Tu querida presencia

Por Alejandro Wall – 27 de mayo de 2010

Un encuentro poderoso: unas semanas antes del Mundial 2010, Maradona recibió a Carlos “Calica” Ferrer, compañero de viaje de Ernesto Guevara por América, que le regaló tres ejemplares de su libro De Ernesto al Che. Uno de ellos integró la biblioteca que la Selección llevó a Sudáfrica.

Carlos “Calica” Ferrer sólo quería decirle “Hasta la victoria, siempre, Diego”. Ezeiza, durante el mediodía del sábado, era un amontonamiento de periodistas hambrientos de un futbolista. Calica, con un poco de frío, observaba la práctica de la Selección apoyado en uno de los carteles del costado de la cancha. Estaba metido entre las cámaras de la televisión, pero con la mirada del fan. “Es alto Romero, eh”. “¡Qué jugador Burdisso, che!”. “Me lo perdí a Messi”. La maravilla rosarina se había acercado a tirar un córner, a pocos metros de él, pero los ojos de Calica estaban puestos en Diego Maradona. Bajo el brazo guardaba tres libros envueltos en una bolsa amarilla: uno de ellos tenía una dedicatoria para Diego. Tres horas después lo pondría sobre sus manos.
Calica nació en Alta Gracia, Córdoba, hace 81 años. Nadie –o casi nadie- lo reconoció en Ezeiza. El 7 de junio de 1953, Calica se tomó un tren en la estación de Retiro. Ahí empezaba su viaje por Latinoamérica. Lo acompañaba Ernesto Guevara, su amigo de la infancia, que había llegado de pequeño a la ciudad cordobesa para aplacar su asma. Cuando iniciaron la travesía, Ernesto ya era médico. Pero todavía no era el Che. En ese segundo y último recorrido de Guevarra por los países al sur del Río Bravo -el primero lo había hecho junto a otro cordobés, Alberto Granado-, se produciría la evolución. El libro que escribió Calica, por eso, se llama “De Ernesto al Che”. El final es más o menos conocido: Calica se quedó en Venezuela y volvió a la Argentina para formar una familia. Ernesto hizo una revolución en Cuba.

Ahora Calica está sentado en unos de los dos sillones ubicados en el hall del complejo de la AFA. Sólo habitan la sala empleados del lugar y miembros del cuerpo técnico. Andrés “Coco” Ventura, jefe de prensa de la Selección, va de acá para allá: con distintos métodos de convencimiento intenta que los jugadores del plantel atiendan a la prensa que afuera espera apelotonada sobre una valla. Cada vez que un jugador abre la puerta para salir en busca de sus autos, el grito de los periodistas se cuela hacia adentro.

Una periodista catalana, además, espera por Fernando Signorini. El preparador físico de la Selección fue el artífice de que Diego conociera a Calica –y viceversa. Signorini, guevarista y amante de los libros y la música, estuvo en el primer encuentro entre Diego y Fidel Castro. Ocurrió después de México 86. La agencia de noticias Prensa Latina había elegido a Maradona como “El deportista del Año”. Los periodistas Pablo Llonto y Carlos Bonelli fueron hasta su departamento de la avenida Libertador para llevarle la invitación de la Embajada de Cuba. Diego viajó a La Habana, como siempre, junto a toda su familia. También lo acompañó Signorini. Y Bonelli, que desde la isla caribeña le contó a Llonto lo que Diego decía: “¡Qué fenómeno este país, no vi un sólo pibe descalzo!”. Diego nunca abandonaría Cuba. Y Cuba nunca abandonaría a Diego.

Aquella vez, cuenta Signorini, Fidel le entregó libros sobre el Che. El sábado, Calica le dio su libro a Signorini. Otro, además, se lo dejó para los jugadores de la Selección.
De pronto, el ambiente de Ezeiza olió a habano. El mundo se frenó y Maradona caminó sobre él. Vestido con el uniforme oficial de la Selección, Diego fue directo a Calica. Le estiró la mano. Todos miraban, incluido el cronista, privilegiado de esa intimidad.

-Diego, aquí está mi historia con Ernesto para que las disfrutes.

Maradona, amable y sonriente, agradeció y ojeó apenas el libro. En una mano llevaba una bebida deportiva; en la otra, el tabaco humeante. Calica le mostró alguna de las fotos con el Che. Y le contó que horas antes había estado en la Embajada de Cuba porque las huestes de Hilda Molina preparaban un escrache. “Ah, los de Hilda Molina”, atinó a comentar Diego cuando Calica lo interrumpió para decirle que le enviaba saludos el embajador. Diego los retribuyó. Le dio un abrazo a Calica, posó para una foto y, con el libro en la mano, marchó a mirar cómo Diego Milito, con el Inter, se llevaría puesto al Bayern Munich.

“Verlo a Maradona fue muy emotivo. Es querible y simpático. Y es sensible a las cuestiones sociales por las que fue asesinado el Che”, cuenta Calica mientras la autopista Ricchieri lo alejaba de Ezeiza, “además, al aceptar el saludo de la Embajada cubana Diego demostró que no es un ingrato con la Revolución”. El cronista, entonces, le recordó que no le dijo “Hasta la victoria, siempre, Diego”, como había pensado. “Es cierto, pero se lo puse en la dedicatoria. Al Gran Diego, con mucho afecto, un abrazo guevariano. Hasta la victoria, siempre”. Y debajo de su firma: “Ezeiza, 22 de mayo de 2010”.

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