“Si uno pudiera estar mucho más conectado con el sueño tendría una vida más creativa”

Por Majo García Moreno – 17 de mayo de 2014

El director presenta hoy en la Competencia Oficial de Cannes su última película, Relatos salvajes. Cinéfilo desde niño, extraña las épocas en las que sólo era espectador, reflexiona sobre la TV actual y la ficción como reflejo de la realidad.

Escribe una palabra y pegadita otra que debería ir cuatro, cinco lugares más allá. La cabeza le funciona mucho más rápido que los dedos que, apurados, quieren no perderse nada. Un hombre que maneja a toda velocidad y quiere llevarse por delante a quien se le cruce, una propuesta que avergüenza, un casamiento trágico o un misterioso encuentro en un avión, son ideas que de repente se apoderan de su cabeza, muchas veces durante los sueños, y se reformulan en la vigilia. Hoy, seis de esas ficciones que construyó a base de anotaciones en cuadernos con dibujos forman parte de la película Relatos salvajes, que tendrá su premier mundial en el 67º Festival de Cine de Cannes en el marco de la Competencia Oficial. Damián Szifrón es, ante todo, un creador de historias. Y, como los grandes creadores, está haciendo historia.

–¿Por qué los relatos se convirtieron en una película y no en seis?
–Porque comparten una energía, un universo. Escribí varias historias y fui recordando hasta que armé ese combo y apareció el título: Relatos salvajes. Todos los relatos comparten el salvajismo. La yuxtaposición de estas seis historias me dio el título.
–¿Cómo fue el proceso creativo?
–Traté de intervenir lo menos posible en lo que en el cerebro se iba presentando y en las imágenes que iban apareciendo. Tenemos un cerebro mucho más potente de lo que creemos. Cuando soñamos somos hasta arquitectos, inventamos espacios que no existen en la realidad y somos grandes directores con una fábrica de efectos especiales. Yo trato de tomar un poco de eso que pasa con el cerebro en la noche también en la vigilia. Si en otros casos mi parte consciente condena a todo el relato a ir hacia algún lugar, en este caso me di la libertad de pensar “hoy apareció esto”. Un hombre iba por la ruta y me animé a seguirlo.
–¿Cómo bajás tanta información de la cabeza al papel?
–El cuerpo no me responde ni remotamente a las exigencias de mi cabeza. Escribo mucho en cuadernos. Lápiz, papel y hojas blancas lisas. No me gusta ni el condicionamiento de los renglones. Y hago dibujitos. Cada vez más estoy con este estilo de que aparezcan las imágenes y la escritura como un vehículo del placer. Cuando no tenés la exigencia de contratos que cumplir, es buenísimo. Yo pude tomarme unos años para escribir. Parece una frase para burlarse, pero todo es mejor desde el placer. Creo que el placer es algo que habría que tenerse mucho más en cuenta que lo que se tiene en la vida cotidiana. Se lo deja para último momento y debería ser el estado en que tomás todas tus decisiones porque son mucho más lucidas.
–Tener tiempo libre, el ocio, está subvaluado, ¿no creés?
–Al ocio se lo estigmatiza desde muy temprano. Creo que las nuevas tendencias educativas tendrían que tenerlo más en cuenta. La idea de que el ocio es dañino me parece fatal. Ojalá hubiera tenido mucho más tiempo libre en la infancia. Y también me parece terrible el opuesto. El exceso de horario que hay que tener para dedicárselo a cosas prediseñadas por algún programa o ministerio. Tengo una hija de 5 años y que se tenga que despertar tan temprano todos los días me parece tremendo, antinatural. El sueño me parece un espacio necesario. Si uno pudiera estar mucho más conectado con el sueño, pienso que tendría una vida más creativa.
–¿Mucho de tu materia prima creativa sale del sueño?
–Sí. En algún momento tuve la teoría de que lo importante para el ser humano es lo que le pasa mientras duerme. Durante el día uno debería dedicarse a comer, a juntar energía y dejar que le pasen cosas para luego, cuando dormís, procesarlas y que a la mañana cuando te despertás aparezcan como en una revelación o pistas de hacia dónde tenés que ir.

Szifrón mira cine desde muy chico. Superman a los 3 años, Django, de Sergio Corbucchi, a los 5 o seis. Era capaz de ir dos o tres veces por semana al cine y hasta ver más de una película por día. Siempre junto con su papá, Bernardo, su gran guía y principal cómplice.

–¿Cómo sos hoy como espectador?, ¿sos exigente o intentás despojarte de prejuicios?
–Me encanta filmar, amo escribir, todo lo hago con mucho placer y dedicación, pero extraño muchas veces la época donde sólo era espectador. El simple hecho de que te guste el cine, sin ser crítico, ni director, ni nada, y disfrutar del caudal de información y belleza –en el mejor de los casos– en esa sala oscura donde no tenés que demostrar nada a nadie, simplemente incorporar, recibir. Hago mucho esfuerzo para escribir, y para dirigir bien, pero de lo que no tengo duda es de que era un muy buen espectador de cine. Todo gracias a mi padre que me abrió ese camino y me llevó al cine desde chico. Para mí no había nada mejor. Yo iba al videoclub a esperar el camioncito de AVH con las pelis que llegaban de las distribuidoras. Tenía la revistita en mi casa y ya las esperaba. Me interesaba hablar sobre Coppola o Woody Allen más que jugar al fútbol y hoy entiendo por qué, porque era riquísimo. El cine te abre muchos mundos, universos, te conecta con la historia, con la gente.
–Pero creo que no dejás de ser espectador, sino que tenés el ojo entrenado. Tal vez la diferencia es que ahora, cuando te gusta mucho algo, le buscás el porqué.
–Eso es verdad. Cuando trabajás, hay cosas que te dejan de influir de una forma tan pura porque probablemente te estés midiendo o estés juzgando como lo harías vos desde un saber que empezás a tener. Hace un tiempo me anoté la siguiente frase: “Hace mucho que una película no me llega al alma”. Lo que no sé es si el problema está en las películas o en mi alma. Pero de pronto aparece algo que rompe cualquier barrera. A mí Breaking Bad me pareció sublime. Es una serie, pero de pronto apareció eso y sucedió lo que me pasaba de chico con Duro de matar o Los intocables de Brian de Palma.
–Es que dentro de la cultura popular las series están ocupando un lugar de predominancia y atención que antes tenía el cine.
–Totalmente, y hay que usar la televisión como corresponde, usarla bien. La tele es un medio que te permite durar en el tiempo con una historia, indagar sobre personajes que a veces en una película no podés. Te permite una interrupción entre un episodio y otro que genera un montón de imágenes en el espectador que está esperando lo que va a venir. Es como leer una novela larga: la leés, la interrumpís, hacés otras actividades, pero estás conviviendo con esos personajes. La película es una experiencia que termina en dos horas y tiene una forma diferente de entrar a tu organismo y tu imaginación. Hoy esas series están hechas con una ingeniería más que cinematográfica, con guiones que están construidos mejor que el 90% de las películas. Para mí, así tiene que ser y esa es la naturaleza pura del invento llamado televisión. Pero también se puede hacer cualquier cosa y programas que no tienen ninguna trascendencia ni para los que lo hacen, llenan un espacio.
–Con Los simuladores, en su momento, se abrió una posibilidad hacia un nuevo tipo de ficción, pero parece que no fue tendencia.
–No fue trending topic (risas).
–¿Creés que en la TV actual habría lugar para un programa como Los simuladores?
–Estoy tratando de que haya y estoy en conversaciones con un canal y queriendo impulsar un proyecto. Creo que se va a poder hacer, pero no noto que esa sea una búsqueda o un requerimiento, entonces no sé cómo. Creo que se busca al revés, que da miedo que haya una novela o un unitario todo escrito, entonces, desde ese lugar están incentivando a la improvisación y a la mediocridad. La TV no es joda, podés ser más o menos virtuoso al escribir una historia pero esta se beneficia del tiempo, de las opiniones de los demás, de que circule, son cosas que van edificando y fortaleciendo la historia.
–Truffaut decía que para hacer una película sirve desde un viaje a la Luna hasta una receta de cocina. ¿Vos creés que todo se puede filmar? ¿Dónde encontrás hoy la inspiración?
–Sí, todo, si no, mirá la televisión (risas). Además, las personas somos muy capaces de dar sentido a algo que capaz no lo tiene. Sobre un tema puedo hacer una cosa y vos otra, y después las juntamos y alguien puede creer que es una genialidad. Algo se va a estar narrando para el espectador, algo se está construyendo. El caos para los ojos de las personas medio no existe, le damos permanentemente sentido a todo. Hay cine donde gran parte de ese trabajo de dar sentido lo hace el espectador y me parece válido. Creo que ningún cine debería dejar de hacerse. A mí hay muchas cosas que me gustan, y pocas que me fascinan. Veo El padrino o Carlitos way o Él de Buñuel y me encantan, y eso le pone fin a un montón de discusiones.
–Y, por lo general, ¿qué es lo que te conmueve y te fascina: la historia, la construcción del relato, la técnica, el conjunto de todo eso?
–La totalidad. Lo sublime es la conjunción del pensamiento y el sentimiento actuado. Cuando eso se produce, ahí está todo, captura un pedazo de realidad. Eso es lo que a mí me distancia, capaz, de películas más contemplativas o que no tienen tanta ficción, y es que para mí la ficción es un pedazo de la realidad humana. Somos máquinas de fantasear historias de amor, de violencia. Yo en mi mente mil veces me agarré a trompadas y en la realidad muy pocas. Son imágenes que voy teniendo que no existen. Pienso que la ficción refleja de manera más profunda a la especie humana que un cine que los exhibe como si fueran animales en observación. Y no digo que no debe ser fascinante. Pero cuando se habla de cine realista, a veces digo: ¿qué es esta realidad?

“No soy snob al pensar en el público”

– En tu carrera lograste lo que muchos colegas aspiran que es crear un producto popular, de alcance masivo, y con el visto bueno del ojo entrenado ¿Te considerás un artista popular?
– Uhhh, creo que sí, primero por el lugar desde el que escribo. No soy snob cuando pienso en los espectadores, imagino un público muy amplio.
– El público es heterogéneo. No es un hombre de mediana edad, morocho, de 1,75…
– No pero es muy posible que si voy a lo profundo del acto de escritura, esté escribiendo para mi papá. Desde chico voy viendo lo que sucede en la pantalla y lo que a mi papá le va pasando. Diría que hasta los 15, 16 años, la figura excluyente es mi papá.
– Y a esa edad uno se enfrenta un poco con los padres.
– Sí pero me duró muy poco el enfrentamiento. Me acuerdo que la película que marcó un distanciamiento, fue Depredador. Yo ahí empezaba a tener algunos profesores en la escuela y otra mirada y no quise ir al cine. Hasta le dije a mi viejo: “Eso es demasiado yanquilandia, es cine de espectáculo” (Risas). Y no se si ese día no alquilé Pelle, el conquistador. En un tiempito salió Depredador en VHS y me gustó. Está en mi esencia. Habrá sido una brecha de dos meses donde intenté mantener el gusto por películas que no me interesaban. Dentro del cine con entretenimiento, creatividad, imaginación, siempre me gustaron las películas populares y eso debe llevar a que si me gustan esas películas y hago otras que va a ver mucha gente… seré un artista popular.

Mejor, abrir el paraguas

Ante cada movimiento profesional de Damián Szifrón las antenitas de colegas, críticos y espectadores se ponen en alerta. La expectativa es grande y ahora, con estreno en puerta (Relatos salvajes llega a los cines argentinos en agosto tras la premier mundial de hoy) se renueva. Sin embargo, para el director el miedo al fracaso siempre está presente. “Siempre me imagino el peor escenario posible, capaz como antídoto”, confiesa y revela cuando arrancó esta especie de autodefensa. “Después de Los Simuladores, cuando estrené El fondo del mar (2003), tuve miedo de que el gusto y aprobación que había generado se revirtiera y desde ahí se formó algo medio fatalista en mí. Igual con Los Simuladores también pensaba que cada nuevo capítulo no iba a funcionar. Con esto de Cannes sentí una instancia en la cual ya no me importa mucho o me importa menos el qué dirán y la aceptación más o menos masiva de las cosas que hago. No tengo duda de que escribo desde el placer, lo imaginativo y que soy serio en el sentido de que doy lo mejor de mí para cada cosa que hago. Ya no me siento responsable de si gusta menos, aunque si eso ocurre lo analizaré y me preguntaré que pasó. Amo la ficción, soy un bicho de ficción pero me están interesando otros proyectos. Pienso en una serie que tiene que ver con la escritura en sí misma, con determinadas ideas. Una especie de ensayo filosófico y probablemente la gente que espera ver Los Simuladores se sienta traicionada pero no creo que eso me moleste. Lo mismo me pasa con la crítica. En algún momento era tal vez vanidoso, me molestaba cualquier comentario negativo. Hoy estoy en otra posición. Que digan lo que quieran, dentro de lo posible en los márgenes del respeto por el trabajo de uno.

El poder del cine

–En el festival te vas a enfrentar con medios de afuera y muchos colegas que no conocen tu trabajo ¿Pensaste qué decir en la conferencia de prensa?
–No, estoy ensayando ahora. La verdad que lo que yo tengo que decir de forma más cabal lo expreso a través de las películas. Me interesan las charlas sobre cine y arte pero lo que a mí me expresa es el cine, el resto es un complemento. Si pudiera elegir, me gustaría que la gente viera la película y ya, que opine sobre lo que vio y que los comentarios posteriores sean sobre esa percepción. Para mí lo que vale es lo que filmé.
–¿Sentís que tu obra puede hablar por vos?
–Sí y mucho más. Siento que mi película puede hablar de vos incluso, del otro. Lo que imagino y lo que escribo tiene un origen en la realidad de las personas, la realidad social que compartimos, a eso me dedico. Si hice bien mi trabajo lo que ve un espectador también lo debería expresar a él. A mí hay películas que me cambiaron la vida, la mirada sobre la amistad, la pareja, el poder, el dinero, un montón de historias donde a través de la vida de un personaje aprendí cosas.

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