Alfredo Pesquera, una vida al servicio de la novela negra

Por Ricardo Ragendorfer – 29 de diciembre de 2013

Desde que su cuerpo apareció desparramado con un tiro en la sien dentro de su auto en Saavedra, hace ocho días, el empresario saltó a la lúgubre fama otra vez. Las confesiones de un hombre desesperado por el dinero fácil. La historia de un estafador. Un tema muy actual por razones que son de dominio público.

Ya de por sí, el asesinato de Miguel Ángel Graffigna, quien se proclamaba financista, remite a una novela negra. Aquel tipo –hallado el 7 de junio en su flamante Peugeot RCZ con la cara explotada por un balazo– era el mismo que en febrero de 2011 fue preso –y, después, sobreseído, junto a su ex esposa, la bailarina de caño Romina Iddon– por el crimen de una pareja swinger para quedarse con un Picasso.
El súbito final de Alfredo Pesquera –quien el 21 de diciembre se voló la tapa de los sesos en su camioneta BMW X6– tonificó el carácter casi fantástico del asunto. La policía lo buscaba por haber liquidado a Graffigna. Dada su calvicie, parecía una ironía que una de las pruebas en su contra fuera un cabello secuestrado en la escena del hecho. No era la primera vez, por cierto, que sucumbía bajo alguna broma del azar.
EL SOCIO DEL SILENCIO. Durante la noche del 24 de junio de 2000 comenzó el velatorio del cantante Rodrigo Bueno en el salón de actos de la Municipalidad de Lanús. El país entero estaba pendiente de ello.
En ese mismo instante, Pesquera hacía zapping en su dormitorio. Todos los canales mostraban la ceremonia fúnebre, junto con una hipótesis inquietante: la acción de un sicario al servicio de la mafia bailantera. Y repetían su nombre una y otra vez. “Están hablando de vos, Alfredo”, dijo, innecesariamente, su esposa. Pesquera asintió en silencio. En realidad, aquel hombre tenía grandes razones para permanecer en el anonimato.
Cinco años antes, Pesquera vivía en La Plata dedicado a la presunta venta de autos importados que decía obtener en un depósito fiscal. Los precios que pedía eran tentadores y se podían saldar en cuotas. De modo que cerró tratos con varios interesados. Pero jamás recibieron nada a cambio de sus pagos. Al principio, él justificaba los atrasos esgrimiendo variadas excusas; luego, se hizo humo. Había un tendal de deudas y acreedores.
Los damnificados se fueron relacionando entre sí mientras intentaban dar con Pesquera. Así se articuló una causa por estafas reiteradas en el Juzgado de Transición N° 4, a cargo de Carmen Palacios Arias. Pero la pesquisa se estancó por una simple incógnita: el lugar de residencia del acusado. Por ello, jamás pudo ser citado a declarar. El paradero de Pesquera era un secreto insondable. Y su existencia adquirió una impronta nómade.
Se sabe que, al principio, recaló en domicilios de las afueras de La Plata, Ensenada, Berisso y City Bell, hasta que, en el mayor de los sigilos, buscaría nuevos horizontes en la Ciudad de Buenos Aires. Desde entonces, alternaría la venta “por derecha” de equipos de computación con otros menesteres “por izquierda”.
Y en virtud de ese añejo expediente, debía seguir cultivando un riguroso bajo perfil. En ese contexto, su destino se topó con la peor de las desgracias: protagonizar un accidente fatal con el ídolo nacional del momento. “Están hablando de vos, Alfredo”, volvió a decir su esposa. Por toda respuesta, Pesquera apagó el televisor.
LA JAURÍA HUMANA. La causa contra Pesquera por la muerte de Rodrigo y Fernando Olmedo en el accidente de la autopista fue caratulado como doble homicidio culposo y lesiones en concurso real. Mientras tanto, su escurridiza figura se convirtió en el misterio más codiciado por la prensa. Sin embargo, él persistía con éxito en ocultar su rostro. No así su nombre.
La jueza Palacios Arias –que seguía al frente del expediente por las estafas– sintió un ramalazo de adrenalina al respecto. Pero el comisario Juan Carlos Ghillino no se mostró muy optimista. “Quizás es un homónimo, doctora”, le dijo. “Investigue el asunto a fondo”, fue la respuesta. El policía cumplió. Pero tardó seis meses. Recién entonces fue al juzgado para anunciar: “¡Es nuestro hombre!”
Los intentos de Ghillino en dar con Pesquera fueron infructuosos. Entonces, fue reforzado el personal de esa búsqueda con policías especializados en tareas de inteligencia. Ellos no tardaron en averiguar la dirección de Pesquera. Y una comisión de 16 hombres armados se lanzó a su captura. Regresaron con las manos vacías. “El tipo dio un domicilio falso, doctora”, fue la justificación de Ghillino. La jueza lo miró con un dejo de ofuscación. La incertidumbre de los policías era ahora mayúscula. Pero, tras un meticuloso chequeo de datos y fuentes, los “especialistas en inteligencia” descubrieron un pequeño error en su trabajo: en vez de ir a un edificio de la calle Sánchez de Bustamante, en donde Pesquera realmente vivía, allanaron un inmueble habitado por ocupas en la calle Sánchez de Loria.
Pesquera fue finalmente detenido a las 7:50 del 10 de marzo de 2001. En las esquinas había hombres apuntando con armas largas. Y un doble anillo de contención. El prófugo fue atrapado en compañía de su pequeño hijo, al que llevaba a esa hora al colegio. Terminó alojado la comisaría 6ª de La Plata. Allí un fotógrafo policial lo retrataría de frente y perfil, antes de filtrar una copia a un semanario de actualidad por sólo mil dólares. Pesquera fue esa semana la nota de tapa. Su rostro había dejado de ser un enigma.
El desafortunado comerciante estuvo sólo 31 días tras las rejas. En 2002 fue absuelto en la causa por la muerte de Rodrigo. Luego sería condenado a un año y tres meses de prisión en suspenso por la causa de los autos.
LA PREMONICIÓN. Pesquera tenía una pesadilla recurrente: chispazos en la oscuridad de la autopista y una camioneta Explorer dando siete tumbos. Lo reconoció en una entrevista efectuada por el autor de esta nota a finales de 2006 para el programa Mal entendido, de la señal Ciudad Abierta.
En aquellos días, ya con la pena cumplida, estudiaba Derecho, alquilaba oficinas “por horas” en un edificio de Puerto Madero y también poseía otras fuentes de ingresos sobre las que prefirió no hablar. En cambio, fue expansivo al enumerar las amenazas recibidas. Y se detuvo a describir una en particular: “El tipo me puso en la panza una pistola con una bala en la recámara. Le di un cabezazo y él me golpeó la frente con la culata. Luego, forcejeamos. Al final, salí bien librado del asunto”. Era como si, con seis años de anticipación, relatara su riña final con Graffigna.
A fines de mayo, durante un encuentro casual en Retiro, frente a la Torre de los Ingleses, Pesquera anticipó su inminente partida a los Estados Unidos. “Es por un tratamiento oncológico”, dijo, con un dejo de resignación. Es posible que ese viaje no se haya concretado. Días después despacharía de un balazo al presunto financista.
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