“Todo lo que hicimos me dejó pleno”

Por Majo García Moreno – 8 de febrero de 2014

Durante casi 40 años fue el plomo e inseparable compañero de ruta de Spinetta. Hoy termina las reformas del estudio La Diosa Salvaje y espera reinaugurarlo con los inéditos del Flaco. “Laburé para el mejor, y de lo que me gusta”, afirma.

Fue durante un recital, en Neuquén o en el sur del Gran Buenos Aires, da igual. Spinetta estaba en pleno show cuando Aníbal entró en escena a arreglarle la guitarra. Desde la platea se escucharon gritos, abucheos propios de un show donde lo que importa es que se siga adelante. Luis se acercó al micrófono y fue contundente: “Desenchufo la guitarra y te la parto en la cabeza. A mí decime cualquier cosa pero a él no le digas nada”. La reacción, recuerda Aníbal y sonríe, tal vez fue algo desmedida pero ejemplificadora del vínculo que construyeron. “Para él era que no me toquen a mí porque se pudría”, cuenta. Y la lealtad era mutua. Cuando alguien gritaba pidiendo algún tema, y se ponía pesado, el radar Barrios lo identificaba. En algún momento él se metía sigiloso entre la gente y con suavidad le tocaba el hombro al gritón de turno advirtiéndolo que el Flaco ese día iba a hacer lo que tuviera ganas.

Bastaba un fugaz cruce de miradas desde el escenario, un gesto, una palabra, para que se entendieran. Uno era la cara visible, el artista, el artífice y creador de algunas de las poesías más bellas del rock en español. El otro su mano derecha, su ángel guardián, su plomo y compañero de ruta. Luis Alberto Spinetta, a quien hoy se lo extraña sólo un poco más al cumplirse dos años de su muerte, tuvo en Aníbal “La vieja” Barrios, o “Ani”, como él lo llamaba, a un amigo tan eterno como sus canciones.

Creció en el barrio de San Fernando, entre pelotas, herramientas de construcción, canchas de fútbol y audiciones en el club social. Hijo de un maestro mayor de obras de descendencia española y de una ama de casa, Aníbal Barrios es el mayor de cinco hermanos. “Mi abuelo murió a los 101 años, tuvo 15 hijos. Lo subieron a un barco desde España cuando tenía 10 años, allí conoció a mi abuela y comenzaron su relación. El único recuerdo que tengo de él es que me sentaba en su pierna y me hacía “ico, ico, caballito”, rememora hoy en un café de Villa Urquiza, en un atardecer lluvioso de verano “La vieja”, como se lo conoce en el mundillo del rock a Aníbal, el plomo histórico de Spinetta.
En marzo cumplirá 59 años, de los cuales casi 40 los pasó al lado de Luis. Fue su sombra, su protector, su confidente, su aliado. Los recuerdos le invaden la memoria. Pide disculpas cuando abre un paréntesis en el relato, interrumpe para saludar a algún vecino, se preocupa por saber del otro, escucha atento y matiza su hablar. Pausado y reflexivo cuando rememora a Luis y algo rapidito cuando se entusiasma contando entretelones de su oficio.

“En casa se escuchaba la música que había en ese momento, folklore, cumbia. En las sociedades de fomento juntaban plata e invitaban a artistas. Me acuerdo que lo llevaron a Aníbal Troilo. Ese es uno de mis primeros recuerdos de ver música en vivo. En ese entonces yo iba al colegio, hacía los deberes y las tareas que papá nos dejaba para hacer a la tarde. Había una organización familiar. Yo salí culo inquieto como mi viejo”, confiesa Barrios. Deportista nato, cuenta que practicaba fútbol, vóley, que se probó en Argentinos Juniors y a los 15 abandonó. Por eso, recuerda con especial cariño los partidos con sus colegas y los largos desafíos de ping pong que jugaba con el Flaco en su estudio, La Diosa Salvaje.

Aníbal creía que iba a ser futbolista, después arquitecto (“mi viejo estaba chocho”, revela); más tarde técnico electrónico. Su primer trabajo, cuando todavía estaba en la escuela, fue ayudando a su padre. “Le llevaba los planos a la Municipalidad, a los arquitectos, me gustaba mucho. Cuando un vecino se reformaba la casa él los ayudaba y hoy por hoy yo soy así. Aprendí un montón. Íbamos cuadras y cuadras a ver quién necesitaba algo. Mi viejo era de hablar poco pero cuando hablaba te dejaba bien en claro lo que te quería decir, te llegaba bien el mensaje. Yo intento ser así, trato de ayudar a quien lo necesita, tengo esta crianza de creer que hay que resolver de la mejor manera, no así nomás, que los arreglos que uno haga duren”.

– ¿Cuándo empezaste  a trabajar como plomo?
– Tenía un amigo tres años más grande que yo que, como yo ya estaba medio cansado de jugar al futbol, me invitaba a su casa y escuchábamos Beatles, Deep Purple, Spinetta. Yo no entendía nada… estaba estudiando electrónica. Duré un mes y dije “maasí”. Después otro amigo que tenía una empresa de camiones y laburaba con un grupo del barrio me pidió que lo acompañe a un show en un club social. Yo tendría 17 años y ahí veía la batería, la guitarra, teclados. Fui dos, tres veces a acompañarlo y era el comodín. Un día me preguntó si quería trabajar. “Pero mirá que te van a pagar, eh”, me advirtió. Y así empecé a trabajar con ellos durante tres años. Se disolvieron, seguí con uno de los músicos en otro grupo que se llamaba Los Sátrapas y después el manager de ellos me llevó a trabajar con César “Banana” Pueyrredón.
 –¿Qué recuerdos tenés de esa época?
– Fue a comienzos del ´74 y ahí ya era más profesional, ya laburaba con Emi Odeón, y era otra producción. Trabajé cinco años pero antes del primero ya participé de la grabación de un disco. Me acuerdo que un día me hicieron ir bien vestido y era para salir en la foto de un long play. ¡Fue el primer disco en el que aparecí!

Aníbal no recuerda exactamente cómo conoció a Luis, pero sí cuales fueron sus primeros trabajos a su lado. Estaba empleado en la empresa de sonido de Toro Martínez y Héctor Starc y participó en los conciertos que dio Almendra en su regreso, en diciembre de 1979. Inmediatamente se unió a la gira El Valle interior (1980), viajó con Spinetta Jade, otro Obras con Serú Girán y nunca más se separó del flaco. “Para ir a los festivales nos juntábamos en Cabildo y Juramento y llegaban a buscarnos esos micros antiguos, era terrible. ¿Sabés lo que era llegar a La Falda? Ese fue mi primer trabajo groso, de no volver durante meses a mi casa”, recuerda Barrios. y agrega: “Después de los Obras del 80 tardamos nueve horas para cargar el camión. Ahí se paró la producción y dijo: ‘si vamos a tardar esto en cada lugar de la República Argentina, no salgamos del país porque no llegamos a ir a todo el país”. Faltaba experiencia y eran muchas cosas. Íbamos en auto, combi, vans, parecíamos hormigas. Edelmiro (Molinari), Luis y todo el resto abrieron el camino. Yo creo que si te bancabas eso, te bancabas todo, después iba mejorando. Me acuerdo que fuimos directo a La Rioja y cuando llegamos al hotel prendimos la radio y escuchamos que habían matado a Lennon. Nos pegó muy fuerte. Los músicos sabían que al otro día tenían que tocar y era una cagada. Era alguien que hizo bien a la música mundial”.

– ¿En esas giras sentiste que eso era lo que te gustaba hacer?
– Sí, y eso que había muchísimo laburo, éramos todos muy responsables, puntuales. Yo no lo quiero decir, pero laburar con el mejor… sólo con su presencia hacía que vos laburaras bien. Entonces nunca nos peleábamos ni con productores ni iluminadores. Si Luis los llamaba, nadie llegaba tarde.
– ¿Se extrañan las giras?
– Mucho, y más con la gente con la que fuimos trabajando a lo largo de los años. Yo me quedaba con los choferes, como Crónica “junto al pueblo”. Les decía a uno de los choferes “andá a dormir” y me quedaba con el otro. Tomábamos mate. A mí con dormir una hora profundamente me alcanza y tengo mucha energía. Íbamos contando chistes, escuchábamos a Tarufetti, era una pequeña masa de gente responsable y lo pasábamos bien. Si había que parar porque algo le pasaba al micro nadie se quejaba. Y eso no pasa muy seguido.

Para Aníbal cada salida además de mucho trabajo era otra aventura y nuevas responsabilidades. Unos días antes de subir al micro se iba a la carnicería del barrio y compraba un matambre. “Entero ¿eh? Porque ahora de uno te hacen dos”, aclara. Con cuidado y mucho amor lo preparaba, lo condimentaba (“picantito pero no tanto porque a muchos no les gusta”), compraba pancitos de manteca, hacía un tupper grande de ensalada rusa (aunque a Luis no le gustaba) y cargaba calladito su mochila, hasta que en plena ruta se develaba el secreto: “Cuando el chofer tipo 11 de la noche me decía de parar yo le contestaba que siguiéramos de largo. Me iba al fondo, pedía un ayudante para cortar la carne y armar los sandwichitos y Luis me miraba y no la podía creer. ´Noooo, ¿no ves que sos un genio? Mirá esto`, me decía. Y así seguíamos de largo para descansar más en el hotel. Nos divertíamos, era como una familia”.

– ¿Cómo pasaste de ser su plomo, su compañero, a su gran amigo?
– Él acuariano, yo pisciano, yo no entiendo mucho pero algo tendrá que ver. Siempre nos llevamos bien, fue natural. Él me cuidaba más a mí que yo a él. Arriba del escenario yo estaba pendiente todo el tiempo pero abajo él estaba pendiente de mí. Estar tantos años con él, hacer todo lo que hicimos me dejó pleno en mi vida. Yo puedo trabajar con Jairo, Los Tipitos, Javier Malosetti, a quienes quiero mucho  y ellos creo que a mí también, pero Luis llenó mi vida. Conoció a mis hijos, a mi nieta, a quien bautizó Björk porque la veía parecida, la tuvo en brazos, estuvo cuando murieron mis padres… Yo no puedo pedir más, ni nunca hubiera pedido más. Son esas cosas que para otros serán una pavada pero a mí me hizo participar de su familia. Yo adoro a sus hijos, a sus sobrinos. Me va a costar mucho, pero todo a su tiempo. A veces pongo un disco un ratito, me agarra algo, un ataque, no sé cómo llamarlo. El otro día vi el micro nuestro y sabés lo duro que fue… Extraño nuestros códigos. Cuando Luis se iba al fondo del micro y me abrazaba y me decía “¿Podemos parar, Ani?”. Le gustaban mis tortas fritas, mi guiso de mostacholes…
– Tus famosos mates…
– Sí, pero los dos cebábamos. Luis también. Él me cebaba a mí y yo le cebaba a él. Fuimos grandes amigos. Llevo una alegría enorme de tantas giras, muchos años al lado de él, de estar en las Bandas Eternas con todos esos musicazos. El otro día fui a ver la película sobre Pescado Rabioso y  aproveché la oscuridad y se me caían las lágrimas. Aparezco con él, son momentos… pero tiempo al tiempo.

La panadería está en el mismo sitio, según dicen, haciendo las mejores facturas del barrio, la parrillita abre todos los días en la esquina de siempre, el puesto de diarios, las casas, los semáforos, los vecinos siguen allí. El barrio cambió poco, sólo algunas construcciones edilicias más allá de la plaza y pocos carteles de venta/alquiler. Pero hay un mural pintado con una imagen de Almendra, una escultura, emplazada en Roosevelt y Triunvirato que materializa la ausencia y miles de firmas de vecinos de Villa Urquiza que piden que se cambie el nombre de un tramo de la calle Iberá al de Luis Alberto Spinetta. El barrio lo extraña.

“Luis estaba chocho acá. Estábamos en la vereda después de un ensayo y toda la gente saludaba y me decía: ‘qué simple que es el Flaco, qué respetuoso’. Y lo miraban de otra manera. Yo les decía ‘es de carne y hueso’. Un gran vecino. Todos o casi todos firmaron para que cambien el nombre de la calle. Se lo extraña mucho en el barrio, nunca había quilombo, nunca salió en la tele por ningún lío, era muy familiero, cocinero. No era un loco como algunos se imaginaban porque era famoso. Cocinaba como los dioses”, recuerda Barrios.

El amor y la generosidad del Flaco a lo largo de su carrera tuvieron su gran recompensa en uno de los días más felices de su existencia: el inolvidable concierto de Spinetta y Las Bandas Eternas, el 4 de diciembre de 2009 en el estadio Vélez.  Aníbal lo recuerda con especial cariño y emoción. “Fue también una recompensa para los que no somos músicos, para mí, para los técnicos. Fue volver atrás, reencontrarme con Emilio (Del Guercio), Rodolfo (García), Edelmiro. Estar otra vez en un escenario con ellos. Algo que no sabía que iba a volver a suceder. Fue mucho trabajo y fue muy movilizante para mí poder hacerlo, llegar bien con la edad. Fue muy lindo, yo me la pasé llorando. Bocón Frascino, (Carlos) Cutaia, David (Lebón)… volverlos a tener a todos arriba de un escenario fue increíble”.

– Y Luis estaba muy emocionado y feliz…
– Sí, fue el único músico en el mundo que tocó cinco horas y 20 minutos seguidas. Vos me podés decir Amnesty o lo que sea pero ahí eran muchas bandas… Él fue el único artista que nunca bajó.  Yo estaba ahí y pensaba: “Ya está ¿Qué más? Laburar para el mejor, y de lo que me gusta”. Después quedaron los DVD, los libros de fotos, pero no los vi todavía. El otro día, el del cumple de Luis (23 de enero) lo iba a abrir pero no pude. Me vino a la cabeza que yo en sus cumples iba al estudio, le silbaba, le tocaba el timbre, le daba el regalo… y es jodido.

Aníbal sonríe otra vez, revolea los ojos y rápidamente vuelve a sostener la mirada. Cuenta que odia viajar en barco, que adora los aviones, que se está por ir de vacaciones y que no puede estar mucho tiempo sin trabajar. Que prefiere los mates amargos pero que con su mujer toma dulces, que su nieta está más grande y que él tuvo que bajar de peso por prescripción médica.
Sacude su mano despidiéndose, cruza la avenida y se lleva con él su historia, sus recuerdos de amistad, de trabajo y de amor perpetuo.

Estudio con historia

Por estos días Aníbal finaliza junto a Valentino Spinetta (uno de los hijos del Flaco) las reformas del estudio La Diosa Salvaje. Mientras trata con albañiles, carpinteros y técnicos cuenta que la premisa definitiva es que todo sea con energía positiva. “Es un lugar con tanta historia, tanta música, ensayos de gente tan grosa. El Mono Fontana, Malosetti, Jota Jota Morelli, Kuryaki, Geo Rama y ni hablar de Luis. Hay que ponerle buena onda y cuando empiece a funcionar va a ser con los temas de Luis a todo volumen y a disfrutar lo que se hizo”, anticipa Barrios.

–¿Hay siete temas inéditos del Flaco, no?
–Sí, los grabó con Rodolfo (García) y Daniel Ferrón. Hay que mezclarlos e inaugurar el estudio con la mejor. Se nos caerá una lágrima pero también es ponerlo en movimiento, que es lo que hablamos siempre con Valen. La buena onda, la buena música.
– Va a ser un estudio con la huella de laburo y profesionialismo que dejó Luis
–Exactamente, para laburar y hacer buena música. Que sea impecable, que lo cuiden y lo aprovechen para grabar.

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