarse con el mundo. El propio Horacio González hace pública su admiración por Manguel: “¿Cómo recibí la noticia del nombramiento de Alberto Manguel como director de la Biblioteca Nacional? –dice. Es un autor que había leído con gusto, exquisito buceador en perlas del relato que engarzan con metáforas que se repiten a lo largo de la historia y permiten estudiar la posición del lector y del libro en las diferentes manifestaciones de las herencias literarias más antiguas (y hasta el comic), por lo tanto me pareció que era el más indicado de los tantos nombres que en la semana previa, al circular los probables candidatos para la Biblioteca Nacional, me habían sobresaltado”, le dijo a la Agencia Paco Urondo. Sin embargo, no deja de advertir ciertos peligros: “Manguel es un liberal cosmopolita. Nada objeto a sus creencias, puesto que además le permitieron escribir una obra delicada y digna del placer que el texto provoca en el lector. Pero es válido preguntarse también, dado que el cargo de la Biblioteca (como dicen los bancos y otras entidades) es ´políticamente expuesto´, si aceptará las orientaciones del gobierno de Macri, que aunque declaran su fe en el ejercicio de las libertades, ya asoma con amenazadores despuntes que atentan contra las diversas formas de autonomismo social.”

Y éste es precisamente uno de los grandes enigmas que se ciernen sobre la futura gestión de Manguel. A esto habría que agregar que no basta con ser un intelectual brillante para estar al frente de la Biblioteca Nacional. Se necesitan, además, buenos reflejos políticos, un proyecto que tienda a ensanchar los límites de la biblioteca y que sea capaz de motivar a los trabajadores para que se involucren en él. También se necesita habilidad para negociar con los tres gremios que confluyen en la Biblioteca: Asociación de Trabajadores del Estado (ATE), Unión de Personal Civil de la Nación (UPCN) y el Sindicato de Obreros y Empleados de la Minoridad y la Educación (Soeme).

En una visita repentina y brevísima al país, Manguel declaró al diario Perfil que quiere “una biblioteca para todos”, un objetivo que parece difícil de lograr siendo funcionario de un gobierno que quiere un país para pocos. Por otra parte, también resulta difícil pensar que la Biblioteca Nacional pueda llegar a constituir una isla de excepción en materia de despidos, ya que en el área cultural el ministro Pablo Avelluto ha demostrado ser un despedidor serial. A casi 500 trabajadores se les prohibió la entrada al Ministerio de Cultura sin que mediara advertencia previa alguna de que de un día para otro quedarían en la calle. A esto debe sumarse la actitud de los “vecinos bien” que se alegraron del despido de los “ñoquis” y, coherentes con la metáfora alimentaria y con un verdadero afán de achicar “la grieta” por la que se rasgaban las vestiduras durante el gobierno de Cristina Fernández, decidieron despedirlos con una lluvia de huevos que lanzaron desde ventanas y balcones de estilo francés.

Manguel ha vivido la mayor parte de su vida en el exterior, tanto en Francia como en los Estados Unidos. Además, se nacionalizó canadiense. Ninguno de estos datos de su vida es objetable en sí mismo, pero autorizan a preguntarse cuál es el conocimiento que tiene de la vida política del país. El asegura estar informado y no hay ninguna razón para no creerle. Pero una cosa es la información que se lee a través de periódicos, revistas y redes sociales y otra muy distinta es vivir, palpar de cerca el clima en que suceden los hechos. ¿Conocerá el nuevo director de la Biblioteca que ya desde su gestión del macrismo en la Ciudad que lleva más de ocho años en nombre de la cultura se han cerrado de manera sistemática centros culturales barriales, que los bienes del Teatro Colón fueron arrasados y permanecieron en containers o directamente a la intemperie, sin que se hiciera previamente un relevamiento? ¿Sabrá que el Teatro San Martín fue alquilado para que festejara allí su cumpleaños un señor que podía darse el lujo de semejante obscenidad, que los trabajadores de una de sus salas fueron desalojados con la fuerza pública y que actualmente se encuentra cerrado por “exceso de polvo”? ¿Sabrá que también el Centro Cultural Kirchner, el mayor de América Latina y uno de los mayores del mundo está cerrado por “falta de seguridad”, una seguridad que, dicho sea de paso, era responsabilidad del propio gobierno de la Ciudad controlar? ¿Sabrá que también Tecnópolis es víctima del desguace generalizado de los bienes del país? ¿Sabrá que el Centro de Producción e Investigación Audiovisual (CePIA) fue desmantelado y que la pareja del ministro Avelutto en persona se encargó de llevar los bienes del lugar a otra dependencia?

En lo que concierne específicamente a la Biblioteca Nacional, durante la gestión de González la institución mantuvo una política de puertas abiertas. Muestras, presentaciones de libros, conciertos, encuentros académicos fueron sólo algunas de las actividades que colmaron sus instalaciones y atrajeron  público diverso. La política editorial de la Biblioteca es otro punto a destacar. Basta con citar la colección Los raros y Reediciones y Antologías, dentro de la que se editó La Argentina Facsimilar, un grupo de publicaciones periódicas difíciles de encontrar que y que desde los temas específicos que abarcan permiten reconstruir parte de la historia nacional con textos de primera mano que reproducen los originales. A esto se suma, por ejemplo, la colección de literatura infantil escrita por grandes autores y la incorporación de la Biblioteca Jorge Álvarez. Por su parte, Raras partituras fue también una puesta en valor del material de la Biblioteca ya que se les encargó a grandes músicos que hicieran su propia versión de ciertas partituras que conforman su patrimonio y las presentaran en un concierto en la propia institución. Esos conciertos fueron grabados y ofrecidos al público en un CD. Estos son sólo algunos ejemplos elegidos al azar de la creatividad de una gestión que desechó la idea de la biblioteca como ordenado depósito de libros y convirtió a la institución en un polo de irradiación cultural. A esto se suma el proceso de digitalización tendiente a facilitar la consulta y la extensión del horario de atención.

Una nota de Silvina Friera en Página/12 toma el testimonio de un trabajador de la Biblioteca Nacional que asegura: “Manguel tiene un doble discurso: públicamente sale a hablar bien de las publicaciones de la Biblioteca, como lo hizo también Pablo Avelluto, pero hacia adentro dice que no hay que hacer más publicaciones en papel, que hay que hacer ediciones digitales. No quiere más papel. ‘Si tenemos que publicar algo, lo publicaremos en convenios con Eudeba’”.

Durante su breve visita Manguel fue entrevistado por Perfil donde declaró que es “consciente del cambio político, de las propuestas, las exigencias de esta nueva administración.” Y aclaró: “Pero, ante todo, yo no soy un político, en el sentido de actividad política. Yo pienso que todo ciudadano es un político y que todas las acciones son políticas, porque pertenecen a la polis. Pero no me han pedido de ninguna manera convertirme en una especie de decididor de quién sí y quién no. No lo haría. ¿Cómo podría hacerlo yo, que ni siquiera conozco la Biblioteca, y mucho menos a las mil personas que hay ahí? Entonces, como lo sabe todo el mundo, hay un plan de… No sé cómo llamarlo”. “De recorte”, lo ayuda el periodista, a lo que el entrevistado contesta:  ”Sí, los eufemismos son muchos. Pero no sé cómo se va a hacer. Elsa Barber (subdirectora de la Biblioteca) y yo hemos dicho que nuestra misión es tener la mejor biblioteca posible, y cuando yo asuma en julio ahí sí puedo ver qué es lo que pasa.”

El futuro, en general, es imprevisible. Los proyectos políticos, en cambio, tienen la lógica implacable del ajedrez. Por eso, resulta imposible no pensar que la Biblioteca Nacional puede tener el mismo destino de desguace que el resto de las grandes instituciones culturales del país.

Una biblioteca para pocos

El horario de atención de la Biblioteca Nacional se fue ampliando progresivamente hasta llegar a una atención de 8 a 24 de lunes a viernes y de 12 a 19 sábados y domingos. Resulta evidente que si se aplican las políticas de recorte que ya se vieron en otras áreas de Cultura, ese horario se va a reducir de manera significativa y que, en consecuencia, se perjudicarán, por ejemplo, los estudiantes que trabajan y que sólo pueden acercarse a la Biblioteca después de las 19.

Deponiendo el criterio elitista que tienen muchas instituciones culturales, además, la programación amplia constituyó una suerte de convocatoria para quienes no son especialistas ni pertenecen al mundo del libro, pero tienen interés en determinadas manifestaciones culturales. La Biblioteca se convirtió en un lugar visitado por gente heterogénea que encontraba en ella una propuesta a su medida. Por supuesto, también esto corre el riesgo de llegar a su fin.

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