Crónica de la voluntad o un grupo de médicos que salva vidas en el norte

Por Gustavo Sarmiento – 12 de Marzo de 2013
Foto: Soledad Quiroga

Son 22, de todo el país, y desde enero revisaron a 2800 niños de siete de las nueve etnias que habitan en territorio salteño, y a 150 embarazadas. En 2012, ya habían evitado 30 muertes asociadas a casos de desnutrición infantil.

Veintidós médicos voluntarios de todo el país viven desde hace dos meses en Salta, donde atienden a niños, niñas y mujeres embarazadas de las comunidades originarias, que con 110 mil personas representan casi el 10% de la población de esa provincia. El Operativo para la Vida, impulsado por Unicef y el Ministerio de Salud salteño, se desarrolla desde enero hasta mediados de este mes en los departamentos de Orán, San Martín y Rivadavia, y plantea la necesidad de cubrir en época estival numerosas áreas vulnerables por los casos de niños deshidratados, diarreas fatales y dengue endémico. Pero el encuentro intercultural no sólo refleja la situación socioeconómica de poblaciones carenciadas, invisibilizadas, algunas que nunca antes recibieron la atención de un médico. También significa para los doctores un dilema profesional entre la medicina tradicional con la cual se formaron, y la medicina “social” o “humana”, que florece en cada una de sus visitas a los hogares.

El sistema de atención primaria de la salud de Salta contempla la figura del agente sanitario, que tiene a su cargo entre 120 y 150 familias, a las que visita cada tres meses, casa por casa (y cada 30 días a las que presenten factores de riesgo), para tareas de prevención, educación, vacunación y un censo detallado, con foco en los factores de riesgo: casos de desnutrición, embarazadas sin controles, hacinamiento, analfabetismo o falta de alimentos, antecedentes de suicidios, abuso de alcohol o drogas, y violencia intrafamiliar. Con el agente llegan a las viviendas los voluntarios.

En la misión guaraní Nueva Esperanza, en Pueblo Nuevo, a 30 kilómetros de Tartagal, toman la presión y dedican el día a charlas sobre cuidados del niño, lactancia y educación sexual. Noelia Santiso es de Ramos Mejía y, con 26 años, la más joven del grupo. Enseña a las mujeres guaraníes cómo colocar un preservativo. A los fines prácticos, una banana o un palo de escoba le sirven a la perfección, ante alguna que otra risa adolescente. “Es la primera vez que alguien nos cuenta esto, está bien que se les enseñe a las jóvenes, me hubiese servido antes”, dice Alicia Vázquez, oriunda del lugar, de 46 años y madre de nueve chicos. Las voluntarias prometen regresar en dos días para realizarles el Papanicolau.
Ismael Romero es traductor wichí-castellano en la escuela bilingüe 47/53, ubicada a metros de su casa de madera y chapas, en la comunidad El Paraíso, en Tonono. “Necesitamos una sala. Ahora tengo que ir hasta el hospital en Tartagal, y tardo tres horas en bici. Y si llueve, se forma greda en el río Carapaí y quedamos aislados”, dice. La directora, Selva Gallardo, remarca que la falta de escolarización, vacunación y documentación se está revirtiendo con la incorporación de la Asignación Universal por Hijo, pero lamenta que “hay familias que aún son nómades, y por ahí hay chicos que dejan de venir”. Recuerda la primera vez que pusieron un baño: “Dos chicas cuchicheaban, tímidas. Era la primera vez que se miraban frente a un espejo, que conocían su propia imagen.”

En Lapacho II, las médicas dieron con Victoria, una nena wichí de 4 años con desnutrición severa. Al ser interrogada, la madre respondió lisa y llanamente: “No tenemos nada para comer, entonces hoy no va a comer.”

En lo que va del año se registraron en la zona de Tartagal cuatro muertes de niños por desnutrición, 47 bebés menores de un año en déficit nutricional (el 4,6%) y otros 372 de 1 a 6 años también graves (7,7%, cuando la media en Salta es del 11 por ciento). Además, un 24,7% de las 2807 familias originarias está en riesgo, un 52% de sus viviendas es “no saludable”, hay 281 embarazadas en situación de riesgo y 19 casos de tuberculosis, un tema que preocupa a las autoridades por la irregularidad en los tratamientos y la influencia del alcoholismo, la droga y el hacinamiento que generan un círculo vicioso: los pacientes no terminan de curarse y se amplía la cadena de contagio.

Saliendo de Tartagal hacia el Norte, por la llamada “ruta de la droga” se llega a Salvador Mazza, al borde de la frontera con Bolivia. Metros antes, tras doblar por un delgado camino de ripio, atravesar un basural a cielo abierto y una quebrada de hierbas secas, seguida de un arroyo moribundo y caminos que se bifurcan, se llega a un extenso terreno con casas prefabricadas: el Monte Sinaí. Hace una semana y media lo transitan Merlina Conti y Camilo Carreras, ambos de 27 años, médicos del Hospital Posadas. Cada familia eligió un proyecto comunitario para trabajar con los doctores. Los Vaca optaron por saneamiento ambiental, y la familia Pizarro, por una huerta con semillas otorgadas por el INTI, para autoabastecerse de alimento en una población que tiene un 30% de desnutrición severa. En la primera casa propusieron hacer un gran pozo donde poner toda la basura desperdigada. Allí tienen por hábito usar un baño a cielo abierto, dejar los residuos tirados donde fueron usados y los nenes suelen andar descalzos. A la desnutrición severa se agrega un problema cultural, descripto por Camilo: “Primero come el referente de la familia, después la mujer y, si sobra, comen los chicos. Es algo cultural que hay que charlarlo con ellos.”

Suelen ir a Yacuiba, en Bolivia, a una gran feria símil La Salada, de donde traen pomadas de todo tipo, hasta penicilina y atropina en crema. Las pastillas, y más aún las jeringas, les resultan “invasivas”. Por eso, cada vez que, ante una emergencia, deben ir al hospital regional, tratan de volverse a casa con gran cantidad de jarabes de paracetamol o remedios por el estilo. “Pero no les dicen cómo y cada cuánto se administra la medicación”, advierten los voluntarios. Hace unos días le preguntaron a Luisa Pizarro por qué no le daba vitaminas a su niña desnutrida, tal como se lo recetaron en el hospital. “Porque le va a dar hambre y no tengo para darle de comer.”

Merlina, chubutense de descendencia mapuche, comenta: “La medicina no es dar un fármaco, coser a alguien o meterlo en un quirófano, es ayudar a que tenga una mejor calidad de vida. El sistema universitario debería exigirte un año de residencia con la gente que menos tiene.”

Desde hace un par de días, los dos voluntarios van solos a Sinaí porque el agente sanitario se contagió dengue, por segunda vez. En General Ballivián (entre Tartagal y Embarcación) hay, según los voluntarios, 25 infectados, y en el Hospital de Tartagal, otros 15. En Sinaí se sumó un nene con chagas, y vieron dos vinchucas en una habitación.

Los voluntarios dejan en las casas leche, medicación, sales de rehidratación y anticonceptivos, y van por las radios comunitarias concientizando, educando… y escuchando. Las doctoras Silvia Rodríguez y Paula Dutto, por caso, asistieron a la FM wichí Nechayek (Nueva) 87.9, que funciona en la escuela de Misión Chaqueña: allí dieron charlas sobre el lavado de manos y cara.

Silvia, pediatra cordobesa, volvió a desistir de sus vacaciones y regresó a Salta, como el año pasado. Ella y Paula (también de Córdoba) atraviesan un camino de piedras de 35 kilómetros para dar charlas en la escuela de la comunidad wichí, donde Fermina Fríaz se lamenta de que la sequía de hace al menos cinco meses destruyó las siete huertas que había construido su asociación de 20 mujeres de la etnia.

Doscientos kilómetros al norte, en Aguaray, pasa la noche la doctora María de la Cruz Plaza, médica de familia tucumana, de 36 años, que fue voluntaria el año pasado y decidió quedarse a vivir en Salta. Hoy forma parte del Ministerio de Salud provincial, recorriendo comunidades. Fue la primera médica que pisó Nazareno, en la puna del Noroeste, tras decenas de kilómetros en mula, a 5000 metros de altura.

“La clave es hacerse de tiempo y hablarles con paciencia –dice–, lento, pausado, explicarles siempre el porqué, hacerles analogías de acuerdo a su cultura, como la posición del sol o la luna, el canto del gallo o la vuelta de las cabras. Cuando un wichí va a pescar o cazar, no regresa hasta que consiguió suficientes raciones para todos los miembros de su familia.” Ante la vista de un extenso alambrado y un cartel de “Prohibido pasar-Propiedad privada” de un campo sojero emplazado en pleno valle verde habitado por aborígenes, acota: “Son una cultura tan pisoteada, le han sacado todo, ahora incluso el monte, hablan otro idioma, no quieren que se metan en su vida. Se evaden, y tienen razón en hacerlo. Uno se da cuenta de su cultura no valorada, lejos de la locura de la ciudad y no tan acelerada, el lugar que les dan a los niños, el respeto, el diálogo, el silencio y la no violencia. Hay que aprender mucho más de ellos de lo que nosotros creemos.”

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