Guido Molinari

Las fechas importantes uno las recuerda siempre. Entré a Tiempo Argentino el 25 de octubre de 2012, tres días antes del lanzamiento de El Gráfico Diario, la sección de Deportes donde me tocó trabajar. Desde ese jueves mi viejo guarda cada nota que firmo con letra de molde. Tenía 21 años y un tremendo cagazo por lo que se me venía, pero, por supuesto, estaba muy feliz y entusiasmado porque estaba cumpliendo ese sueño de laburar en una redacción que siempre rondó por mi cabeza  Y no era un lugar más para mí: antes de empezar a trabajar en Tiempo ya era lector de Tiempo. A algunos de mis compañeros ya los conocía y a la gran mayoría no, pero a todos los leía, los quería conocer y a lo largo de estos tres años y pico crecí gracias a sus consejos, a sus palabras y a su forma de entender el laburo como un lugar en el que es imposible pasarla mal.

Cuando entré a Tiempo Argentino era flaco, muy flaco. Con el correr de las picadas, las meriendas y los cierres mi panza fue creciendo hasta estar, por lo menos, diez kilos por encima de aquél momento. Y no lo cuento como queja o como un lamento: en ese estado de nunca negociar una achura logramos un ascenso histórico con mis amigos y ese aumento de peso llegó, en buena parte, por compartir esos momentos con mis compañeros que desde el primer instante confiaron en mí aún cuando recién estaba dando mis primeros pasos en el medio. Desde el primer momento fue así. Por ejemplo, el 2 de diciembre de 2012, 38 días después de entrar al diario, estaba laburando con Beto en la cancha de Vélez viendo mi primera vuelta olímpica. Me tocó viajar mucho cubriendo el ascenso de Independiente, viajé a una pretemporada a Mar del Plata, vi muchas veces partidos definitorios y mis compañeros me empezaron a decir “El coloradito de la suerte”, por victorias casuales de los equipos con los que me tocaba laburar. Cosas insólitas que sólo pasan en una sección hermosa llena de gente loca que ya hará el tan anhelado programa radial “Acá cualquiera dice cualquier cosa”.

Tiempo es  ese lugar ideal donde podemos compartir horas de trabajo y otras tantas de sobremesa después de cada viernes al mediodía de fútbol, algo que extrañamos tanto como nuestros salarios. Tiempo es el trabajo por el que estamos peleando desde hace más de 80 días en las calles. Somos más de 200 familias que queremos volver a laburar y que nos paguen por lo que ya hicimos. En estos meses, entre tantas asambleas, cenas en el diario y actividades y marchas para visibilizar nuestro conflicto, empezamos a conocernos aún más entre las secciones y en este tiempo de mierda pudimos encontrar la unidad. Lo que queremos, en definitiva, es seguir laburando, pasándola tan bien como antes y no tener que ir a nuestra redacción para dormir en colchones, con los bolsillos vacíos.

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