CUANDO SE AFINA EL LÁPIZ EN UNA POLÍTICA PÚBLICA

Por Ana Clara Pérez Cotten – 13 de marzo de 2015

La ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner anunció correcciones al plan Progresar que permitirían sumar a un nuevo universo de chicos al plan. Cubrí el acto en la Casa Rosada como tantas otras veces con una crónica para explicar el alcance de la medida. Yesica y Ana eran parte de ese universo y me pareció que era una buena oportunidad para compartir su historia con los lectores.

Es curioso: no se me ocurre cómo contar esta historia sin usar la primera persona, aún cuando son otros los protagonistas. Conocí a Yésica Brito hace un año, cuando la presidenta lanzó Progresar durante un acto en Florencio Varela. En el intento algo remanido de ponerle rostro a una noticia, escribí unas líneas sobre su historia. Me contó que vivía con su familia en el barrio kilómetro 26 de Varela, que tenía 19 años y que gracias a Progresar había podido anotarse en el primer año de kinesiología en la Universidad Nacional Arturo Jauretche. Estaba entusiasmada porque, por primera vez, iba a tener una tarjeta de débito y dinero para poder cubrir los gastos de la facultad.

Una semana después Yésica me mandó un mensaje de texto. Estaba enojada: no iba a poder recibir el beneficio porque su padre, Pascual, ganaba un poco más del salario mínimo en su puesto de panadero. Me explicó que eran tres hermanos y que sin esos $ 600 no iba a poder empezar la facultad. Con rictus de cuarto poder, llamé a la ANSES y, antes de que pudiera entonar mi queja, el equipo de Bossio encontró solución: esa pequeña diferencia de dinero en el ingreso familiar no podía dejar a las chicas afuera de la facultad. El secretario general de ANSES, Rodrigo Ruete, y el director Nacional de Desarrollo Territorial , Joaquín Desmery, se ocuparon del tema de manera personal y tramitaron la inscripción de Yésica y Ana, su hermana menor, en el plan de Becas Bicentenario. Tomaron nota también de que ese caso individual daba cuenta de un universo de chicos que podían quedar afuera del programa aún cuando lo necesitaran.

Las chicas cursaron durante todo el año varias materias en la facultad, pero –como dice un poema– en el camino hay flores y piedras. En diciembre, Yésica volvió a tener un problema y me escribió. No le renovarían la beca porque no había logrado aprobar todas las materias que le exigían. Había, sí, una última posibilidad: que rindiera y aprobara el examen final del Taller de Lectura y Escritura.

Llegué a la casa de Yésica una mañana de enero con los apuntes del Taller leídos, aunque para ser sincera y dar de baja la estigmatización a las nuevas universidades del Conurbano debo confesar que eran textos complejos y laberínticos. Le advertí que iba a ser difícil, pero como no se amilanó leímos y subrayamos durante cuatro horas algunos apartados del Manual de zonceras de Jauretche. Mientras, Graciela –la mamá de Yésica y el motor de la casa– nos cebaba mate. A la semana siguiente, se sumó Ana, que también tenía pendiente ese examen: leímos el Facundo y discutimos sobre por qué la dicotomía civilización-barbarie cruzaba la historia de nuestro país. En el medio, hablábamos de novios. Graciela me comentó que era una lástima lo de Progresar: los beneficios en los libros y la SUBE que tiene el programa hubieran sido de gran ayuda. Durante la semana, por Whatsapp, repasábamos los conectores y afinábamos las hipótesis de los textos. También asistieron a las clases de apoyo que da la Universidad y el 25 de febrero, por Whatsapp –claro– Ana y Yésica me avisaron que habían aprobado la materia. Escribían, además, “gracias” muchas veces. Les expliqué que la cortaran, que no estábamos en la Iglesia, que era un derecho adquirido.

Ayer, desde el Salón de las Mujeres, les mandé una foto del acto. Era una tarde de anuncios de políticas públicas que apuntan a que cada vez sean más los jóvenes que accedan a estudiar. A partir de ahora, Yésica y Ana serán beneficiarias de Progresar porque el universo de beneficiarios crecerá. Pero el cambio es más profundo: los anuncios dan cuenta de la sinergia virtuosa que se activa cuando se afina el lápiz en la aplicación de una política pública y de que, en verdad, en camino de la profundización trasciende el calendario electoral.

Antecedente

Ana y Yésica no podían acceder al plan porque el salario de su padre apenas superaba el básico.

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